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Maternidad compartida: cómo es el método ROPA, la técnica que une a dos mujeres en la búsqueda de un hijo

Una pareja de mujeres puede repartir el proceso reproductivo: una aporta los óvulos y la otra lleva adelante el embarazo. La elección de cada rol depende tanto del deseo de ambas como de la evaluación médica. Un especialista y la experiencia de Pamela y Mariana, que formaron una familia con Juana y Eva.

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Marta MansillaSociedad y salud · 17 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

La sala de espera del consultorio de medicina reproductiva suele parecerse a cualquier otra: sillas de colores neutros, revistas atrasadas, una encendida que nadie mira y el rumor bajito de una conversación que se repite en distintos tonos. Pero hay una pregunta que llega puntual a cada nueva consulta de una pareja de mujeres y que cambia el aire de la sala: quién va a poner el cuerpo de un modo y quién va a ponerlo de otro. Esa decisión, que parece íntima y casi doméstica, es en realidad la primera decisión médica de un tratamiento de fertilidad. En los últimos años, el método conocido como ROPA se convirtió en una de las respuestas más concretas para parejas de mujeres que quieren compartir el proceso reproductivo de manera activa y decidida, y no quedar afuera de ninguno de los dos grandes momentos que tiene la búsqueda de un hijo.

ROPA son las siglas de Recepción de Ovocitos de la Pareja, un procedimiento que se realiza mediante fecundación in vitro y que permite que las dos integrantes de la pareja participen de manera directa: una aporta los óvulos y la otra lleva adelante la gestación. La elección de cada rol, como señaló el especialista en medicina reproductiva Agustín Pasqualini, no tiene una distribución automática ni una regla fija, sino que se construye a partir de los deseos de las dos mujeres y de la evaluación médica individual de cada una.

Cómo se decide quién aporta y quién gesta

Para la mujer que aportará los óvulos, los ejes de la evaluación son la edad y la reserva ovárica, porque de esos dos factores depende en buena medida la cantidad y la calidad de los óvulos que se podrán obtener. Para la mujer que recibirá el embrión y llevará adelante el embarazo, se revisan el estado de salud general, la historia ginecológica y obstétrica y las condiciones del útero, que debe estar preparado para recibir la implantación. Si las dos están en condiciones de asumir cualquiera de los dos roles, el peso lo termina poniendo la decisión personal, porque cada una imagina de manera distinta cómo quiere vivir la maternidad, y esa idea también es parte del tratamiento.

  • Edad y reserva ovárica para la mujer que aporta los óvulos.
  • Salud general, historia ginecológica y obstétrica y condiciones del útero para la mujer que gesta.
  • Deseos y forma de vivir la maternidad de cada integrante de la pareja.
  • Motivos médicos que pueden inclinar la elección en uno u otro sentido.

El paso a paso del tratamiento es, en su lógica, comparable al de una fecundación in vitro convencional, pero con un dato que lo vuelve singular: los gametos y la gestación están repartidos entre dos personas que son familia. En términos concretos, se estimula hormonalmente el ovario de una de las mujeres para obtener varios óvulos maduros, se los fecunda en el laboratorio con semen de un donante anónimo y el embrión resultante se transfiere al útero de la pareja, que previamente atraviesa una preparación endometrial para favorecer la implantación. Pasqualini explicó que, en algunos casos, las parejas eligen esta alternativa para que las dos participen de manera corporal del proceso reproductivo, y que en otros la distribución de roles responde, además, a razones médicas que recomiendan uno u otro esquema.

La experiencia de Pamela y Mariana: Juana y Eva

Pamela Visciarelli y Mariana Blanco llegaron a esta posibilidad después de varios intentos que no habían logrado un embarazo. Su médica, Liliana Blanco, les propuso que Pamela aportara los óvulos y Mariana llevara adelante la gestación. Hasta ese momento, los tratamientos se habían hecho con óvulos de Mariana, sin el resultado esperado. Ellas, además, ya habían conversado tiempo antes sobre cómo querían repartir esa primera experiencia: por la diferencia de edad entre las dos, querían que Mariana pudiera pasar por un embarazo antes que nada, y ROPA terminó de ordenar lo que ellas ya habían imaginado en la mesa de la casa. Así nació Juana, en la primera transferencia del tratamiento. Dos años después, con los roles invertidos, Pamela gestó a Eva, también en la primera transferencia.

Lo que el consultorio resuelve en lo médico, la calle y la familia lo resuelven en lo social, y ahí la maternidad compartida también se vuelve una tarea de explicación. Pamela recuerda que, durante el embarazo de Mariana, fue habitual que personas del entorno no entendieran qué lugar ocupaba ella en esa familia en formación, como si el aporte de los óvulos quedara invisible frente al embarazo visible de la otra. Decir que también era mamá, una y otra vez, en la verdulería, en la escuela, en la casa de un pariente, pasó a ser parte de la rutina. Para ella, la llegada de Juana fue el momento en que la maternidad se hizo cuerpo sin necesidad de haber atravesado un embarazo propio, y esa es una de las cosas que, dice, todavía hoy sigue contando cuando alguien le pregunta cómo es ser mamá en una familia con dos mamás.

“Para ella, la llegada de Juana fue el momento en que la maternidad se hizo cuerpo sin necesidad de haber atravesado un embarazo propio.”Pamela Visciarelli, mamá de Juana y Eva
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Marta MansillaSociedad y salud

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