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Hábitos que cuidan la memoria: lo que dejó el mayor estudio latinoamericano sobre prevención de la demencia

El ensayo LatAm-FINGERS siguió a más de mil adultos mayores de once países y mostró mejoras cognitivas con una estrategia que combina alimentación, movimiento, estímulos mentales, vínculos y control cardiovascular. Especialistas reunidos en Buenos Aires analizaron cómo sostener esos cambios en la vida cotidiana.

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Marta MansillaSociedad y salud · 16 DE SEPT DE 2026 · 3 min de lectura

La sala de espera del consultorio estaba llena esa mañana, como tantas otras, pero esta vez el motivo era otro: no se trataba de atender un síntoma puntual sino de conversar sobre algo que preocupa a casi todas las familias, que es qué se puede hacer para cuidar la memoria antes de que empiecen las pérdidas. Roberto, de 63 años, esperaba su turno para un control general y me dijo, sin que le preguntara demasiado, que en su casa se habla mucho del tema porque a su madre, ya cerca de los 90, le cuesta cada vez más recordar fechas y nombres. Lo que él quería saber es si hay algo concreto que un hijo de esa edad pueda empezar a hacer hoy, en serio, para correrle algo de riesgo a ese futuro.

La pregunta de Roberto es, justamente, la que un grupo de especialistas en neurología y salud pública puso sobre la mesa en Buenos Aires durante un encuentro internacional donde se presentaron los resultados del estudio LatAm-FINGERS, el ensayo clínico más grande realizado en la región para evaluar si una estrategia integral de hábitos saludables puede proteger las capacidades cognitivas de los adultos mayores. La investigación siguió durante dos años a 1.065 personas de entre 60 y 77 años, distribuidas en once países de América Latina, y midió cambios en pruebas de memoria, atención y funciones ejecutivas.

Cinco pilares, una misma estrategia

  • Alimentación saludable, adaptada a los productos y costumbres de cada lugar.
  • Actividad física regular, ajustada a las posibilidades de cada persona.
  • Estimulación mental, con actividades que impliquen aprender o ejercitar distintas capacidades.
  • Vínculos sociales sostenidos, para evitar el aislamiento que acelera el deterioro.
  • Control de los factores de riesgo cardiovascular: presión arterial, glucosa, colesterol y tabaquismo.

Como me explicó Lucía Crivelli, jefa de Neuropsicología de FLENI e investigadora principal del estudio, la idea central fue armar un paquete de intervenciones que no dependiera de un supercomputador ni de un centro de excelencia, sino que pudiera replicarse en ciudades chicas, en pueblos del interior o en barrios donde la oferta de servicios es limitada. La clave, me dijo, consistió en sostener el principio de la intervención sin ignorar las diferencias culturales y sociales, porque una recomendación de alimentación pensada en Helsinki no necesariamente funciona en una ciudad latinoamericana.

El protocolo dividió a los participantes en dos modalidades de acompañamiento. Uno recibió actividades organizadas y contacto frecuente con los equipos de salud; el otro contó con recomendaciones para incorporar los hábitos con mayor autonomía, aunque ambos grupos tuvieron orientación preventiva. Los resultados mostraron una mejora de la cognición global entre quienes siguieron la intervención más estructurada, y algo que para los investigadores es casi tan importante como los números: la viabilidad del programa. El 80 por ciento tuvo una adhesión moderada o alta, y el 84,9 por ciento completó la evaluación final, lo que sugiere que mantener estos cambios durante dos años es posible en la vida real y no solo en el papel.

Hay que decirlo con claridad, porque en temas de salud las expectativas pesan: estos resultados no significan que una rutina saludable garantice evitar la demencia. El enfoque busca reducir riesgos y ganar tiempo de calidad, no prometer soluciones definitivas. Aun así, lo que dejó el estudio es una hoja de ruta concreta para que los sistemas de salud y las familias tengan algo tangible sobre lo cual apoyarse, en lugar de quedarse en la queja de que ya no se puede hacer nada.

Cuando le pregunté a Roberto qué pensaba hacer con todo esto, me miró como si recién se le cayera una ficha y contestó que va a empezar por lo más sencillo, que es pedir un turno para chequear la presión y el azúcar, dejar el ascensor para los días de lluvia y volver a juntarse los domingos con el grupo de amigos del barrio que hace años no ve. Lo que él espera, y creo que muchos como él, es que esos gestos pequeños sumen, que la memoria no se vaya antes de tiempo, y que cuando llegue el momento de atender a su madre tenga, al menos, la tranquilidad de haber hecho la parte que le correspondía.

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Marta MansillaSociedad y salud

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