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La "VTV del amor" según Rolón: por qué la costumbre y el miedo a estar solo pueden sostener un vínculo que duele

El psicoanalista y escritor propuso revisar las relaciones de pareja como se revisa un auto y advirtió que el deseo cumplido nunca borra del todo la sensación de que falta algo.

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Marta MansillaSociedad y salud · 17 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

Me lo imagino a Rolón sentado en un living cualquiera de Buenos Aires, con la luz de la tarde entrando por la ventana, y a un oyente cualquiera asintinado con la cabeza mientras él compara el amor con la Verificación Técnica Vehicular. La escena no es casual: es la misma que propone el psicoanalista y escritor cada vez que pone sobre la mesa uno de los temas que más incomodan, el de las parejas que se sostienen en el tiempo no por deseo sino por costumbre, por resignación o directamente por el miedo a quedarse solo. Y la escena aparece porque hay una pregunta que sobrevuela todo su planteo y que, tarde o temprano, cualquier pareja termina haciéndose: ¿esto que tengo es lo que quiero o es lo que me tocó?

Una revisión periódica para no terminar varados

La idea de la VTV del amor no es nueva del todo, pero Rolón la retomó con fuerza en una conversación con Luis Novaresio y la volvió a instalar en el centro de la escena. La comparación sirve justamente para pensar algo que en la vida cotidiana suele quedar tapado por la rutina: así como un auto necesita controles periódicos para no quedar varado en cualquier esquina, una pareja también necesita a observar cómo está funcionando, qué piezas están gastadas y qué ruidos hace cada tanto. La costumbre, dice Rolón, tiene esa trampa: permite seguir adelante aunque haya dificultades pendientes, aunque haya cosas que molestan y que, sin embargo, una y otra vez se eligen no mirar.

Desde su perspectiva, hay dos perfiles bien claros de parejas que sufren y, sin embargo, siguen. Está el que sufre porque directamente no logra aceptar ciertos aspectos de la otra persona que le desagradan, y está el que sufre porque ya se resignó, porque hace tiempo dejó de pelear por lo que le incomoda y sigue como puede. Lo que sostuvo Rolón en la entrevista es que esas dos situaciones se parecen más de lo que parece y que en los dos casos la pregunta de fondo es la misma: qué es lo que realmente está sosteniendo la continuidad del vínculo.

Ahí es donde aparece el otro gran motor que, según Rolón, muchas veces sostiene relaciones dañinas: el temor a la soledad. No es un planteo menor. Para el psicoanalista, la compañía de alguien querido ofrece calma, es un alivio concreto, pero eso no significa que alcance para borrar toda la experiencia de soledad que una persona puede estar cargando. Incluso algo tan sencillo como un abrazo puede mitigar lo que alguien siente, pero no necesariamente lo resuelve del todo. La idea es que compañía y soledad no son opuestas exactas: se puede estar acompañado y, al mismo tiempo, sentirse profundamente solo dentro de una pareja.

El deseo cumplido nunca termina de cerrar

Rolón conectó esa mirada sobre los vínculos con otra idea que me parece clave y que desarrolló bastante en el reportaje: la distancia que siempre existe entre alcanzar algo que uno desea y dejar de sentir que algo falta. Lo dijo con una frase que él mismo repitió y que va a quedar dando vueltas en la cabeza de más de uno: "El deseo te incomoda porque te señala la falta. Se desea lo que no se tiene".

Para que se entienda mejor, el escritor tiró sobre la mesa ejemplos muy distintos entre sí, desde búsquedas bien cotidianas hasta proyectos mucho más grandes. Mencionó conseguir un trabajo, alcanzar un éxito, leer un libro, tener un hijo, encontrar una pareja. La lista es larga y deliberadamente heterogénea porque el punto es el mismo: según su lectura, ninguna de esas búsquedas consigue eliminar de manera definitiva esa sensación de vacío. Algo siempre queda faltando.

El escritor vinculó esa persistencia de la falta con algo que es bastante difícil de discutir: la conciencia de que la vida y los afectos no son permanentes. La convivencia con esos límites, planteó, es parte de lo que nos toca como experiencia humana. No es un consuelo barato ni un derrotismo: es más bien una invitación a dejar de pelearse con esa sensación y a empezar a hacerse cargo de ella con un poco más de adultez.

Lo que cada uno está dispuesto a revisar

Llevado al terreno concreto de la pareja, el planteo de Rolón deja una pregunta incómoda para llevarse a casa: cuánto de lo que pasa en una relación responde a lo que sus integrantes realmente quieren y cuánto a la costumbre, al cansancio o al simple miedo a estar solo. No es una pregunta teórica ni para responder en abstracto: es una pregunta para hacérsela un sábado a la noche, mirando al otro de costado mientras cena, o un domingo a la tarde, cuando ya nadie tiene ganas de pelear por nada y todo parece estar bien por pura inercia.

Me imagino la escena inversa a la del principio: ahora es un vecino, digamos Jorge, de 54 años, sentado en la sala de espera de un taller mecánico mientras le hacen la VTV al auto, hojeando el celular y pensando si no habría que hacerle la VTV también a la pareja. Jorge, como tantos, espera que la próxima vez que abra la puerta de su casa le toque un vínculo un poco más a la altura de lo que realmente quiere. Y sospecha que no es el único.

MM
Marta MansillaSociedad y salud

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