Viernes, 18 de septiembre de 2026
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Voces de Santa Cruz

La IA de Stanford que le metió el ojo a 112 millones de células y encontró algo inquietante en las esponjas

TranscriptFormer compara la actividad de los genes entre especies y ya puso en jaque una clasificación que parecía cerrada: unas células de esponja bautizadas como “neuroides” en realidad se parecen más a una glándula de rana.

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Ignacio VillarroelDeportes · 18 DE SEPT DE 2026 · 3 min de lectura

A veces la Ciencia pega un sacudón y te deja mirando el techo. Esta vez vino de Stanford: un equipo de la Facultad de Medicina armó una inteligencia artificial llamada TranscriptFormer, la entrenó con datos de 112 millones de células de 12 especies distintas y le pidió lo que cualquier curioso le pediría: que mire qué hace cada célula, qué genes enciende y con quién se lleva bien. La pibita, porque no hay forma de no tratarla con cariño, salió con respuestas.

Células sanas, enfermas y hasta de otro planeta

Lo que hace la herramienta es bien concreto: lee la actividad genética de cada célula y la ubica en un mapa matemático común. Así puede medir cuánto se parecen dos células, aunque pertenezcan a organismos distintos. Eso ya sería un golazo, pero TranscriptFormer fue por más: distinguió células sanas de enfermas y se animó a clasificar tipos celulares en especies que nunca vio durante el entrenamiento. El árbitro acá es el ADN, y esta IA no le cobra penales a nadie.

  • Reunió información de 112 millones de células de 12 especies distintas, organizadas en atlas celulares.
  • Entrenó prediciendo valores de expresión génica faltantes, igual que los modelos de lenguaje completan palabras.
  • Ubicó a las células en un espacio matemático compartido para medir parecidos entre organismos diferentes.
  • Detectó similitudes entre los coanocitos de las esponjas y neuronas del gusano microscópico C. elegans y de una rana.
  • Cuestionó la identidad de las llamadas células neuroides de las esponjas, cuyo perfil genético se asemeja al de una glándula de rana, sugiriendo un rol digestivo.

La evidencia de que los nombres a veces engañan

Acá aparece lo jugoso, lo que a mí, como lector curioso, me hizo cerrar los ojos un segundo y volver a abrir. Durante años, ciertas células de las esponjas fueron bautizadas como neuroides por varios de sus rasgos. Suena lógico: esponja es uno de los animales más simples que existen y uno sospecha que algo parecido a una neurona debe andar por ahí. Pero TranscriptFormer miró los genes que esas células activan y dijo otra cosa: su firma genética se parece más a la de una glándula de rana. O sea, muchachos, el nido estaba equivocado. Lo que parecían neuronas en realidad podría estar trabajando en la digestión. La ironía de la vida: a veces el que parece inteligente termina siendo el estómago del grupo.

La moraleja, si me banco dar una, es simple: compartir genes no significa compartir función. Una célula beta del páncreas y un linfocito B pueden tener instrucciones parecidas en el cajón, pero la primera fabrica insulina y el segundo produce anticuerpos. Por eso mirar qué genes están encendidos, y no solo cuáles están presentes, es la clave para entender qué hace cada célula en el cuerpo.

Lo que viene, según cuentan los propios investigadores, es todavía más tentador: la posibilidad de proyectar características de células funcionales que todavía no existen, un paso enorme si algún día se piensa en diseñar células a medida para terapias. Hoy eso suena a ciencia ficción, pero también sonaba a ficción que una IA aprendiera a leer la vida comparando 112 millones de historias distintas. La cancha, para variar, se agrandó.

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Ignacio VillarroelDeportes

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