El cuarto ya no es un refugio: cuando los adolescentes viven en un set permanente
La habitación dejó de ser ese territorio desordenado y propio de la juventud para parecerse a un decorado listo para filmar. Especialistas consultados explican qué se pierde cuando la mirada de una audiencia desconocida reemplaza al silencio de la puerta cerrada.

Me acuerdo de cuando iba a buscar a mi hijo menor al colegio y de paso pasaba por lo de su amigo Santiago, que por entonces tenía dieciséis años. La madre me recibía con mate y un suspiro, y después me decía, con esa mezcla de queja y orgullo que tenemos los grandes cuando no entendemos a los chicos: «Entrá al cuarto de Santi si te animás». Entré. La cama estaba deshecha, había una pila de revistas sobre la silla, un póster de una banda que yo no había escuchado en mi vida clavado con cinta pegada directo al techo y, debajo de la cama, asomaba un diario íntimo con un candado que claramente no servía para nada. Santiago se reía cuando le preguntaban por el desorden: «Es mi cuarto, vieja, déjame en paz». Tenía razón. A los dieciséis, el cuarto desordenado es casi una declaración de principios: allí adentro se crece, se equivoca uno, se enamora, se sufre, se escucha música a todo volumen y se aprende a estar solo con uno mismo. Ese territorio, durante décadas, fue intocable.
De la habitación con posters al set de TikTok
Lo que muestran hoy las redes sociales es otra cosa. En las cuentas de adolescentes que muestran su cuarto aparecen paredes pintadas en tonos neutros, beige, blanco roto, gris cálido. La cama está tendida como si nadie durmiera ahí. Las luces LED cumplen la función de reflectores improvisados. No hay ropa fuera del placard, ni un cuaderno abierto sobre el escritorio, ni una foto pegada con cinta. El cuarto dejó de parecerse a un refugio y empezó a parecerse a un estudio de grabación. La personalidad, que antes se acumulaba en objetos amontonados, ahora se retiró del plano físico.
Cuando le pregunté a Martina, que tiene diecisiete y vive en Lanús, cómo había cambiado su pieza en los últimos tres años, me lo dijo sin pensar demasiado: «Antes tenía todo pegado en las paredes, ahora lo saqué casi todo. Si en algún momento quiero subir un video, no quiero que se vea cualquier cosa atrás». Lo dijo con naturalidad, como quien describe un cambio lógico. Y sin embargo, hay algo profundo en esa frase: el orden del cuarto ya no responde a los gustos de quien lo habita, sino a una audiencia que podría llegar a verlo.
“La habitación adolescente siempre fue el espacio donde se suspendía el juicio ajeno, donde uno podía ensayar ser distinto sin público. Cuando ese cuarto se vuelve filmable, deja de ser laboratorio y pasa a ser escenario.”Lectura basada en el sociólogo Erving Goffman
Lo que se pierde cuando la intimidad se vuelve un decorado
- La posibilidad del desorden como forma de exploración personal: el error cotidiano, las cosas fuera de lugar, los objetos que uno todavía no sabe para qué quiere.
- La puerta cerrada como pacto de silencio: históricamente, ese cuarto era el único rincón donde un adolescente podía dejar caer la máscara sin consecuencias.
- El ensayo de identidad sin público: oficios de ser alguien distinto, gustos provisorios, diarios íntimos, músicas que dan vergüenza al mes siguiente.
- La acumulación de objetos con biografía propia: entradas de recitales, cartas, recuerdos que no tenían valor para nadie más que para quien los guardaba.
- La equivocación sin cámara: la chance de tener un día raro, una crisis, un mal humor sin que quede registrado para una audiencia futura.
La especialista en vida digital Sithara Ranasinghe lo describe como una habitación con paredes de cristal. La imagen es exacta: lo que antes era un refugio con paredes sólidas hoy tiene límites difusos. Y lo más inquietante, según advierten los especialistas, es que la cámara no necesita estar encendida para que el efecto funcione. La sola conciencia de que cualquier rincón puede ser filmado y comentado modifica la conducta. Uno ordena la cama no porque va a venir la madre, ni porque viene una visita, sino porque en algún momento podría aparecer un desconocido opinando desde otra pantalla. La mirada ajena se volvió permanente y se metió adentro, sin pedir permiso.
Hablé también con Daniel, que tiene cincuenta y dos años y es padre de dos chicas de catorce y dieciséis en Mar del Plata. Me dijo algo que me quedó dando vueltas: «Yo entré al cuarto de mi hija mayor el otro día y me sentí un extraño. Estaba impecable, todo combinado, como si fuera una foto de catálogo. Le pregunté dónde estaba el póster que tenía de chica y me dijo que lo había guardado en una caja porque ya no iba con la decoración». Le pregunté qué sentía él con eso y se quedó pensando un rato largo antes de contestarme. «Me da pena», dijo al final. «Siento que algo se perdió. Como si el cuarto ya no fuera de ella, sino de alguien que todavía no conozco». Daniel espera, aunque no sabe bien qué espera. Quizá que un día su hija vuelva a tener un póster pegado con cinta en la pared, una señal pequeña de que el cuarto volvió a ser suyo y no un set.
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