La sabana, los masái y la casa de Blixen: el viaje africano de Anamá Ferreira, contado paso a paso
La modelo y conductora completó un recorrido por Kenia y Tanzania que incluyó safaris por el Serengueti y el Ngorongoro, un centro de rescate de jirafas en Nairobi y un encuentro con los guerreros saltarines del Masái Mara.

En 2024, mientras el calendario seguía su curso y las redes se llenaban de selfies cotidianas, la modelo y conductora Anamá Ferreira se subió a un avión con un destino poco habitual para una celebridad latinoamericana: Nairobi, la capital de Kenia, desde donde arrancó una travesía que la terminaría llevando hasta el corazón de Tanzania. Lo que empezó como un viaje personal terminó convertido en un mosaico de imágenes y relatos que ella misma fue compartiendo desde su perfil, con una mezcla de asombro, humor y esa cercanía que la caracteriza cada vez que se pone frente a una cámara o, en este caso, frente a una jirafa.
Una jirafa, una casa con historia y una escritora danesa
La primera escala fue el Giraffe Centre, un centro de conservación dedicado a proteger a la jirafa de Rothschild, una subespecie que en distintos momentos estuvo en peligro de extinción y que hoy se recupera de a poco gracias a estos programas. Ahí, Ferreira vivió uno de esos momentos que ella misma definió como para siempre: pudo alimentar a los animales con sus propias manos, acariciarles el cuello y hasta sacarse una foto a centímetros de una lengua oscura y gigante. "Hoy viví uno de esos momentos que quedan para siempre en el corazón. Estar tan cerca de ellos, darles de comer y hasta poder sacarme una selfie fue simplemente inolvidable", escribió al compartir las imágenes.
A pocas horas de Nairobi, la ruta la llevó hasta el Museo Karen Blixen, la antigua residencia de la escritora danesa Karen Blixen, que vivió en Kenia durante años y que en 1937 firmó con el seudónimo Isak Dinesen la novela "Memorias de África", después convertida en película. "Caminar por su casa y pensar que acá transcurrió parte de esa historia es bastante mágico", contó Ferreira al recorrer los mismos pasillos por los que, según el relato que ella misma reconstruyó mientras caminaba, alguna vez pasó la autora europea.
El Masái Mara, los shukas rojos y la danza del salto
El tramo más esperado del recorrido fue, sin dudas, el encuentro con la comunidad masái en el Masái Mara, la reserva keniana que limita con la llanura tanzana del Serengueti y que funciona como una continuación natural de ese ecosistema. Ahí, Ferreira se calzó la vestimenta tradicional conocida como shuka, una tela de colores intensos —sobre todo el rojo— que los masái envuelven alrededor del cuerpo y que, según le explicaron los guías locales, funciona como símbolo de identidad y de protección frente al clima y a los animales de la sabana.
También observó de cerca los adornos de cuentas que los integrantes del pueblo usan en el cuello, las orejas y los tobillos, y que marcan, según le comentaron, el estatus social y las distintas etapas de la vida. La jornada terminó con la danza adumu, el baile ceremonial en el que los jóvenes guerreros masái compiten por quién salta más alto en línea vertical, una práctica que Ferreira describió como hipnótica y agotadora de una sola sentada.
El Serengueti, el cráter del Ngorongoro y los Cinco Grandes
Con la frontera ya cruzada hacia Tanzania, la conductora se embarcó en las expediciones de safari que durante décadas atrajeron a exploradores, naturalistas y, más recientemente, a turistas de todo el país y del exterior. El recorrido incluyó paradas en el Serengueti, la enorme planicie que cada año es escenario de la gran migración de ñus y cebras, y en el cráter del Ngorongoro, una caldera volcánica de unos veinte kilómetros de diámetro donde conviven, según le contaron los guías, alrededor de veinticinco mil animales grandes.
En esa zona, Ferreira cumplió uno de los objetivos que se había planteado al armar la agenda: observar en libertad a los llamados Cinco Grandes de la sabana africana, una categoría que los guías de safari repiten como una especie de mantra y que reúne al león, al leopardo, al elefante, al rinoceronte y al búfalo cafre. Avistó a los cinco, según contó, y a cada uno le dedicó un rato largo de binoculares, fotos y silencio.
Atardeceres, familias y la pregunta que queda flotando
Entre safari y safari, Ferreira compartió también imágenes de los atardeceres sobre los lagos de la región, con esas luces que el escritor polaco Ryszard Kapuscinski describió alguna vez como una de las cosas más difíciles de explicar con palabras, y registró momentos de intercambio con familias y niños de comunidades locales, a los que describió como una experiencia profundamente enriquecedora y muy distinta a lo que se ve en una pantalla.
A mí, que sigo estos recorridos de cerca y que cada tanto me imagino cómo sería armar la valija para una aventura así, lo que más me moviliza de este viaje no son las fotos con los leones ni el café de la mañana mirando el Serengueti, sino esa combinación de fauna, historia y comunidad que Ferreira logró poner en primer plano. Si pudiera elegir un destino de África para un viaje así, confieso que me quedo con este mismo: Nairobi para arrancar con el corazón a mil, el Mara para entender otra forma de habitar el mundo y el Ngorongoro para recordar, de una vez por todas, lo enorme que todavía es el planeta.
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