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La salud mental de la infancia que se desborda: lo que las aulas, los consultorios y las guardias ya no pueden absorber solas

Chicos y chicas que no duermen, no comen o se lastiman llegan a profesionales y escuelas sin red suficiente; un sistema fragmentado entre salud, educación y justicia deja a muchos sin acompañamiento cuando más lo necesitan.

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Marta MansillaSociedad y salud · 10 DE SEPT DE 2026 · 6 min de lectura

Empiezo la nota en una sala de espera angosta, con las paredes descascaradas y un ventilador que apenas mueve el aire de un hospital público del conurbano bonaerense. Son las diez de la mañana y ya hay madres con los chicos en brazos que llegaron a las siete para conseguir un turno. Algunos chicos se hamacan en la silla, otros miran fijo el piso; un par de ellos se muerden los labios hasta hacerse una lastimadura. Yo observo, anoto, y pienso que detrás de cada uno de esos cuerpos inquietos hay un padecimiento que suele empezar mucho antes de llegar al hospital.

Lo que pasa en esa sala de espera se repite, con variantes, en aulas, consultorios y guardias de todo el país. Cada vez más chicas, chicos y adolescentes llegan con dificultades para dormir, para aprender y hasta para alimentarse; muchos cargan marcas de autolesiones en los brazos o en los muslos, o historias de violencia que llevan años sin que nadie les preguntara qué les pasaba. Lo dicen con claridad los equipos especializados que los atienden: los síntomas se multiplican y la red de respuestas, en cambio, no crece al mismo ritmo, o directamente queda desbordada.

Un cuadro que empieza mucho antes del consultorio

En los consultorios y las guardias se ve un patrón que se repite con insistencia. Hay chicos que dejaron de comer o que comen de manera compulsiva; chicos que se aíslan durante días enteros en su cuarto; chicos que se lastiman con objetos punzantes; chicos que, con una crudeza que desarma a los profesionales, dicen que no quieren seguir viviendo. Detrás de cada uno de esos síntomas hay una historia particular que, en muchísimos casos, tardó años en encontrar a alguien dispuesto a escucharla de verdad, sin apuro, sin derivarla a otro lado.

“Cuando una familia finalmente advierte que algo está mal y pide ayuda, muchas veces se topa con servicios saturados, con falta de profesionales especializados y con tiempos de espera que convierten una señal temprana en una urgencia que ya no se puede postergar.”fuentes del sistema de salud consultados para esta nota

Violencia y pantallas, dos claves del mapa

La violencia aparece como uno de los puntos centrales del cuadro. Las estimaciones que maneja UNICEF son elocuentes: una de cada ocho niñas y mujeres sufrió una violación o una agresión sexual antes de los dieciocho años, y entre los varones la proporción es de uno de cada once. Buena parte de esas experiencias permanecen silenciadas porque nunca apareció un interlocutor capaz de preguntar, y los efectos sobre la salud mental pueden extenderse durante décadas. A esa violencia más extrema se suman maltratos cotidianos, negligencia, humillaciones, que casi nunca quedan registrados en ningún expediente pero pesan en el cuerpo y en la cabeza de los chicos.

Las plataformas digitales sumaron una capa nueva. Cada vez más chicos quedan expuestos a contenidos sexuales no deseados, a publicidades de apuestas y a materiales que empujan a conductas de riesgo. Según los mismos datos de UNICEF, uno de cada cuatro adolescentes argentinos apostó dinero al menos una vez. El uso intensivo de pantallas, en muchos casos, deja de ser un hábito de la edad para funcionar como refugio de soledades que no tienen otro lugar adonde ir, y eso tiene consecuencias concretas en la atención, en el sueño y en la forma en que se vinculan con los demás.

Aprender cuesta cuando la energía se gasta en sobrevivir

Hay un dato que suele pasar desapercibido cuando se discute la crisis educativa, pero que los equipos de salud mental miran de cerca: los resultados de las pruebas PISA 2025 muestran que casi ocho de cada diez estudiantes argentinos de quince años no alcanzan el nivel básico en Matemática, y alrededor de seis de cada diez tampoco lo hacen en Lectura ni en Ciencias. Aprender no es solo una cuestión de contenidos: exige atención sostenida, confianza en uno mismo y tolerancia a la frustración, tres recursos que se agotan rápido cuando la energía psíquica está puesta en sobrevivir al hambre, a la violencia dentro de la casa o al abandono.

Una atención fragmentada que se pierde al chico por el medio

Cuando finalmente se pide ayuda, lo habitual es encontrarse con una atención que llega partida en pedazos. La escuela recibe un problema de conducta y lo registra en un legajo; el hospital recibe el síntoma físico o la crisis aguda; la justicia recibe la infracción o la denuncia; y el chico, en el medio de ese circuito, puede terminar perdiéndose como persona entre informes, planillas e intervenciones que no siempre se hablan entre sí. Esa fragmentación no es un defecto menor del sistema: es parte del problema, porque en los momentos críticos lo que hace falta es un acompañamiento sostenido, no una serie de ventanillas que se van turnando para atender de a ratos.

La voz de una vecina que conoce el tema de cerca

En el barrio me lo cuenta Norma, auxiliar en una escuela primaria de Lanús, de 52 años, mientras acomoda a los chicos que salen del turno tarde. “Acá vemos cosas que antes no veíamos: nenes que no quieren sacarse la remera porque tienen marcas, nenas que se quedan dormidas en clase porque en la casa no duermen, chicos que se pelean por nada y después se quedan llorando en un rincón. La mayoría de las veces uno detecta, llama a la familia, habla con la dirección, y la respuesta tarda semanas o directamente no llega. Mientras tanto, el chico sigue acá, sentando bancos, esperando.” Norma me mira, baja un poco la voz y agrega, con la crudeza de quien lo vive todos los días: “Lo que yo espero es que cuando un chico levante la mano y diga que algo le pasa, haya alguien del otro lado que lo escuche de verdad y no que tenga que esperar seis meses un turno para recién empezar.”

Lo que se viene

Especialistas consultados para esta nota coinciden en que no se trata solo de sumar más profesionales ni de abrir más consultorios, aunque eso sea necesario y urgente. Hace falta, dicen, articular de verdad los tres sistemas que tocan la vida de un chico: salud, educación y justicia, con protocolos comunes, con rutas de derivación que funcionen y con un acompañamiento que no se corte cada vez que cambia el efector. También coinciden en algo que se escucha en cada reunión y que a mí me resuena como lo más importante: si los síntomas que se multiplican sirven para algo, es para dejar de mirar para otro lado. La salud mental de la infancia y la adolescencia dejó de ser un tema de especialistas para convertirse en un problema que nos atraviesa como sociedad, y la forma en que lo enfrentemos ahora va a marcar las próximas décadas.

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Marta MansillaSociedad y salud

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