Cuando el ánimo se apaga: por qué una psicóloga británica pide mirar también el plato y la almohada
La especialista Kimberley Wilson propone que, ante el cansancio crónico, la apatía y la tristeza, los profesionales de salud mental indaguen sobre alimentación, sueño y movimiento, además de las herramientas clásicas como la terapia y, cuando hace falta, la medicación.

A veces la consulta empieza en una sala de espera cualquiera, con esa luz de tubo que zumba y unas revistas atrasadas sobre la mesa. Uno llega arrastrando los pies, con la sensación de que nada pesa demasiado pero nada se sostiene, y ni siquiera se le cruza por la cabeza que el problema pueda tener algo que ver con lo que comió ayer o con las horas en que la almohada lo recibió. Esa zona gris del cansancio que no se va, la cabeza nublada y el ánimo por el piso es la que la psicóloga Kimberley Wilson quiere que empecemos a mirar con otros ojos, porque entiende que la salud mental no se atiende sólo desde el diván ni desde el pastillero, sino también desde la cocina, el supermercado y la cama.
Una historia que empieza en una cárcel de Londres
Una historia que empieza en una cárcel de Londres
Wilson, que trabaja desde hace años en el sistema penitenciario del Reino Unido, contó que su interés por la relación entre lo que se lleva a la boca y lo que se siente por dentro se le despertó en la prisión de mujeres de Holloway, en Londres, donde atendió a internas con serios problemas para regular sus emociones. Allí se topó, una y otra vez, con cuadros de irritabilidad, impulsividad y bajones profundos que parecían correr en paralelo con dietas muy pobres en nutrientes básicos, y empezó a preguntarse si parte de aquello que estaba catalogado como pura patología psiquiátrica no estaba también hablando de cuerpos mal alimentados.
Esa sospecha la llevó a revisar ensayos clínicos realizados en cárceles, donde se vio que la administración controlada de ciertos micronutrientes se asociaba con una disminución de los episodios de violencia y de las conductas disruptivas. La especialista es prudente y aclara que esa asociación no significa que la dieta explique toda la conducta de una persona, pero sí la invita a pensar que, a veces, junto con la palabra y, si hace falta, con la medicación, hay que revisar qué se está comiendo, cómo se está durmiendo y cuánto se está moviendo el cuerpo.
Qué propone mirar en la consulta
La propuesta de Wilson es bastante concreta y, al mismo tiempo, bastante revolucionaria para muchos consultorios. Plantea que, ante síntomas persistentes como fatiga que no se explica, apatía, irritabilidad o bajo estado de ánimo, los profesionales de salud mental deberían incorporar a su evaluación preguntas sobre alimentación, descanso y movimiento, además de los clásicos interrogatorios sobre antecedentes, traumas y situaciones de estrés. La idea no es reemplazar la psicoterapia ni los fármacos cuando hacen falta, sino completar un mapa que muchas veces se mira a medias.
Entre los nutrientes que la especialista suele poner sobre la mesa están las vitaminas B3 y B12, el zinc, el selenio y los famosos omega-3, todos con un papel conocido en el funcionamiento del cerebro. Wilson repite hasta el cansancio que una deficiencia no determina por sí sola la aparición de un trastorno mental, pero insiste en que puede empeorar el cansancio, la irritabilidad y el bajón anímico, y que por eso vale la pena descartar un déficit antes de dar por cerrado un diagnóstico.
- Pescados azules como sardina, salmón y caballa, ricos en omega-3, con al menos una porción por semana.
- Alternativas de suplementación para personas vegetarianas o veganas, siempre acordadas con un profesional de salud.
- Revisión de la calidad y la cantidad de horas de sueño, además de la rutina previa a dormir.
- Nivel de actividad física y tiempo dedicado a estar sentado durante la jornada.
- Consumo de sustancias como alcohol, tabaco o psicofármacos no prescriptos, que pueden interferir en el descanso y el ánimo.
- Conflictos familiares, laborales y sociales que funcionan como gatillo o sosten del malestar.
“Una persona con experiencias traumáticas puede necesitar terapia especializada, mientras que alguien con anemia o una alimentación muy restrictiva podría mejorar parte de sus síntomas al corregir una carencia concreta.”Kimberley Wilson, psicóloga
Como advierte la propia Wilson, los cambios de hábitos no son mágicos ni instantáneos, y a veces tardan meses en empezar a notarse, lo que vuelve clave sostener el tratamiento en el tiempo y no abandonar la consulta a las dos semanas porque el cuerpo todavía no respondió como uno esperaba. En ese punto, la especialista pide paciencia y, sobre todo, un trabajo en equipo entre psicólogos, psiquiatras, nutricionistas y médicos clínicos, para que el paciente deje de ser un rompecabezas al que cada profesional mira sólo por el borde que le toca.
Al final del día, la invitación que deja la psicóloga es bastante terrenal y, por eso mismo, bastante revolucionaria: antes de dar por sentado que lo que nos pasa es un problema del cerebro aislado, vale la pena preguntarse también qué hubo en la mesa, cuántas horas se durmió de verdad y qué tan quieto o activo estuvo el cuerpo durante la semana. No se trata de un manual ni de una receta universal, sino de sumar herramientas, y de entender que, a veces, empezar por el plato puede ser una forma, nada despreciable, de empezar a cuidarse la cabeza.
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