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Martes, 13 de octubre de 2026
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Histamina: la molécula que conecta migrañas, panza inflamada y noches sin descanso

Una sustancia presente en el cuerpo y en muchos productos de la mesa puede acumularse hasta desbordar y disparar síntomas que suelen atenderse por separado. El genetista Jorge Dotto explica por qué aparecen en varias personas de una misma familia y qué papel cumplen las hormonas en las mujeres.

MM
Marta MansillaSociedad y salud · · 5 min de lectura
Histamina: la molécula que conecta migrañas, panza inflamada y noches sin descanso

En la sala de espera del consultorio de Jorge Dotto, un martes cualquiera, se cruzan las historias que él jura ver una y otra vez: la madre que llega por migrañas que no se le van con nada, la hija que se infla después de comer, el padre que ronca y duerme como si no hubiera pegado un ojo. Para el médico genetista, esos relatos que parecen desperdigados pueden tener un hilo común del que casi nadie se ocupa: la histamina, una sustancia que el propio cuerpo fabrica y que también se cuela con cada bocado, con cada copa de vino, con cada noche de estrés.

La histamina no es ni buena ni mala en sí misma: cumple funciones de las más variadas en el organismo. Participa en el estado de vigilia, en los mecanismos de apetito y saciedad, en la producción de ácido en el estómago, en la contracción del intestino, en la regulación del corazón y en procesos cognitivos como la atención y la memoria. Cuando el cuerpo la libera ante una amenaza real o supuesta, aparecen las reacciones alérgicas más conocidas: picazón, sarpullido, estornudos, lagrimeo. El problema empieza cuando se acumula más de lo que el organismo puede y empieza a estallar.

El vaso que se llena y se desborda

Dotto suele explicar lo que ve en el consultorio usando una imagen bien doméstica: un vaso en la pileta de la cocina. "Acumulo, acumulo, acumulo y exploto, porque no puedo sacar el tapón", resume. Lo que va llenando ese vaso es la histamina que llega con lo que se come, la que se libera con el cortisol del estrés, la que se dispara con un entrenamiento pesado o con los cambios hormonales del ciclo menstrual. Mientras el nivel no pasa el borde, no pasa nada. Cuando lo supera, aparecen los síntomas: dolor de cabeza, panza inflamada, mal dormir, picazón en la piel, sensación de ansiedad sin motivo claro.

  • Quesos curados y embutidos, por su proceso de fermentación y maduración.
  • Vino tinto y otras bebidas alcohólicas, especialmente las fermentadas.
  • Chocolate, por su contenido en aminas biógenas.
  • Tomate, palta y pescado, sobre todo cuando no son del todo frescos.
  • Comidas muy condimentadas o fermentadas, como chucrut, pickles y salsas listas.

Pero la lista, advierte Dotto, no alcanza: la dosis y la persona importan tanto como el alimento. Hay gente que come tomate cherry sin problemas y reacciona al tomate redondo común, o que tolera una copa de vino y se descompone con dos. "No todos reaccionamos de la misma manera a las mismas sustancias químicas", dice. Por eso las pruebas de intolerancia alimentaria suelen dar resultados distintos en personas que comen más o menos lo mismo.

Por qué se repite en una misma familia

En la consulta, cuando una mujer cuenta que su hermana tiene migrañas y su madre vive con la panza inflamada, Dotto ya sabe que la pregunta va a caer sola: ¿por qué en algunos clanes se acumulan tantos malestares que parecen no tener relación? Para el genetista, la respuesta está en el ADN. Cada persona hereda variantes en los genes que fabrican las enzimas encargadas de la histamina, sobre todo la DAO, para diaminoxidasa. Si esas variantes funcionan lento, la histamina se queda más tiempo dando vueltas en la sangre. Y como los genes se comparten, se entiende que las intolerancias aparezcan en varios miembros de una familia. "Que aparezcan intolerancias en una misma familia es lo esperable, no la excepción", repite en cada exposición.

Dotto lo grafica con el caso que más le gusta contar, el de dos hermanas gemelas que atendió hace años. Compartían casi todo el ADN y, sin embargo, una vivía con migrañas crónicas y la otra con problemas digestivos severos. La diferencia estaba en la alimentación, en el nivel de estrés y en las horas de sueño de cada una: mismos genes, distinto día a día, distinto vaso. "Eso muestra que la genética carga el arma, pero el estilo de vida aprieta el gatillo", sintetiza.

En las mujeres, además, hay una capa más: las hormonas. La relación entre estrógenos e histamina es de ida y vuelta. Cuando los estrógenos suben, como en la segunda fase del ciclo, el cuerpo tiende a liberar más histamina y, al mismo tiempo, a producir menos enzima DAO, la que se encarga de degradarla. El resultado es un vaso que se llena más rápido y se desborda con menos aviso. Muchas mujeres lo notan sin ponerle nombre: migrañas que aparecen unos días antes de la menstruación, panza que se infla como un globo en la misma ventana del mes, noches en las que el sueño se corta cada dos horas.

Qué hacer cuando el vaso se desborda

“Mientras la ciencia avanza en los marcadores genéticos y en tratamientos más finos, los especialistas coinciden en que el primer paso es mirar la mesa. Un diario de comidas y síntomas, llevar durante algunas semanas un registro de lo que se come y de cómo se siente el cuerpo después, suele ser la herramienta más útil para empezar a identificar el propio umbral.”Jorge Dotto, médico genetista

Después aparecen las decisiones de siempre, las de toda la vida: moderar los quesos muy curados, los embutidos, el vino tinto y el chocolate cuando los síntomas están a flor de piel; dormir bien, porque el sueño es una de las llaves para que el cuerpo degrade bien la histamina; y aprender a leer las señales que el cuerpo viene repitiendo hace tiempo. Como dice Dotto, la histamina no es un enemigo: es una señal. Aprendé a leerla y te va a contar lo que el cuerpo viene tratando de decirte hace años.

MM
Marta MansillaSociedad y salud

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