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Sábado, 10 de octubre de 2026
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Curazao, la isla donde el Caribe se cruza con calles holandesas y buggy en la costa oeste

Arenas blancas, una capital pintada de colores, una cueva con murciélagos y una barbacoa en Kleine Knip. Te cuento cómo armar el viaje, qué hacer y dónde comer por pocos dólares.

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Andrés AguilarTurismo · · 3 min de lectura
Curazao, la isla donde el Caribe se cruza con calles holandesas y buggy en la costa oeste

Les confieso algo: cuando empecé a investigar este viaje, Curazao me sonaba a esa escala en el mapa que uno ve de reojo entre Venezuela y Aruba. Pero basta rascar un poco para descubrir que la isla tiene una cantidad de planes que sorprenden. Son más de 35 playas, casi todas en forma de calita, con acantilados de piedra alrededor, y una capital declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, con esos tonos pastel que ya son marca registrada del Caribe holandés.

Willemstad a pie y sobre el agua

La primera parada obligada es Willemstad, donde uno se topa con la bahía de Santa Ana y con edificios coloniales que parecen sacados de un cuento. Para cruzar de un lado al otro hay un ferri gratuito que tarda apenas unos minutos y pasa cerquita del puente Reina Juliana, así que no hace falta gastar en taxi ni en transporte: la vista sobre los barcos y las fachadas de colores ya justifica la pasada.

A pocas cuadras está el Mercado Flotante, un clásico que se llena de frutas y verduras que llegan por barco desde Venezuela, y que conviene visitar temprano para encontrar todo fresco. El recorrido por el centro combina murales, cafés al aire libre y un ambiente que va cambiando a medida que pasan las horas: de día se camina tranquilo y de noche los restaurantes se prenden con música en vivo.

Plasa Bieu, el comedor a cielo abierto

Si hay un lugar que siempre recomiendo a la hora de almorzar es Plasa Bieu, un patio colmado de puestos donde cocinan en el momento. Por unos pocos dólares se consigue un plato contundente con pescado fresco, mariscos, carne de res o cerdo, y hay que tener una advertencia práctica: el picante aparece en muchas preparaciones, así que conviene preguntar antes de pedir si uno no se banca el fuego. La experiencia es absolutamente recomendable y resuelve el almuerzo sin gastar una fortuna.

La costa oeste, sobre cuatro ruedas

Ahora bien, lo que a mí me terminó de enamorar del destino fue la excursión que ofrece Curacao Tours: cuatro horas a bordo de vehículos tipo UTV (los todoterreno con jaula) recorriendo la costa oeste. El precio informado es de 240 dólares por persona, una cifra razonable si se tiene en cuenta que cada uno puede conducir o ir como acompañante y que el recorrido está guiado por senderos agrestes con paradas clave.

La primera parada es la Cueva de las Brujas, donde uno se cruza con estalactitas, estalagmitas, murciélagos que duermen colgados del techo y unos cangrejitos chiquitos que están protegidos: nada de pisarlos ni molestarlos, solo mirar y aprender. Después del asombro subterráneo, el grupo sigue hasta Kleine Knip, una caleta con reposeras y sombrillas donde el plan es tirarse al agua, descansar y comer una barbacoa antes de volver.

Playas, snorkel y tambú

Más allá del paseo en UTV, la isla tiene costas públicas y gratuitas mezcladas con sectores privados de hoteles, y en muchas de ellas alcanza con asomarse desde la orilla para ver peces. Para los que quieran bajar un cambio, el snorkel es una opción sin grandes exigencias de equipo ni de distancia. Y si el cuerpo pide un plan distinto al mar, la agenda cultural suma propuestas como el tambú, una expresión musical de raíz africana que mezcla percusión, canto, palmas y baile, y que suena en distintos puntos de la isla.

Cómo llegar desde Argentina

Para los que están planeando el viaje, hay un dato que me parece clave: Aerolíneas Argentinas anunció que va a empezar a volar a Curazao desde el 2 de enero de 2027, con cuatro frecuencias semanales y dos de ellas de forma directa. La conectividad cambia mucho el panorama y permite pensar la isla como un destino alcanzable en pocas horas desde Buenos Aires, sin escalas eternas.

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Andrés AguilarTurismo

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