La velocidad sale del circuito y se instala en cuatro islas
El nuevo juego de Milestone convierte los autos de Hot Wheels en vehículos de exploración en un mundo abierto, destructible y pensado para coleccionistas, derrapes y competencias informales.

Desde 1968, los autos de Hot Wheels pasan por las manos de generaciones de chicos y coleccionistas, y el nuevo Infinite Rush conserva esa fascinación en una escala digital: los vehículos dejan de circular solamente por pistas cerradas para internarse en cuatro islas de mundo abierto, donde el tránsito, los edificios, el desierto, la costa y la montaña forman parte del recorrido.
La propuesta de Milestone abandona la campaña argumental y privilegia una experiencia directa, basada en acelerar, explorar y completar eventos. Las primeras horas invitan a recorrer Wheelswood, una ciudad de rascacielos y calles transitadas; Tentacle Bay, una zona costera de ecosistemas variados; Gearville, un sector industrial cercano a dunas desérticas; y Drifty Temples, una región de pasos de montaña donde el derrape se vuelve una de las principales formas de avanzar.
Una maqueta para romper a toda velocidad
El mapa funciona casi como una gran maqueta interactiva.árboles, luminarias y vehículos civiles reaccionan a los impactos, y buena parte del entorno puede destruirse. Esa respuesta física refuerza la sensación de que los autos están recorriendo un juguete gigante, aunque también puede tornar algo repetitiva la exploración cuando la ausencia de una historia comienza a sentirse.
- Los bólidos priorizan la velocidad máxima y recargan el turbo durante la aceleración sostenida.
- Los derrapadores acumulan nitro al tomar curvas cerradas.
- Los vehículos equilibrados generan energía mediante distintas maniobras.
- Los Titanes, pensados para terrenos irregulares, recargan el turbo de manera automática.
El cambio de categoría es inmediato y permite adaptar el vehículo sin detener la marcha. Para los coleccionistas, el título ofrece más de 150 autos, prototipos de la marca y vehículos de fabricantes reales, además de fichas históricas, un editor de pintura, rines e interiores, modos multijugador competitivos, cooperativos y casuales, y un editor de pistas personalizadas.
En lo técnico, el juego mantiene 60 fotogramas por segundo de manera estable, un dato especialmente importante para un arcade de velocidad. También quedan algunas asperezas: algunas texturas aparecen con retraso y reaparecer en la isla después de un evento puede demandar cerca de un minuto. El sonido, en cambio, sobresale por el impacto metálico y placentero de cada colisión.
Infinite Rush encuentra su mayor atractivo en la libertad de circular sin un recorrido obligatorio y en la posibilidad de convertir cualquier calle, playa, duna o montaña en una pista improvisada. No busca contar una historia ni exigir una conducción realista, sino devolver la sensación infantil de tomar un autito, hacerlo y atravesar un mundo que parece construido para ser desarmado. Después de recorrer sus islas, me quedó la emoción de haber piloteado una colección más que un juego: una caja llena de aventuras veloces, dispuestas a ser revisitadas una y otra vez.
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