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Arándanos o uvas: la fibra manda cuando se sienta el azúcar en la sangre

Ambas frutas son aliadas, pero no se comportan igual frente a la glucosa. La diferencia la marcan los gramos de fibra, el tamaño de la porción y con qué se las acompañe en el plato.

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Marta MansillaSociedad y salud · · 3 min de lectura
Arándanos o uvas: la fibra manda cuando se sienta el azúcar en la sangre

Me acomodé esta mañana en la sala de espera del consultorio de la endocrinóloga con el café servido y la libreta abierta, escuchando de a ratos la conversación de dos señoras que, como yo, esperaban su turno. Marta, de 58 años, le decía a su acompañante que venía confundida porque había leído que las uvas eran casi un pecado para el azúcar en sangre, mientras que los arándanos eran casi una medicina. La otra mujer, Susana, de 62, se reía y le contestaba que ella había hecho exactamente lo contrario durante años y que, sin embargo, sus análisis venían bien. Cuando la médica la hizo pasar, me quedé pensando en algo que después confirmé leyendo papers y hablando con especialistas: la pregunta nunca es si una fruta es buena o mala en abstracto, sino cuánto aporta, cuánta fibra la acompaña y qué se le pone al lado en el plato.

La fibra es, en este tema, la gran protagonista silenciosa. Es la que frena el vaciamiento del estómago, la que hace más lenta la digestión de los carbohidratos y la que termina suavizando ese pico de glucosa que tanto preocupa cuando uno se controla la glucemia. Por eso, dos frutas con azúcar natural pueden terminar comportándose de manera bastante distinta adentro del cuerpo, aunque en la verdulería parezcan primas hermanas.

Los números que separan a una de la otra

Una taza de arándanos reúne alrededor de 84 calorías, 22 gramos de carbohidratos, 15 gramos de azúcar y, sobre todo, 4 gramos de fibra. Esa proporción es la que explica que su consumo no provoque el mismo sacudón glucémico que un jugo de fruta, donde la fibra prácticamente desaparece y el azúcar se absorbe con una velocidad que el páncreas agradece poco. La misma taza colmada de uvas, en cambio, trepa a unas 125 calorías, 29 gramos de carbohidratos, 25 gramos de azúcar y apenas 1,4 gramos de fibra. Con menos fibra y más carga de azúcar, la elevación de glucosa tiende a ser más pronunciada y más rápida. Esto no las convierte en una fruta prohibida, pero sí pide mirar la porción con más cuidado.

“Los arándanos pueden elevar la glucosa porque tienen carbohidratos y azúcar natural, pero su fibra modera ese efecto.”Caroline Thomason Bunn, nutricionista y educadora en diabetes

La también nutricionista Vandana Sheth, citada en las mismas fuentes, agregó un matiz que vale la pena tener presente: la mayor parte de la evidencia que se promociona sobre las uvas proviene de productos derivados, como jugos y extractos, por lo que los efectos del consumo habitual de la fruta fresca todavía no están del todo establecidos. Dicho de otro modo, no se puede trasladar automáticamente al racimo lo que se vio en una cápsula.

No alcanza con elegir la fruta: importa con qué se come

Lo que sí aparece bastante claro en la literatura es que el contexto de la comida pesa tanto como la fruta en sí. Combinar arándanos con yogur griego suma proteínas que enlentecen la digestión. Sumarles semillas de chía o un puñado de frutos secos incorpora fibra adicional y grasas insaturadas que prolongan la saciedad y moderan la respuesta glucémica. Las uvas, en tanto, se llevan bien con unas cubitas de queso o con un puñado de nueces, que aportan proteínas y grasas para compensar lo que la fruta tiene menos. La idea de fondo es simple: nunca llega sola al estómago la fruta que define cómo se comporta nuestra glucosa.

Antes de cerrar la libreta en la sala de espera, le pregunté a Marta qué esperaba llevarse hoy de la consulta. Me miró por encima de los anteojos y me dijo, con una media sonrisa, que esperaba aprender a comer uvas sin culpa y arándanos sin exagerar. Le contesté que esa síntesis era, justamente, la que mejor resume lo que dice la evidencia: ninguna de las dos es enemiga, las dos pueden entrar en una alimentación cuidada, y la diferencia la marcan la porción, la fibra y los alimentos que las acompañan en el mismo plato.

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Marta MansillaSociedad y salud

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