Apnea del sueño en mujeres: cuando el cansancio diurno y el insomnio son la pista que falta
El trastorno suele pasar inadvertido porque las mujeres no siempre roncan ni presentan los signos clásicos. Cansancio, dolor de cabeza al despertar y dificultades para dormir pueden ser manifestaciones silenciosas que requieren una evaluación profesional, sobre todo durante el embarazo y la menopausia.

El consultorio de la doctora Lía Ferraro, en un primer piso silencioso de un barrio porteño, suele empezar la mañana con una paciente que llega convencida de que su problema es el estrés. Tiene 52 años, trabaja en una administración, y cuenta que arrastra una fatiga que no se va con el café, que se le duerme la cabeza al despertar y que la noche se le fragmenta en pedazos que no entiende. Después de escucharla, la médica le pregunta si alguien le dijo que ronca. La mujer se queda pensando: no, nadie le dijo nada, porque duerme sola. Esa escena, repetida en miles de hogares argentinos, condensa un problema que durante años fue asociado casi exclusivamente a hombres grandes y ruidosos: la apnea obstructiva del sueño, un trastorno que en las mujeres puede pasar inadvertido y disfrazarse de cansancio, de insomnio o de un mal momento hormonal.
Cuando los síntomas no son los que aparecen en los libros
La apnea obstructiva del sueño se produce cuando la garganta reduce o bloquea de manera repetida el paso de aire durante la noche. El oxígeno baja, el cuerpo responde con despertares breves que muchas veces ni se recuerdan y el descanso termina convertido en una sucesión de tramos rotos. En los varones, el signo más conocido suele ser un ronquido fuerte que incomoda a quien duerme al lado. En las mujeres, esa postal puede no aparecer nunca.
Según una revisión reciente sobre el trastorno, hasta el 75 por ciento de las mujeres afectadas podría carecer de diagnóstico. El mismo trabajo señala que hasta el 40 por ciento no refiere las manifestaciones más reconocidas, entre ellas los ronquidos intensos y el ahogo nocturno. Lo que sí aparecen, y se confunden con otras cosas, son el agotamiento durante el día, el dolor de cabeza matinal, la dificultad para iniciar o sostener el sueño y los cambios de ánimo. También pueden sumarse problemas de concentración, una sensación de sueño liviano y la necesidad de hacer siestas que no alcanzan para recuperar energía. Todo eso suele atribuirse al estrés laboral, a la menopausia o a un insomnio que no termina de responder a los tratamientos habituales.
En la práctica, los cuestionarios que usan datos como edad, peso, presión arterial y contorno del cuello sirven para estimar el riesgo, pero pueden identificar menos casos entre mujeres. Algunas pruebas realizadas en el propio domicilio, que registran la respiración y la saturación de oxígeno mientras se duerme, también pueden pasar por alto alteraciones que se concentran en la fase REM del sueño, una etapa profunda y muy reparadora en la que los eventos respiratorios suelen ser más prolongados.
Por eso, si las molestias continúan, un resultado inicial sin alteraciones no siempre alcanza para descartar apnea. El profesional puede indicar un estudio nocturno en un centro especializado, conocido como polisomnografía, donde se observan la respiración, la actividad cardíaca, los movimientos y las distintas fases del descanso. Es una instancia molesta para algunas personas, porque implica dormir con sensores pegados al cuerpo, pero aporta la información que los otros estudios no logran registrar.
Embarazo, menopausia y otras encrucijadas del cuerpo
Hay dos momentos de la vida en los que el riesgo crece de manera notoria. Durante el embarazo, los cambios hormonales, la retención de líquidos y el aumento de peso pueden provocar apnea o empeorar un cuadro previo, con consecuencias para la madre y para el bebé que aún están subestimadas. Su abordaje debe coordinarse entre el equipo obstétrico y un especialista en medicina del sueño, sobre todo si hay una cirugía prevista o si se evalúa el uso de CPAP, el dispositivo que mantiene abierta la vía respiratoria mediante una presión de aire suave.
En la menopausia, la caída de estrógenos y progesterona modifica la tonicidad de los músculos de la garganta y la distribución de la grasa corporal, lo que facilita la aparición del trastorno o lo agrava si ya estaba. Muchas mujeres menopáusicas llegan a la consulta pensando que la fatiga, la niebla mental y los despertares nocturnos son parte inevitable de esta etapa, y vuelven al consultorio meses después con un diagnóstico que nunca imaginaron.
- El agotamiento diurno, el dolor de cabeza al despertar y la dificultad para dormir pueden ser manifestaciones de apnea obstructiva del sueño en mujeres, aun en ausencia de ronquidos fuertes.
- Los cuestionarios clínicos y algunas pruebas domiciliarias pueden resultar insuficientes para detectar el trastorno, en especial cuando los eventos se concentran en la fase REM del sueño.
- La persistencia de los síntomas pese a un primer resultado negativo justifica un estudio nocturno en un centro especializado.
- El embarazo y la menopausia aumentan el riesgo y requieren un seguimiento conjunto entre obstetra y especialista en sueño.
- Tratar la apnea ayuda a mejorar no solo el descanso, sino también el control de la presión arterial, la glucemia y la salud cardiovascular, aspectos que forman parte de la evaluación individual.
Después de la consulta, la paciente de 52 años que abrió esta nota aceptó hacerse una polisomnografía. Dormir con cables le resultó incómodo, pero los resultados mostraron eventos respiratorios que los estudios anteriores no habían registrado. Cuando le propusieron un plan de tratamiento, me dijo una frase que se parece mucho a la de tantas otras mujeres en su misma situación: yo pensaba que era la edad, que eran los años, que no me quedaba otra que aguantarme así. Lo que esperaba, y lo que finalmente encontró, era que alguien le preguntara por su sueño con la misma seriedad con que le preguntaba por su presión o por su colesterol.
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