El imperio Guinness se muda de Dublín a la pantalla: Netflix reconstruye la guerra interna de la dinastía cervecera más famosa de Irlanda
Estrena 'La casa Guinness', una serie de ocho episodios creada por Steven Knight que vuelve sobre la muerte de Benjamín Lee Guinness en 1868 y la pelea sucesoria que casi rompe a la familia dueña de la cerveza más reconocida del mundo.

Tengo que confesar algo antes de arrancar: cada vez que alguien me dice que va a ver una serie histórica sobre una dinastía familiar, se me enciende una lucecita de expectativa medio infantil, de esas que uno creía haber dejado en la adolescencia. Por eso cuando supe que Netflix tenía en la fila 'La casa Guinness', una producción de ocho capítulos pensada para reconstruir los conflictos internos de la familia dueña de la cerveza más famosa de Irlanda, no pude evitar acomodarme en el sillón con la certeza de que iba a pasar un buen rato. Y lo que encontré no me decepcionó, sino todo lo contrario: me devolvió esa sensación de estar frente a una Historia grande, de las que se estudian en los colegios, pero contada desde la cocina de la casa, con los platos rotos y las rencillas que nadie quiere mostrar.
Para entender por qué esta serie importa hay que retroceder hasta 1868, el año en que muere en Dublín Benjamín Lee Guinness, el patriarca que había convertido la cervecería fundada por su padre en uno de los imperios económicos más formidables del siglo XIX. La fecha no es un dato decorativo: a partir de ese deceso se desata una pelea sucesoria entre sus herederos que la serie toma como punto de partida. Lo que en cualquier familia de clase media sería una discusión por una casa o por un auto, acá se transforma en una pulseada por el control de una empresa que definía buena parte del empleo y del poder en la Irlanda de la época. Steven Knight, el creador de 'Peaky Blinders', se hace cargo de ese punto de partida y arma una ficción que funciona casi como una tragedia griega con barricas de cerveza y trajes oscuros.
Una familia, una fábrica y un país en ebullición
La serie no se queda en la sala de estar de los Guinness: pone el ojo también en una Irlanda del siglo XIX que estaba lejos de ser tranquila. Las desigualdades sociales, las tensiones políticas y las transformaciones de fondo aparecen como telón de un relato donde el poder económico de la dinastía queda enfrentado a una sociedad que se movía más rápido de lo que los grandes capitales querían aceptar. Esa combinación es la que vuelve interesante al producto: no es solamente 'familia rica discute por la herencia', sino 'familia rica discute por la herencia mientras afuera del portón la Historia les pide explicaciones'. Y en ese cruce aparece, para mí, lo mejor de la propuesta.
- Arthur y Edward Guinness quedan instalados en el centro de las decisiones sobre el futuro de la cervecería, como los dos polos de una disputa que ordena el ritmo de los ocho episodios.
- El resto de los herederos también tiene intereses propios, y la serie se ocupa de mostrar cómo cada uno juega su partida sin perder de vista el apellido.
- Steven Knight vuelve a su zona de confort: universos de época, luchas de clase y vínculos familiares atravesados por la violencia del poder.
- El elenco combina a Anthony Boyle, Luis Partridge y Emily Fairn en los roles centrales, con Fionn O'Shea, Jack Gleeson, Niamh McCormack, Danielle Galligan y Ann Skelly completando el reparto.
“No es solamente 'familia rica discute por la herencia', sino 'familia rica discute por la herencia mientras afuera del portón la Historia les pide explicaciones'.”Celeste Almonacid
Algo que me llamó la atención mientras recorría los capítulos es el detalle con el que la producción reconstruye los espacios: los escritorios de madera oscura donde se firmaban los papeles, los pasillos largos de las oficinas, las vidrieras todavía en llamas de la cervecería de Saint James's Gate. Esa obsesión por el decorado no es capricho de vestuarista, es una manera de recordarnos que las grandes fortunas no se construyen en el aire, sino apoyadas en ladrillos, en contratos y en miles de que muchas veces quedan fuera de cuadro. Cuando finalmente bajé la vista del televisor y volví a mirar mi taza de café, sentí esa mezcla rara que solo dejan las buenas series: la de haber aprendido algo, y la de haberme quedado con ganas de seguir preguntando.
Si me dejan cerrar con una opinión honesta, les digo que 'La casa Guinness' me parece una de esas series que conviene ver sin apuro, dejándose llevar por el tempo que propone Knight, porque la recompensa está en los matices más que en el golpe de efecto. No es la ficción más vertiginosa del catálogo, pero tiene algo que se agradece cada vez más: la paciencia para contar una historia donde los poderosos también sangran, pero lo hacen en salones enormes, con copas en la mano y apellido compuesto. Y a mí, que cada tanto necesito volver a los siglos XIX y XX para entender de dónde venimos, este tipo deseries me hacen un favor enorme. Así que ya saben: si la ven, vuelvan por acá y cuenten qué les pareció. Yo voy a estar leyendo, con la taza todavía caliente al lado del teclado.
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