Cuando el piano suena en la pieza: lo que un estudio detectó en chicos que tocan un instrumento
Una investigación de la Universidad Northeastern comparó a 76 niños de entre 7 y 9 años y halló mejores puntajes en memoria, razonamiento y pruebas escolares entre quienes practicaban música. Los autores aclaran que el trabajo no prueba causalidad y que el costo de las clases puede dejar a muchos afuera.

Lo conocí a Daniel, 48 años, en la puerta de su casa del barrio de Belgrano una mañana de semana. Estaba cargando el estuche de un violín chico, el de Juana, su hija de 8, antes de llevarla a la escuela. Me dijo, con esa mezcla de orgullo y cansancio que tienen los padres cuando la rutina aprieta, que la nena empezó con el instrumento a los 6 y que ahora no se imaginan la casa sin la media hora diaria de práctica. Quería contarme si todo ese esfuerzo se notaba en algo más que en la música. Le dije que un estudio reciente le daba, al menos, algunas pistas para responder esa pregunta.
Qué midió la investigación y a quiénes
El trabajo, llevado adelante por la Universidad Northeastern, reunió a 76 chicos de entre 7 y 9 años divididos en dos grupos equiparados por edad, sexo y nivel socioeconómico. Una mitad tocaba un instrumento con al menos 30 minutos semanales de práctica, en general piano o cuerdas, y la otra no tenía formación musical. A todos se les administraron pruebas cognitivas y académicas, y a 50 de ellos se les realizó una resonancia magnética para observar el cerebro.
- Memoria de trabajo: los chicos que tocaban recordaban mejor secuencias e instrucciones en el corto plazo.
- Razonamiento y vocabulario: obtuvieron puntajes más altos en esas pruebas cognitivas.
- Aprendizaje visual y auditivo: rindieron mejor en tareas que combinan lo que se ve y lo que se escucha.
- Rendimiento escolar: se vieron diferencias a favor en lectura, escritura y matemáticas, sobre todo en comprensión lectora, ortografía y reconocimiento de palabras.
Psyche Loui, profesora de música de Northeastern, explicó que tocar un instrumento obliga a leer la partitura, mantener el ritmo y coordinar los movimientos al mismo tiempo, una exigencia que recluta a las llamadas funciones ejecutivas, esas que nos permiten planificar, sostener la atención, controlar los impulsos y adaptarnos a lo que cambia sobre la marcha. Anita Collins, investigadora y educadora musical, sumó que aprender un instrumento pone en juego la escucha afinada, la planificación a futuro y la autorregulación, habilidades que después se transfieren, en teoría, al aula.
“El estudio no permite asegurar que aprender a tocar sea la causa directa de esa ventaja, porque las familias que sostienen la formación también suelen ofrecer otras experiencias educativas. Aunque se compararon grupos de condiciones socioeconómicas similares, ese cuidado no descarta del todo otras explicaciones.”Lectura crítica del trabajo
El propio equipo lo aclara: como los chicos no fueron asignados al azar a recibir clases o no recibirlas, los resultados marcan una asociación, no una relación de causa y efecto. Y hay otro punto que los investigadores subrayan, y que a Daniel le resonó especialmente cuando le conté los detalles: el costo de la formación musical puede limitar el acceso. Un instrumento, las clases particulares y el tiempo de práctica son una inversión que no todas las familias pueden sostener, lo que vuelve a poner sobre la mesa la desigualdad de oportunidades.
Cuando me despedí, Daniel cargó de nuevo el estuche en el auto y me dijo que lo que más le importaba no era el piano ni las pruebas, sino ver si Juana era feliz tocando. Que si el violín algún día le pesaba, iban a dejarlo. Le respondí que la ciencia, por ahora, le ofrece señales alentadoras, pero que la decisión, como en tantas cosas de la crianza, se toma con los oídos bien abiertos y con la billetera a cuestas.
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