Jueves, 10 de septiembre de 2026
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Voces de Santa Cruz

Eddie Horniman se quitó la corbata: el aristócrata de The Gentlemen vuelve con las manos cada vez más sucias

Guy Ritchie estrenó la segunda temporada de su serie estrella por Netflix: menos comedia de encumbrados, más tragedia de poder. Theo James encarna a un duque que ya no pide permiso, y suma a Sergio Castellitto y Michele Morrone como cara nueva del bajo mundo europeo.

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Celeste AlmonacidCultura y patrimonio · 10 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Corría 2024 cuando Netflix puso en pantalla la primera temporada de The Gentlemen, aquella serie de Guy Ritchie que parecía un gesto de revancha: el director inglés volviendo al universo del narcotráfico que lo había consagrado con Lock, Stock and Two Smoking Barrels y Snatch, pero esta vez en formato de ocho capítulos y con aristócratas en lugar de ladrones de steppedon. La propuesta funcionó, se convirtió en uno de los títulos más vistos de la plataforma, y dejó al personaje de Eddie Horniman, el Duque de Halstead interpretado por Theo James, convertido en dueño accidental de un imperio de cannabis. Ahora, en 2025, llega la segunda entrega, y lo que se anuncia no es una continuación amable: es una historia más oscura, más ambiciosa y, sobre todo, más cara en términos humanos para su protagonista.

La nueva temporada arranca con un quiebre narrativo pensado para descolocar: vemos a Eddie malherido, arrastrándose por un campo embarrado, y a partir de ahí la serie retrocede tres meses para mostrar cómo se llegó hasta ese punto. El duque que conocimos ya no existe: ahora es un operador que quiere expandir el negocio de los Glass más allá de las islas británicas, que busca recuperar tierras alrededor de la finca familiar y que necesita moverse con la misma soltura entre un escritorio del Parlamento y una mesa de tratos con capos europeos. Para sostener esa doble vida, Eddie empieza a entender algo que antes despreciaba: que sus buenos modales, en este mundo, se leen como debilidad, y que acumular poder significa, inevitablemente, dejar de pedir permiso.

Un árbol genealógico que se podó solo

Uno de los ejes de la temporada es la relación con Bobby Glass, el patriarca del clan, más ocupado en su despertar espiritual que en adaptar el negocio al nuevo tablero. El freno que le pone a las ambiciones de Eddie y de su socia Susie Glass termina de empujar al protagonista hacia afuera, hacia un terreno donde las alianzas se miden en silencios y en favores cobrados años después. La guionista original, Theo James como protagonista absoluto de este giro, y el propio Ritchie coinciden en lo que se cuenta sin necesidad de subrayarlo: cuanto más control gana Eddie sobre su entorno, más costosa se vuelve cualquier salida.

  • Sergio Castellitto se suma como Marco Moretti, un mafioso italiano que trae consigo viejas deudas y métodos poco diplomáticos.
  • Michele Morrone interpreta a Cico Maldini, la mano derecha de Moretti, cuya presencia suma una cuota de imprevisibilidad difícil de anticipar.
  • Bobby Glass queda relegado a un rol casi espiritual, lo que reordena la jerarquía del clan y obliga a Eddie a dejar de delegar.
  • Susie Glass deja de ser socia secundaria y pasa a ser la interlocutora principal de cada decisión grande que se toma.

Ritchie mantiene los elementos que definieron la primera entrega: el espectáculo visual de la campiña inglesa contrastando con la mugre de los negocios, la violencia estilizada con coreografía casi de musical, y un humor negro que funciona como anestesia para no nombrar lo que está pasando. Pero en esta segunda temporada esas herramientas dejan de ser el centro: ahora están al servicio de una pregunta más áspera, que es cuánto de uno mismo se está dispuesto a perder para no volver a ser un don nadie de apellido largo y cuenta bancaria corta. La transformación de Eddie evoca, sin copiarla, la de esos antihéroes clásicos del género que terminan descubriendo que el verdadero enemigo nunca estuvo del otro lado de la mesa.

Mirar la pantalla hasta que duela

Vi los primeros episodios y me quedé pensando en algo que no esperaba de una serie de Guy Ritchie: que el guión se anima a dejar incómoda a la audiencia. No hay un giro maniqueo al final de cada capítulo, no hay un castigo moral inmediato para quien cruza una línea, y eso, que parece una audacia menor, termina siendo lo más perturbador de toda la propuesta. Porque cuando terminás un episodio no estás esperando el próximo por saber quién gana, sino por saber qué versión de Eddie Horniman queda en pie al otro lado de la escena que acabás de ver. Y eso, miren, es algo que hace mucho que una serie de Netflix no me hacía sentir con esa intensidad.

CA
Celeste AlmonacidCultura y patrimonio

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