Bill Gates empuja la creación de un regulador mundial de inteligencia artificial y apuesta a un acuerdo con China
El cofundador de Microsoft difundió un plan que combina los esquemas de inspección nuclear, aviación civil y protección de la capa de ozono, y pidió gravar a las empresas que reemplacen empleados con IA para sostener redes de protección social.

En una sala de espera del centro porteño, mientras una pantalla del consultorio pasaba publicidades de teléfonos con funciones inteligentes, Omar (52) se acomodó los anteojos y comentó una noticia que había escuchado por la radio de su remise: Bill Gates, el hombre que durante años fue sinónimo de software de oficina, volvía a estar en boca de todos, pero esta vez no por una fundación ni por una vacuna, sino por un pedido bastante inusual, casi de manual de política internacional, la creación de un organismo supranacional que se encargue de auditar el desarrollo de la inteligencia artificial a escala global.
La propuesta toma forma en un documento que el cofundador de Microsoft difundió esta semana y que yo leí con detenimiento porque, más allá de la complejidad técnica, el planteo tiene una lógica que se puede seguir sin ser especialista: si la energía nuclear tiene a la Agencia Internacional de Energía Atómica, si la aviación civil tiene a la OACI y si la capa de ozono tuvo el Protocolo de Montreal, la inteligencia artificial, argumenta Gates, necesita un esquema equivalente, con capacidad real de inspección y no solo de declaración de buenas intenciones.
Tres marcos existentes como punto de partida
- Régimen de inspecciones nucleares, con auditorías cruzadas entre países y verificación en territorio.
- Estándares de seguridad de la aviación civil, con normas técnicas de cumplimiento obligatorio a nivel global.
- Acuerdos multilaterales como el Protocolo de Montreal, que lograron frenar el deterioro de la capa de ozono mediante compromisos verificables.
En el texto, Gates no termina de definir si esa nueva arquitectura debería nacer como ampliación de un organismo ya existente o como una entidad creada desde cero, pero sí deja en claro un punto que, leído desde Buenos Aires, suena bastante político: para que el esquema funcione, Estados Unidos y China tienen que sentarse en la misma mesa, y eso, en el escenario actual de tensiones comerciales y tecnológicas, no es un detalle menor, es casi la condición de posibilidad de todo lo demás.
Por eso su equipo trabaja en un encuentro con el presidente chino Xi Jinping que, de manera provisoria, está previsto para noviembre, aunque aún no está confirmado del lado de Beijing. La idea que Gates pone sobre la mesa es directa: si Washington toma primero la iniciativa y establece restricciones sobre ciertos modelos de IA, China podría plegarse, y a partir de ahí, afirma, el resto de los países se sumaría a esa línea.
Qué se supervisaría y qué no
Entre las áreas sensibles que la futura arquitectura regulatoria debería cubrir, Gates menciona sobre todo los sistemas capaces de diseñar moléculas o de facilitar ataques biológicos, un punto que vuelve a poner el debate en el terreno de la seguridad clásica, no de la ciencia ficción. Ahora bien, el propio aclaración del fundador de Microsoft es importante porque aclara un malentendido frecuente: supervisar esas capacidades no significa frenar industrias enteras, la vigilancia podría limitarse a los usos de mayor riesgo sin bloquear aplicaciones médicas o científicas que dependen justamente de esos mismos avances.
Trabajo humano, impuestos y redes de protección
El documento incluye también dos propuestas económicas que, si se me permite la observación, son las que más discusión van a generar en cualquier mesa chica de gobierno. La primera es un impuesto sobre los ingresos de las empresas que reemplacen trabajadores con resultados generados por inteligencia artificial, con el objetivo explícito de financiar redes de protección social. La segunda es reservar hasta un 40 por ciento de los puestos de trabajo actuales para personas, en aquellos sectores donde, según el criterio de Gates, el vínculo humano sea irreemplazable. Para ilustrar este punto, el propio fundador de Microsoft recurrió a un recuerdo personal: la atención que recibió su padre durante la enfermedad de Alzheimer.
Sobre el papel de las propias empresas tecnológicas, Gates fue bastante duro y citó algo que en la jerga de los pasillos de Silicon Valley nadie quiere escuchar en voz alta: es positivo que algunas compañías de IA estén proponiendo soluciones a los desafíos provocados por su propia tecnología, pero no deberíamos esperar que sean ellas quienes lideren el proceso, porque varios de los problemas en juego exceden la especialización técnica de las firmas y la discusión exige decisiones que son, ante todo, políticas.
Lo que se viene y lo que falta
A esta altura de la lectura, a uno le queda la sensación de que el planteo de Gates tiene la virtud de poner nombre y apellido a debates que suelen quedar flotando en abstracto, pero también tiene límites que el propio documento reconoce: sin un acuerdo previo entre las dos potencias que hoy lideran el desarrollo de inteligencia artificial, cualquier arquitectura global corre el riesgo de quedarse en el papel, y aquí la historia reciente de los intentos de coordinación internacional en temas como cambio climático o tributación digital no es demasiado alentadora.
“Es positivo que algunas empresas de IA estén proponiendo soluciones a los desafíos provocados por su propia tecnología, pero no deberíamos esperar que sean ellas quienes lideren el proceso.”Bill Gates
Cuando le conté a Omar, el vecino de la sala de espera, que Gates proponía gravar a las empresas que reemplacen gente con máquinas para sostener programas sociales, se quedó pensando un momento y me dijo, mientras le acomodaban el turno en el mostrador, que si esa idea alguna vez se concreta en serio, a él le gustaría que el dinero se viera en los barrios, en los hospitales y en las escuelas, y no en informes en inglés que terminen archivados en un cajón de Nueva York o Ginebra, una expectativa que, traducida del lenguaje cotidiano al de la política internacional, es exactamente lo que está en juego en esta discusión.
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