Sábado, 26 de septiembre de 2026
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Voces de Santa Cruz

Black Torch: la historia del chico que le salvó la vida a un espíritu con cara de gato negro

Doce episodios, menos de seis horas y un manga que se publicó entre 2016 y 2018: la propuesta animada de Crunchyroll que mezcla ninjas, fauna y monstruos urbanos a partir de la obra de Tsuyoshi Takaki.

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Celeste AlmonacidCultura y patrimonio · 26 DE SEPT DE 2026 · 3 min de lectura

En 2016 arrancó en Japón un manga breve pero intenso, firmado por Tsuyoshi Takaki, que apenas dos años después —en 2018— vería cancelada su publicación con cinco volúmenes en el lomo y diecinueve capítulos en el cuerpo. Pocos años más tarde, esa misma historia encontró un segundo aire al saltar a la pantalla con el formato de serie animada, gracias al trabajo del estudio 100studio, y hoy está al alcance del público argentino a través del catálogo de Crunchyroll. Hablo de Black Torch, una propuesta de fantasía urbana con base mitológica, combates cuerpo a cuerpo y un vínculo muy particular entre sus dos protagonistas.

Doce episodios para conocer a Jiro, a Rago y a la Oficina de Espionaje

La serie dura en total menos de seis horas y se recorre de un tirón en una tarde larga o en dos noches tranquilas. Esa duración concentrada no es un dato menor: le da a la trama un ritmo casi de novela corta, con pocas pausas y muchas decisiones narrativas tomadas a las apuradas, algo que también se nota cuando uno conoce el recorrido exprés del material original. El planteo, igual, tiene la solidez suficiente como para sostener esa carrera corta sin desmoronarse.

La historia sigue a Jiro, un joven que recibió entrenamiento ninja de parte de su abuelo y que tiene una capacidad que lo define desde la infancia: puede hablar con los animales. En un bosque se topa con Rago, un mononoke —así llaman en la serie a los espíritus— con forma de gato negro, que lleva años sellado y aparece herido en ese escenario boscoso. El chico decide ayudarlo, ese gesto lo cambia todo y desata el conflicto central: otro espíritu ataca, Jiro recibe una herida mortal al defender a Rago y, para salvarlo, el espíritu se fusiona con él. Desde entonces, el muchacho carga en el cuerpo una fuerza sobrenatural que lo excede, y la relación con su compañero espiritual se vuelve el eje emocional del relato.

Un mundo donde conviven departamentos secretos, técnicas ancestrales y monstruos de ciudad

Lo que más me enganchó de la serie es esa convivencia forzada entre dos registros que a primera vista parecen no tocarse: por un lado, los procedimientos casi burocráticos de la Oficina de Espionaje, con sus departamentos recién creados y su papelería interna; por el otro, la herencia ninja que Jiro trae de su abuelo, con gestos, sellos y una forma de moverse que remite a otra época. Encima, claro, están los mononoke, que aparecen en cualquier esquina de la ciudad y obligan al grupo a salir corriendo a resolver lo que nadie más puede. Esa mezcla entre lo cotidiano y lo sobrenatural es, para mí, lo que le da personalidad a la propuesta.

La animación, sin ser espectacular, acompaña bien los combates y se luce cuando muestra la fusión entre Jiro y Rago: hay un cambio físico claro en el protagonista, un diseño que recuerda a los gatos negros de los barrios porteños con sus ojos brillantes en la noche, y una sensación de peso en cada golpe. El punto flojo aparece del lado del ritmo: algunos capítulos resuelven demasiado rápido y otros estirarían situaciones con un par de escenas menos. Aun así, la serie se deja ver y deja la puerta abierta a más adaptaciones del universo de Takaki, aunque por ahora no haya anuncio oficial al respecto. Yo, mientras tanto, me quedo con la imagen del chico y su gato negro caminando juntos por una ciudad que no sabe lo que se le viene encima.

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Celeste AlmonacidCultura y patrimonio

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