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Cuando el cuerpo se queda en alerta: las señales que separan una semana pesada de un desgaste que ya pasó al cuerpo

Dormir mal sin causa aparente, perder el hilo de lo que se estaba diciendo o estallar por pueden ser parte de un cuadro de estrés sostenido que la rutina ayuda a disimular. Especialistas y revisiones recientes describen cómo reconocerlo antes de que termine afectando la salud.

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Marta MansillaSociedad y salud · 11 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Vivo en un departamento del barrio de Once y a las seis de la tarde, cuando María Inés, mi vecina de 52 años, termina de subir las bolsas del supermercado, se sienta en el pasillo y me dice que no entiende por qué se levanta más cansada de lo que se acostó, como si el colchón le hubiera pasado factura durante la noche, aunque a veces ella juraría que ni siquiera llegó a dormirse del todo, y lo dice mientras acomoda las bolsas contra la pared con una paciencia que, conociéndola, ya no es la misma de hace un año, cuando todavía se reía de las cosas chicas y no le temblaba la voz cuando me contaba que su jefe le había pedido otro informe a último momento.

Esa frase que repite María Inés, esa mezcla de agotamiento matutino con sensación de no haber parado nunca, es exactamente el tipo de cuadro que los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos describen cuando hablan de estrés sostenido, es decir, de un estado de alerta que se prolonga mucho más allá del motivo que lo disparó y que empieza a comerse el sueño, la concentración y el ánimo sin que uno se dé cuenta, porque la rutina sigue en pie y entonces uno se autoconvence de que no pasa nada, cuando en realidad el cuerpo lleva meses funcionando al límite y la cabeza ya no administra bien los recursos de siempre.

Qué dice la ciencia que pasa por dentro

Una revisión publicada en 2025 en la revista Frontiers in Psychology, que reunió 45 revisiones y más de 2.000 estudios, encontró que las alteraciones del sueño y los problemas cognitivos, sobre todo en atención, memoria y funciones ejecutivas, aparecen de manera consistente en los cuadros de estrés crónico, y otro estudio publicado en 2024 en Neurobiology of Stress agregó que la exposición prolongada puede afectar la memoria de trabajo, la flexibilidad cognitiva y el control de la conducta, o sea, esas cosas tan concretas como acordarse de lo que uno iba a decir a mitad de una frase, tolerar una cola larga en el banco o decidir qué cocinar sin sentirse paralizado frente a la heladera abierta.

“El problema surge cuando la respuesta de estrés no logra apagarse, y en ese punto el cerebro deja de administrar bien recursos básicos como organizar, recordar, priorizar y responder con calma, que se vuelven tareas que consumen más energía que antes.”Leah Doane, profesora de Psicología de Arizona State University
  • Despertarse cansado aun habiendo dormido las horas habituales, con sensación de sueño fragmentado o poco reparador.
  • Perder el hilo de una conversación, olvidar lo que se iba a decir o no encontrar palabras que antes salían sin esfuerzo.
  • Irritarse con intensidad desacostumbrada ante contratiempos menores, como un corte de luz, un mensaje fuera de contexto o un trámite que se demora.
  • Sentir que cuesta tomar decisiones simples, elegir qué comer o qué ropa ponerse, como si cada opción exigiera un esfuerzo enorme.
  • Mantener la rutina en apariencia, llegar a horario, cumplir compromisos y responder mensajes, pero con la sensación interna de que todo cuesta el doble.

En los últimos tiempos empezó a circular en espacios de bienestar el concepto de modo supervivencia, que no es un diagnóstico clínico pero sirve como una etiqueta útil para ordenar señales que, tomadas de a una, parecen intrascendentes, porque lo que importa no es tanto el nombre sino el patrón, o sea, dormir cada vez peor, despertarse a las tres de la mañana sin motivo claro, depender del café para llegar a la tarde y notar que la paciencia se achicó sin que nadie nos haya autorizado a achicarla, y acá viene lo que más me interesa contar como periodista, porque detrás de cada una de esas señales hay una persona concreta que en general no pide ayuda hasta que algo se rompe, y a veces lo que se rompe es un vínculo, un trabajo o la propia salud.

Cuando le pregunté a María Inés qué espera de los próximos meses, me dijo, con esa mezcla de honestidad y cansancio que ya le conozco, que le gustaría volver a dormir una noche entera sin revisar el reloj, poder leer un libro sin perder la concentración en la segunda página y, sobre todo, recuperar la risa que tenía antes, esa que aparecía sin esfuerzo y que ahora le cuesta encontrar, y la verdad es que esa lista chica, cotidiana y profundamente humana es, a mi modo de ver, la mejor definición posible de lo que significa dejar de vivir en alerta permanente.

MM
Marta MansillaSociedad y salud

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