El hechizo pendiente: por qué la saga de las hermanas Owen podría no haber dicho su última palabra
A 27 años del primer film, Nicole Kidman y Sandra Bullock vuelven a encarnar a las brujas más queridas del cine. La secuela resolvió la maldición familiar, pero dejó abiertos los arcos de Gillian y de las nuevas generaciones. Una puerta entreabierta a una tercera parte.

En 1998, cuando la novela de Alice Hoffman saltó a la pantalla grande con "Prácticamente magia", pocas podían imaginar que casi tres décadas más tarde volveríamos a ver a las hermanas Owen reunidas en una cocina de la isla de Nantucket, discutiendo sobre hechizos y amores imposibles. Y sin embargo, ahí estamos: Nicole Kidman y Sandra Bullock vuelven a ponerse en la piel de Gillian y Sally Owens en "Prácticamente magia 2", una secuela que no se limita a repetir la fórmula original sino que se anima a cerrar —y a la vez a abrir— capítulos que muchos lectores y espectadores daban por cerrados para siempre. Me animé a revisarla con la expectativa de quien vuelve a un pueblo del que se fue hace años y se encuentra con que la panadería todavía despide el mismo aroma a manteca recién derretida, pero también con alguna persiana nueva.
La trama retoma a las hermanas en un punto donde la familia entera se ve sacudida por una amenaza inesperada, un tal Tom Bailey, pariente lejano que llega sin poderes pero con demasiadas cuentas pendientes, decidido a quedarse con el libro de hechizos que ha acompañado a las Owen durante generaciones. Las hermanas, junto con sus hijas y sobrinas, terminan neutralizándolo con un conjuro colectivo que funciona como recordatorio de que la magia, en esta familia, siempre fue un asunto de rebeldía compartida y de mesas largas donde varias generaciones se dan la mano.
El corazón del film: una maldición que se paga con entrega
El desenlace más cargado de consecuencias, a mi entender, ocurre lejos de Nantucket, en Massachusetts, mientras el combate con Bailey todavía resuena. Frances descubre que la única manera de romper la maldición que pesa sobre las mujeres Owen —esa condena trágica que dice que los hombres que aman están destinados a morir— es a través de un sacrificio personal. Lo que sigue es de esos pasajes que invitan a apagar la luz del living y quedarse un rato en silencio: Frances elige dar ese paso, y gracias a ese sacrificio, Gideon, el novio de Kylie que llevaba semanas en coma, abre los ojos. Es el tipo de resolución que honra el tono de Hoffman, donde la magia nunca es un atajo sino un compromiso con lo que más se quiere.
- La amenaza externa: Tom Bailey, pariente sin poderes que busca el libro de hechizos y es detenido por un conjuro colectivo.
- La maldición familiar: Frances descubre que romperla exige un sacrificio personal y lo concreta; Gideon despierta.
- Las nuevas generaciones: Kylie y Sally empiezan a desarrollar sus propios poderes y a explorar el negocio familiar que las identifica.
- El costado amoroso: Kylie se casa con Gideon y Sally retoma su vida sentimental con Ian, un personaje nuevo de esta entrega.
- Los hilos abiertos: el arco de Gillian no termina de cerrarse y las herederas más jóvenes apenas comienzan a explorar su herencia mágica.
Después del sacrificio, el tono vira hacia la reconstrucción, y ahí la película se permite respirar: las dos jóvenes de la familia empiezan a probar sus poderes, Kylie se casa con Gideon, y Sally, que cargaba con la soltería más por costumbre que por elección, vuelve a creer en el amor de la mano de Ian, un personaje que se incorpora en esta entrega y al que le cuesta ocupar el lugar que alguna vez tuvo el policía convertido en fantasma. No hay escena poscréditos, lo cual me pareció una forma elegante de no forzar la nostalgia: el final se planta, se queda quieto, y deja que uno termine la copa de vino mientras la música baja.
Lo que queda sin cerrar
Ahora bien, si algo caracteriza a esta secuela es que resuelve los conflictos centrales del grupo familiar Owen, pero deja varios arcos sin cerrar del todo. El más notorio es el de Gillian, que no termina de llegar a un punto de cierre definitivo, como si los guionistas hubieran preferido dejarla suspendida en su ambigüedad antes que encorsetarla en una conclusión demasiado limpia. Y por supuesto está el futuro de las generaciones más jóvenes, que apenas comienzan a tantear su herencia mágica y todavía no deciden qué harán con el negocio familiar que las identifica, esa casa de jardinería y aromas que en el pueblo todos asocian con las Owen. Son esos hilos, más que un cliffhanger explícito, los que mantienen abierta la conversación sobre una posible tercera parte.
A mí, que crecí viendo la primera entrega en videocasete y después la reencontré en plataformas de streaming donde una nueva generación de espectadores la descubrió mucho después de su estreno original, esta secuela me deja una sensación extraña y hermosa al mismo tiempo: la de volver a una mesa que se pensó desarmada y encontrar que alguien la puso de nuevo, con las mismas tazas y algunas rajaduras nuevas. No sé si hace falta una tercera película para responder qué hará Gillian con el resto de su vida, o si Kylie y Sally se animarán a reescribir el libro de hechizos de la familia. Lo que sí sé es que, mientras esa respuesta no llegue, voy a seguir mirando la pantalla en negro unos segundos más, esperando que el viento que mueve las cortinas de la cocina de Nantucket me traiga, de una vez, el aroma a mejorana que siempre asocié con esta historia. Y la verdad, esa espera se disfruta.
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