Corn potage: la sopa cremosa que los japoneses le sacaron a los franceses y nunca devolvieron
Una preparación simple, con maíz fresco, cebolla y un toque de leche, que llegó desde París a Tokio en el siglo XIX, se volvió un clásico del yoshoku y hoy se puede hacer en cualquier cocina argentina sin más complicación que conseguir dos buenas mazorcas.

A mí, cada vez que me topo con una receta del yoshoku, esa cocina japonesa que nació mirando hacia Europa, me pasa lo mismo: me quedo pensando cómo hacen los japoneses para tomar algo prestado y devolverlo convertido en otra cosa, siempre con un toque que termina siendo más propio que el original. El corn potage es un caso de manual, y encima es un plato que cualquier lector puede cocinar este finde, con ingredientes que se consiguen en cualquier verdulería del país.
De Francia a Tokio, sin escalas
El corn potage forma parte de esa camada de platos de origen occidental que Japón fue sumando a su mesa desde fines del siglo XIX, los cocinó con paciencia, les ajustó la sazón y los instaló como propios. La sopa cremosa de maíz convive en las cocinas niponas con otros clásicos del yoshoku, como el omurice, el hambagu y el katsudón, y suele aparecer como entrada o acompañamiento antes de un plato principal de estilo occidental.
- La base son dos mazorcas de maíz fresco, cuyos granos se reservan y las marlos se usan para aromatizar el caldo.
- Se rehogan láminas de media cebolla en una cucharada de mantequilla y media de aceite de oliva, con una pizca de sal, hasta que quedan transparentes.
- Se suman los granos, los marlos y unos 400 mililitros de agua, se lleva a hervor y se cocina a fuego suave entre 25 y 30 minutos, retirando la espuma de la superficie.
- Se descartan los marlos, se tritura todo con batidora de mano y se pasa por colador fino para eliminar las pieles del maíz.
- Se vuelve la crema a la olla, se corrige la sal y se suma leche hasta lograr la textura deseada.
Hay un detalle que a mí me parece lo más lindo de esta preparación y vale la pena remarcarlo: las mazorcas vacías, las que uno normalmente termina tirando, acá se cocinan junto con los granos y el agua. Ese paso, que parece menor, es el que carga el caldo de dulzor natural y diferencia al corn potage de cualquier crema de maíz clásica. Es el tipo de truco de abuela que después uno no puede dejar de usar.
Al momento de servir, el plato se termina con un hilo de crema de leche, un chorrito de aceite de oliva y perejil fresco picado. Nada más. Y acá viene uno de los datos prácticos que más me gusta de esta receta: en invierno se toma caliente, bien caliente, y en verano se puede enfriar y presentar frío, sin necesidad de cambiar ni un solo paso de la preparación. Una misma receta para los 365 días del año, algo que en la Argentina de las cuatro estaciones en un solo día siempre viene bien.
Mi veredicto después de probar la receta
La textura queda sedosa, con ese dulzor tenue del maíz que no empalaga, y el aroma a mantequilla con oliva le saca el cartel de "sopa dietética" que a veces se le cuelga a las cremas de verdura. Es un plato reconfortante sin ser pesado, que va perfecto como arranque de una comida o como cena liviana con un buen pan al lado.
Ahora bien, la pregunta del final queda flotando, y me la hago en serio: ¿lo harías con maíz en lata, que es lo que más se consigue durante todo el año en cualquier supermercado, o preferís esperar la temporada de mazorca fresca, que en la Argentina va de noviembre a marzo y tiene ese sabor que la lata nunca va a igualar? Si te decidís por la mazorca fresca, conseguilas bien tiernas, que la punta se doble sin partirse, y no te pierdas el paso de cocinar los marlos: ahí está la magia.
Para terminar, y ya que soy de los que siempre recomiendan un lugar para comer, les tiro una idea: en Buenos Aires hay varios restaurantes de cocina japonesa con menú de estilo occidental donde el corn potage suele estar en la carta de entradas, especialmente en los barrios de Once y Belgrano. Si lo prueban afuera primero y después se animan a hacerlo en casa, van a notar exactamente el paso que diferencia a la versión bien hecha: el dulzor que viene de cocinar las mazorcas. Ahí, en ese detalle, está todo.
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