La trampa de los créditos exprés: cuando pagar la luz con el celular termina costando el doble

La escena se repite en cualquier cocina argentina a eso de las seis de la tarde, cuando todavía hay luz natural y los chicos empiezan a pedir comida. El teléfono vibra sobre la mesa y la pantalla muestra un mensaje del banco o de la billetera virtual: hay un crédito preaprobado, con respuesta en dos minutos y plata disponible en la cuenta. La tentación es concreta, casi hogareña, porque afuera la inflación ya se comió el sueldo y la jubilación. Adentro, la decisión parece simple: cargar la SUBE, pagar el alquiler, comprar lo que falta para la cena. Después se firma con un clic y, según cuentan los organismos de defensa del consumidor, empieza un problema que muchos usuarios recién descubren cuando ya es tarde.
Para encontrar el mapa de ese problema hay que cruzar la calle y entrar en una oficina pública donde atienden a gente que llegó con la moral por el piso. Ahí conversé con Pablo Tomasini, titular de la Dirección de Protección al Consumidor, que escuchó tantas veces la misma historia que ya la puede reconstruir de memoria. Lo que ve es una persona que tomó un crédito chico para destrabar el mes y terminó atrapada en una espiral que crece sola.
“Las tasas que cobran las plataformas digitales son casi usureras para los ciudadanos.”Pablo Tomasini, titular de la Dirección de Protección al Consumidor
El mecanismo, me lo describió sin necesidad de que yo le preguntara demasiado: la plataforma ofrece en pantalla una tasa razonable, pero la letra chica agrega cargos, comisiones y condiciones que el usuario no siempre lee con detenimiento, porque en general está apurado y necesita el dinero ya. Cuando por fin se decide a regularizar lo que debe, la deuda original ya se transformó en otra. La plata que entró como un préstamo modesto salió convertida en una bola de nieve que no para de rodar cuesta abajo.
Por qué se llega a esa situación
El trasfondo estructural lo puso en palabras Fernando Schpoliansky, secretario de Finanzas de la Municipalidad de Neuquén, con quien pude hablar esta semana. Me explicó, con un tono que sonaba a diagnóstico médico, que en los últimos años los salarios, las jubilaciones y los ingresos de los trabajadores independientes y de los pequeños comerciantes perdieron la carrera contra la inflación. Ante la imposibilidad real de llegar a fin de mes, las familias empezaron a usar el crédito digital no para un capricho ni para un gusto, sino para gastos básicos como el alquiler, la luz y la comida.
“Esa deuda que era pequeñita se te va haciendo cada vez más grande producto de los intereses. Cuando te querés acordar, tenés un lío bárbaro.”Fernando Schpoliansky, secretario de Finanzas de la Municipalidad de Neuquén
Los números, mientras tanto, confirman lo que ambos funcionarios describen: el índice de morosidad en Argentina ronda el 20%, casi cinco veces más que el promedio de los países vecinos de la región, que se ubica entre el 4% y el 5%. Para dimensionarlo hay que pensar que no se está hablando de una diferencia menor, sino de un agujero cuatro o cinco veces más grande que el de los países con los que se suele comparar la economía local.
Qué se puede hacer cuando la deuda ya creció
Para quienes ya están atrapados en esa espiral existe una herramienta concreta que Tomasini me describió con cierto alivio, como quien conoce la puerta de salida después de tanto pasillo. Se trata del Régimen Especial de Refinanciación de Deuda, que ofrece préstamos de hasta 50 millones de pesos con una tasa fija anual del 35%, muy por debajo de lo que cobran las plataformas digitales.
“Es una tasa muy accesible, diría blandísima. Está pensada para que las familias puedan salir del ciclo de deuda a costo financiero sin que los intereses sigan acumulándose.”Pablo Tomasini, titular de la Dirección de Protección al Consumidor
- Revisar con lupa la letra chica antes de aceptar cualquier crédito desde una billetera virtual o app del banco.
- Conservar capturas de pantalla del ofrecimiento original, porque suelen ser la prueba clave ante un reclamo.
- Si la deuda ya escaló, evaluar el Régimen Especial de Refinanciación de Deuda, con préstamos de hasta 50 millones de pesos a una tasa fija anual del 35%.
- Denunciar ante la Dirección de Protección al Consumidor cualquier conducta de cobranza que se sienta como hostigamiento: llamadas reiteradas, amenazas o propuestas abusivas.
- No normalizar el crédito digital como forma habitual de pago de gastos básicos, porque su costo real suele aparecer recién en el extracto.
Desde la Dirección de Protección al Consumidor también me describieron otra cara del problema, que es la del hostigamiento. Cuando una empresa de cobranza llama de forma repetida, amenaza o propone condiciones que el deudor considera abusivas, esa conducta no está permitida y se puede denunciar. Las pruebas, en este caso, suelen ser las mismas que las de la letra chica: capturas de pantalla, registros de llamados y mensajes guardados, que sirven como evidencia para iniciar un reclamo formal.
Antes de irme de la oficina me crucé con Irma, de 52 años, que esperaba su turno para hacer una consulta por una deuda que arrancó en 180 mil pesos y ya pasó el millón. Me dijo, con una mezcla de bronca y resignación, que tomó el crédito para pagar la factura de luz de su madre y que jamás imaginó que dos años después seguiría pagando intereses. Lo que ella espera, me dijo mientras miraba el número que la iba a atender, es poder empezar de nuevo sin que el teléfono vuelva a sonar con un tono amenazante.
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