Entre salones y pactos: la cuarta vuelta de los Russell y los van Rhijn
La serie de Julian Fellowes regresa con conflictos familiares, alianzas que se negocian a puertas cerradas y tensiones sociales en la Nueva York de finales del siglo XIX.

A finales del siglo XIX, la alta sociedad de Nueva York funcionaba como un tablero donde cada apellido se medía por sus alianzas, sus herencias y el lugar que ocupaba en cada salón. Es en ese mundo donde vuelve a moverse la serie creada por Julian Fellowves, con una nueva tanda de episodios que retoma el choque entre las familias Russell y van Rhijn y que promete cerrar tramas que llevan años sembradas.
Los Russell, divididos en dos frentes
La temporada arranca con George Russell enfrentando dificultades políticas que amenazan su monopolio ferroviario, mientras Bertha viaja a Inglaterra para acompañar a su hija Gladys, ahora marquesa, en el nacimiento de su hijo. Esa distancia física, que a primera vista parece un simple paréntesis familiar, abre un espacio donde las viejas rivalidades empiezan a aflojar su peso.
Bertha y Agnes, una tregua que no se firma
La histórica pelea entre Bertha y Agnes van Rhijn cede terreno. Ninguna de las dos lo dice en voz alta, pero llegan a una tregua tácita y comienzan a moverse en paralelo dentro de los circuitos de poder social de la ciudad, algo que los lectores que siguen la serie desde el comienzo van a notar enseguida.
Agnes, por su parte, encontró un nuevo anclaje en las instituciones históricas de Nueva York y se prepara para recibir al presidente Grover Cleveland. Su hijo Oscar, en cambio, cierra un matrimonio que le conviene en varios sentidos a la vez, uniendo fuerzas con uno de los personajes más calculadores de la serie en un pacto que promete alimentar buena parte de la temporada.
Las tramas que más pesan
- El pacto de Oscar, que combina conveniencia económica y ambición social.
- John, ex lacayo convertido en hombre de fortuna, que busca un lugar en una esfera que todavía no lo acepta del todo.
- Peggy, escritora e hija de familia acomodada, que navega los prejuicios de su época como mujer negra educada, incluidos los que vienen de su propio entorno político.
La producción mantiene el nivel visual que distinguió a las temporadas anteriores. La fotografía de época está cuidada con esmero y el vestuario funciona como un registro de jerarquía social: cada tela, cada peinado y cada accesorio marca dónde se para cada personaje. Christine Baranski y Cynthia Nixon sostienen la dinámica central con una química que convierte incluso las conversaciones menores en escenas con tensión propia, y Carrie Coon, ausente en los primeros episodios, está llamada a retomar el centro de la acción cuando Bertha regrese de Europa.
Hay un límite que la serie todavía no termina de cruzar: sigue siendo más generosa con los conflictos de las clases altas que con la vida cotidiana del servicio doméstico. Los arcos de John y Peggy empujan en esa dirección, aunque sin llegar del todo a cruzarla.
Al pensar en esta vuelta, lo que más me conmueve es ver a personajes que estaban acostumbrados a mandar tener que mirarse de otra manera, y eso me genera una expectativa muy humana, casi de volver a sentarme frente a la pantalla como quien reencuentra a una familia que ya conoce de memoria.
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