Darío Giordano salió al cruce de su hijo Valentín Yankelevich y negó haber ejercido violencia
A través de un comunicado, el productor rechazó los relatos de maltrato físico y emocional que su hijo mayor hizo públicos tras la muerte de Romina Yan en 2010, aunque admitió que el duelo lo desbordó y que quizá no estuvo a la altura emocional que sus hijos necesitaban.

Les cuento, amigas y amigos, porque esto que acaba de ocurrir me atravesó de una manera que todavía estoy tratando de ordenar mientras escribo: en algún momento de los últimos días, cuando todavía el almanaque mostraba el mes en curso, el productor Darío Giordano decidió romper el silencio y difundir un comunicado extenso en el que, palabra por palabra, rechazó las acusaciones de violencia física y emocional que su hijo mayor, Valentín Yankelevich, había volcado en una entrevista pública apenas unas horas antes. La réplica llegó con la velocidad que suelen tener los padres cuando se sienten señalados, pero también con un tono medido, casi contenido, como de alguien que sabe que cada frase va a ser diseccionada por miles de lectores en las próximas horas, y yo no me imagino lo que debe ser eso, lo digo sinceramente, porque a mí ya me cuesta poner un mensaje en un grupo de WhatsApp sin pensarlo tres veces, así que hacerse cargo de un tema tan delicado frente a un país entero debe ser una experiencia límite.
Un comunicado a corazón abierto, pero con límites claros
Giordano arrancó su texto con una frase que sonó a tajada y, al mismo tiempo, a declaración de principios. "Quiero dejar algo en claro: rechazo las acusaciones de violencia que se me atribuyen. Ni antes ni después del fallecimiento de Romina hubo episodios de esas características en nuestra familia", escribió el productor, en referencia directa al testimonio de Valentín, que había relatado escenas muy duras vividas en la infancia y en la adolescencia, en el período inmediatamente posterior a la muerte de su madre, la actriz Romina Yan, ocurrida en septiembre de 2010. El productor, que en el comunicado se presenta como un hombre que nunca imaginó tener que atravesar ese duelo en público, dejó en claro que su intención no era entrar en una pelea mediática, sino dejar por escrito su versión, y eso, créanme, no es un detalle menor en una historia atravesada por el dolor y por el paso de los años.
“La muerte inesperada y repentina de Romina destruyó el mundo que conocía. Nunca imaginé vivir una vida sin ella.”Darío Giordano, en el comunicado difundido en redes sociales
En otro tramo del texto, Giordano describió con crudeza el impacto que la pérdida tuvo sobre su vida familiar, y reconoció que debió hacerse cargo de Valentín, Franco y Azul cuando todavía no había terminado de procesar él mismo lo que estaba pasando. Esa confesión, que a mí me pareció la más humana de todo el escrito, abre una zona gris que la opinión pública suele mirar con lupa: la de los padres que quieren estar a la altura de las circunstancias, pero que también están rotos por dentro. "Aunque es posible que, en ese momento de duelo y dolor, yo no haya estado a la altura de lo que él y Franco necesitaban. Les pido perdón por eso", reconoció el productor, dejando en claro que ese mea culpa no implica, bajo ningún punto de vista, aceptar los cargos de violencia que su hijo había hecho públicos.
El poder, la palabra y el peso de la historia familiar
Hay un párrafo del comunicado que me dejó pensando un buen rato, y que creo que vale la pena leer despacio, porque condensa una queja y, al mismo tiempo, una teoría sobre cómo se dirimen los conflictos en las familias atravesadas por la fama. "Los contactos y el poder no convierten una versión en verdad, ni le otorgan a nadie más derecho que a un padre a ser escuchado", sostuvo Giordano, sin nombrar a nadie en particular. La frase se entiende en el contexto de una pelea que ya lleva varios rounds mediáticos y que involucra a uno de los apellidos más fuertes de la televisión argentina, el de los Yankelevich, con productoras, programas y estructuras empresariales que pesan lo suyo en la industria. Me imagino la escena, la habitación, el productor sentado frente al teclado, midiendo cada palabra, consciente de que cualquier desliz se va a leer como una confesión o como un ataque, y eso, amigas y amigos, es una mochila que muy pocos están preparados para cargar.
En el cierre de su texto, Giordano dejó la puerta entreabierta a un diálogo futuro, íntimo y sin testigos, que parece más un deseo que una certeza. "No pretendo ganar una discusión pública. Quiero conservar la esperanza de que algún día podamos hablar de todo esto en la intimidad, sin intermediarios, sin cámaras y sin que nadie necesite hablar por nosotros", cerró. Confieso que esa última línea me llegó, porque en medio de tanto ruido y tanta versión cruzada, escuchar a un padre pedir un poco de silencio para sanar algo que se rompió hace casi quince años suena, como mínimo, a una voluntad de no tirar todo por la borda. Y yo, que vengo siguiendo este caso desde el primer día, les digo con honestidad que no sé cómo termina esta historia, pero sí sé que por ahora hay un padre y un hijo que se están diciendo cosas muy pesadas desde lugares muy distintos, y que el resto del país mira azorado el espectáculo de una familia que todavía no encuentra la manera de cicatrizar.
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