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Adelgazar con inyectables: por qué la pluma no reemplaza al consultorio ni al plato

Una jefa de Nutrición del Hospital de Clínicas de la UBA describió cómo actúan la semaglutida y la tirzepatida, qué controles piden los profesionales y por qué el descenso de peso se sostiene solo cuando se acompaña con hábitos y un seguimiento médico de cerca.

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Marta MansillaSociedad y salud · 21 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Lo primero que uno ve al llegar al consultorio de Nutrición del Hospital de Clínicas, sobre la calle Paraguay, es una sala de espera con sillas de tubo y dispenser de agua en la esquina, donde la gente hojea el celular con cara de quién ya pasó por varias dietas y esta vez vino a buscar otra cosa. Esa otra cosa, cada vez más seguido, se llama semaglutida o tirzepatida, dos medicamentos inyectables que en los últimos años coparon las conversaciones de WhatsApp, las tapas de revista y los diálogos de café. Yo vine a esta nota a entender de qué sirven, cómo se usan y, sobre todo, por qué nadie debería pincharse sin un médico al lado.

La que me atiende es Pilar Quevedo, jefa de la División de Nutrición Clínica y Metabolismo del Hospital de Clínicas de la Universidad de Buenos Aires, una mujer de hablar pausado que antes de tocar el tema de los fármacos me hace una aclaración que después se repite varias veces en la charla: la obesidad es una enfermedad, no un defecto de carácter. Esa idea, dice, es la que ordena todo lo que viene después, porque cambia la manera en que se prescribe, se dosifica y se controla un tratamiento.

Qué hacen estos medicamentos dentro del cuerpo

Quevedo me explica, con la paciencia de quien sabe que el tema suele explicarse mal en las redes, que la semaglutida y la tirzepatida no son quemadores de grasa ni supresores del apetito al viejo estilo. Lo que hacen, en criollo, es imitar unas señales que el intestino fabrica de manera natural y que viajan hasta el cerebro, el estómago y el páncreas para avisarles que ya comimos, que estamos satisfechos y que no hace falta seguir picando. La semaglutida trabaja sobre un solo receptor de esa cadena de mensajes; la tirzepatida, en cambio, interviene sobre dos vías complementarias, lo que la vuelve más potente en algunos indicadores. Por eso, me dice la especialista, en el consultorio se escucha cada vez más seguido el mismo relato: hambre intensa, dificultad para sentirse satisfecho con una porción normal y picoteo entre comidas. Tres síntomas que, mirados en conjunto, forman parte de una enfermedad multifactorial y no de un capricho.

  • Semaglutida y tirzepatida se aplican en forma inyectable, con dosis que se aumentan de a poco, en un proceso que los profesionales llaman titulación.
  • El objetivo del tratamiento no es solo bajar el número en la balanza, sino reducir grasa y cuidar la masa muscular, que es la que sostiene el metabolismo en el tiempo.
  • Durante el seguimiento se controla cómo responde cada paciente, qué efectos aparecen y cómo se modifican la composición corporal y los análisis de laboratorio.
  • El descenso de peso debe ajustarse a cada persona: ir demasiado rápido puede ser tan problemático como no avanzar, sobre todo si se pierde músculo en el camino.
  • La actividad física es parte del tratamiento: el trabajo de fuerza y el cardiovascular pueden cambiar la evolución y, por eso, se relevan en cada consulta.
  • Al suspender la medicación puede haber recuperación de peso, especialmente si no hay una estrategia integral de hábitos que la acompañe.

El después: por qué adelgazar es solo el primer paso

Hay un punto de la conversación que Quevedo repite con énfasis y que, me parece, es el más importante para llevarse a casa: adelgazar no es el final del camino, sino el comienzo de otro más largo y más silencioso. Cuando una persona baja de peso, el cuerpo activa mecanismos de defensa que empujan a recuperar lo perdido, una especie de memoria metabólica que viene programada de fábrica. Ahí, según la médica, estos medicamentos cumplen un segundo rol: ayudan a sostener el descenso mientras el paciente incorpora cambios de fondo. Cuando se dejan, sin una estrategia de por medio, la balanza suele volver para atrás. Por eso, aclara, la indicación profesional incluye cuatro patas que no se negocian: alimentación, hidratación, descanso, actividad física y, en lo posible, algún tipo de acompañamiento profesional, ya sea médico, nutricional o psicológico. Los hábitos, además, no se eligen en el aire: dependen del horario laboral, de quién cocina en la casa, de si hay chicos, de si se duerme bien. Todo eso se conversa en el consultorio antes de escribir una receta.

Una sala de espera que se parece a la de cualquier barrio

Antes de irme, me quedo unos minutos en la sala de espera hablando con Rubén, un jubilado de 63 años que está por entrar a su segundo control y me cuenta, sin dar el nombre de la medicación, que por primera vez en años no se acuesta con hambre. A su lado, Carolina, 48, administrativa de un colegio, me dice que lo que más le costó fue aceptar que necesitaba ayuda profesional y no otra dieta de revista. Los dos coinciden en algo que después le escucho decir a Quevedo y que resume, me parece, todo lo que se pierde en los títulos de los portales: adelgazar con un inyectable no es magia ni un atajo, es el arranque de un tratamiento largo, serio y con varios profesionales alrededor. Lo que ellos esperan, me dicen casi sin pensarlo, es que esta vez la balanza no vuelva a subir.

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Marta MansillaSociedad y salud

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