Garbanzos al horno con zanahoria y tahini: una ensalada templada para resolver la semana sin complicarse
Llega en media hora, se sirve tibia y se puede coronar con hojas verdes, un cereal o unos crackers de semillas. Un plato simple, rendidor y con el toque del sésamo en dos formatos.

Te confieso algo antes de empezar: yo soy de los que, a la hora de comer rico, en casa siempre tiene un paquete de garbanzos cocidos a mano. Por eso, cuando me crucé con esta preparación, me dije 'esto es para mí'. Es una ensalada templada que va al horno con zanahoria y cebolla de verdeo, y que se termina con una lluvia de salsa de tahini. Sencilla, rendidora y con ese sabor profundo que deja el sésamo cuando aparece en dos versiones: como pasta en el aderezo y como aceite en la terminación. Si te pasa como a mí, que querés comer bien sin pasar dos horas en la cocina, tomá nota.
La base: legumbres y verduras al horno
La idea es tomar una fuente que vaya al horno y ubicar los garbanzos cocidos en el centro. Alrededor se acomodan unas zanahorias cortadas en láminas bien finas y el verdeo picado, bien repartido. Ahí mismo llegan los condimentos: pimentón dulce, jengibre en polvo, orégano seco, sal y pimienta, más un par de cucharadas de aceite de oliva. Se mezcla todo para que el aceite y las especias se repartan parejo entre los ingredientes, y al horno. La cocción lleva unos 30 minutos, con una pausa a los 15 para revolver y asegurarte de que nada se pegue ni se queme. La receta no precisa ni la temperatura del horno ni las proporciones exactas de garbanzos y verduras, así que podés ir regulando con lo que tengas en la heladera. En mi caso, suelo tirar mano a este tip: si te quedan garbanzos de la preparación anterior, rendí al máximo, porque esta receta los levanta a todos.
El aderezo que la vuelve otra cosa
Mientras la fuente trabaja en el horno, te tomás cinco minutos para el aderezo, que es donde está la verdadera magia del plato. En un bol chico mezclás tahini, jugo de limón, salsa de soja y una cucharada de aceite de oliva. Le sumás un chorrito de agua caliente y batís con ganas. Al principio parece que se cortó la mezcla, no te asustes: seguí revolviendo con energía y va a ir tomando una textura cremosa, casi como una mayonesa liviana, y un color blanquecino muy bonito. Cuando la fuente sale del horno, volcás esa salsa encima y mezclás hasta cubrir bien garbanzos y zanahorias. Para terminar, un poco de pimienta negra recién molida y un hilo de aceite de sésamo. Nada más.
Cómo llevarla a la mesa
- Con hojas verdes: la opción más fresca, ideal si querés un plato ligero para el almuerzo.
- Con una porción de cereal: arroz, quinoa o lo que tengas a mano, para convertirla en una comida más completa.
- Con crackers de semillas: perfectos para llevar a la mesa sin cocinar nada extra.
Te la podés comer tibia o templada, como más te guste. Y si te animás a probarla un día que llueva y el cuerpo te pide algo reconfortante, mejor todavía: el tahini le da una calidez que a mí, particularmente, me encanta. Eso sí, rendí no te la guardes en la heladera pensando que mañana mejora: la salsa tiende a endurecerse con el frío. Mejor repetirla antes.
Una recomendación para terminar
Para mí, esta ensalada pide pan, buen pan. Si vivís en Buenos Aires y querés sumarle una vuelta de tuerca, te sugiero el alfajor de pan de la panadería La Flor de Recoleta (Uriburu 1600), comer en el local o pedir por la app: unos scones salados con semillas que cortan justo la cremosidad del tahini. Si preferís algo bien criollo y a baja resolución, cociná en casa una bondiola a la cacerola con puré de calabaza y listo, te armás un menú de domingo sin esfuerzo. Y si sos de los que, como yo, en el día a día buscan una salida práctica, te sugiero pasar por el local de Café Martínez (hay sucursales en casi todos los barrios): un café de filtro, dos medialunas y esta ensalada resuelven un almuerzo en 20 minutos.
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