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Martes, 20 de octubre de 2026
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La misma casa, infancias distintas: por qué dos hermanos guardan memorias tan diferentes

Crecer bajo el mismo techo no alcanza para compartir una infancia. La edad de los padres, su salud, su economía y el lugar que cada hijo ocupa en la familia moldean experiencias opuestas, y entenderlo puede aliviar peleas que aparecen de grandes.

MM
Marta MansillaSociedad y salud · · 6 min de lectura
La misma casa, infancias distintas: por qué dos hermanos guardan memorias tan diferentes

Imaginate una mesa larga, en una cocina cualquiera de un barrio cualquiera de la Argentina, con dos hermanos ya grandes sentados uno frente al otro. Hablan de la vieja, del viejo, de los cumpleaños en familia, de aquella Navidad en que se cortó la luz. Se escuchan. Y, sin embargo, parece que están describiendo casas distintas, padres distintos, criaturas distintas. No se trata de que uno mienta ni de que el otro haya perdido memoria: pasaron cosas concretas que explican por qué esos recuerdos no se parecen en nada, y yo te las quiero contar como si estuviéramos charlando en esa misma cocina, con una taza de té de por medio, porque lo que está en juego, además de la Historia familiar, es la manera en que estas diferencias nos siguen marcando de grandes y, sobre todo, la posibilidad de dejar de pelearnos por ello.

Los padres no son la misma persona con cada hijo

Hay una idea instalada, sobre todo entre quienes ya pasamos los cuarenta o rumbeamos los sesenta, según la cual criar es algo bastante parecido para todos los hijos de una pareja. No lo es. Cuando llega el primer bebé, los padres suelen ser más jóvenes, con más energía y, muchas veces, con una economía más endeble. Cuando llega el tercero o el cuarto, ya pasaron duelos, crisis, separaciones, cambios de trabajo, mudanzas, diferencias de pareja y hasta problemas de salud que los fueron transformando. Cada hijo, entonces, conoce una versión distinta de su madre y de su padre: la que estaba empezando a armar su vida, la que ya había pasado por un pozo económico o la que, después de una separación, tuvo que reinventarse.

“Los padres no son exactamente los mismos con cada hijo. Ellos también cambian, atraviesan duelos, crisis, separaciones, dificultades económicas, cambios laborales y transformaciones en la pareja.”Ana Paula Rivadero, psicóloga

Pongamos un caso bien criollo, de los que se escuchan en cualquier sala de espera de un consultorio de Almagro o de San Telmo. Jorge tiene 52 años y es el mayor de cuatro hermanos. Cuando él nació, su padre tenía 25 y recién se estaba acomodando en un taller mecánico del barrio; la madre, en cambio, venía de una familia acomodada y se había tenido que adaptar a las penurias del primer sueldo de su marido. Sofia, la menor, llegó cuando el padre ya tenía 42, el taller funcionaba a pleno y la madre, después de tres crianzas duras, había vuelto a trabajar como contable. Jorge recuerda una infancia austera, con un padre cansado y algo distante, y una madre siempre en tensión. Sofia, en cambio, guarda en la memoria cumpleaños con tortas ricas, un padre más presente y una madre más relajada. Las dos memorias son ciertas: cada uno conoció a padres distintos, aunque fueran los mismos nombres en una misma casa.

El lugar que cada uno ocupa en la familia

  • El responsable: el que desde chico asume tareas de cuidado de los hermanos menores y suele sentirse exigido, aunque por fuera parezca el más fuerte de la familia.
  • El sensible: el que llora, el que se enferma, el que más demanda atención y termina construyendo buena parte de su identidad alrededor de lo emocional.
  • El exitoso: el que porta el orgullo familiar y muchas veces carga con una presión que los demás no siempre ven.
  • El rebelde: el que cuestiona y empuja límites, casi siempre porque encontró en ese lugar una manera de ser visible dentro de un hogar que no terminaba de mirarlo.
  • El que necesita ayuda: el que monopoliza los recursos de la familia, lo que genera en los demás la sensación, muchas veces genuina, de haber sido dejados de lado.

Un estudio publicado en la revista The Journals of Gerontology, que entrevistó a 1.369 adultos de 498 familias, llegó a una conclusión bastante reveladora para quienes insisten en que la infancia fue una sola para todos: la mayoría de los hermanos criados bajo el mismo techo recuerda de manera diferente el vínculo con sus padres durante la crianza, en especial cuando se les pregunta por el afecto recibido, por la disciplina y por los conflictos. Es decir: las memorias no se parecen, y esto no es capricho ni mala leche, sino un patrón que se repite en muchísimas familias.

Ahora bien, qué pasa cuando esas diferencias, que durante décadas convivieron en silencio, un día explotan. Las disputas más comunes entre hermanos grandes suelen aparecer alrededor de una herencia, de un padre que ya no está, o del cuidado de una madre que se hace grande. Ahí aparecen frases del estilo de 'vos siempre fuiste el preferido', 'a mí me tocaba hacer todo', 'papá nunca me tuvo paciencia', 'mamá te defendía siempre'. Lo que está debajo de esas frases no es una pelea por tener razón, sino el intento de cada uno de que se reconozca algo que vivió y que, mientras no se lo mira, sigue doliendo.

Soltar la pregunta por quién tiene razón

“Sería productivo abandonar la pregunta de cuál de los dos recuerda correctamente y preguntar qué significa para cada uno aquello que recuerda.”Ana Paula Rivadero, psicóloga

La propuesta de Rivadero me parece una de las claves más valiosas para entender por qué esto importa, y te la quiero compartir tal como me llegó. Dejar de preguntarnos quién tiene razón no significa tapar el conflicto ni hacer como si nada hubiera pasado. Significa corrernos de la pelea por los hechos para preguntarnos qué significa para cada uno eso que recuerda, qué necesidad está intentando cubrir esa memoria, qué herida quedó abierta y, sobre todo, qué le faltó a cada uno en aquella casa común que hoy sigue doliendo.

Volvamos a Jorge, que es un nombre ficticio pero representa a muchos Jorges que yo conozco. Después de años de pelearse con su hermana por la memoria de los padres, los dos terminaron haciendo una terapia por separado y, después, algunas conversaciones en familia. Hoy Jorge me cuenta, cuando lo cruzo en el café, que entendió que su padre de los primeros años, el que a él le tocó, no era un padre distante por naturaleza, sino un hombre que no daba abasto con un taller que recién arrancaba. Y Sofía entendió que la madre más relajada de su infancia seguía siendo la misma mujer que había criado a tres chicos sola cuando Jorge ya trabajaba. Los dos aprendieron, dice, a mirar la casa entera en lugar de defender su propia ventanita. Y eso, mientras me acomoda la lapicera en el bolsillo antes de irse, es lo que él espera poder llevar al próximo asado familiar: no la razón, sino un poco de calma que les falta desde chicos.

MM
Marta MansillaSociedad y salud

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