Mirtha Legrand, 99 abriles y el reloj de una recuperación que se mira con el alma: terminó los antibióticos y se queda un poco más en el Mater Dei
La conductora completó el esquema de antibióticos por su cuadro respiratorio, sigue internada y acompañada por su familia, mientras Juana Viale sostiene la mesa en su ausencia y la próxima actualización médica se conocerá el miércoles.

Tengo que confesarles algo antes de arrancar a escribir esta nota, y es que cada vez que me toca cubrir la salud de Mirtha Legrand se me cruza una sensación que no puedo explicar del todo, como si estuviera siguiendo de cerca el pulso de un capítulo enorme de la historia chica de este país, porque la suya es una biografía que ya lleva casi cien años y todavía sigue dando entrevistas, sigue sentándose en esa cabecera que es casi un trono y sigue eligiendo con qué actor o con qué política quiere compartir la sobremesa del domingo.
En 1927, cuando en la calle todavía se hablaba de las repercusiones del golpe de Uriburu y la radio empezaba a convertirse en un milagro moderno en las cocinas de Buenos Aires, nacía en Villa Cánning una niña que se llamaría Rosa María Juana Martínez Suárez y que el mundo entero conocería, mucho después, como Mirtha Legrand, y ahora, en este septiembre que se nos va, esa misma mujer de 99 años acaba de terminar el tratamiento con antibióticos en el sanatorio Mater Dei y, según el parte firmado por el director médico Enrique Echagüe, evoluciona favorablemente de un cuadro respiratorio que la volvió a preocupar hace apenas diez días.
Un parte breve, un mensaje de familia y la próxima actualización para el miércoles
El comunicado oficial, difundido el lunes 28 de septiembre, fue tan breve como elocuente: Mirtha Legrand completó el tratamiento con antibióticos, no tiene fecha de alta definida, está acompañada por su hija Marcela, sus nietos Juana y Nacho Viale y su bisnieta Ámbar de Benedictis, y la institución agradeció las muestras de afecto que llegaron desde todos lados, una fórmula que la familia suele repetir cada vez que la diva queda internada y que, en el fondo, es la manera que encontraron para decir sin decirlo que la quieren, que la cuidan y que están pendientes de cada llamada.
Si no hay novedades de último momento, la próxima actualización médica se conocerá recién el miércoles, algo que ya se volvió una costumbre en estos partes porque la familia prefiere no apurar los tiempos y porque, a esta altura del partido, todos entendimos que con Mirtha las prisas no existen, ni en la televisión ni en la vida.
Septiembre, un mes de idas y vueltas entre el sanatorio y la casa
Lo que se vivió en este septiembre fue, sin exagerar, un recorrido de esos que a uno le recuerdan lo frágil que es todo: la primera internación arrancó por un cuadro gripal que derivó en una bronquitis persistente, después de varios días bajo atención médica Legrand recibió el alta el sábado 13 de septiembre y volvió a su casa para seguir la recuperación en su domicilio, pero cinco días más tarde, el jueves 18, regresó al Mater Dei por dificultades respiratorias y un cuadro compatible con neumopatía, lo que obligó a nuevos estudios y a mantenerla bajo supervisión.
El parte del jueves 25 de septiembre había dejado una buena señal al contar que la conductora había incrementado la actividad física junto al equipo de kinesiología y que la decisión era sostener la internación hasta completar la recuperación y poder retomar sus actividades cotidianas, una manera elegante de decir que Mirtha quería volver a su casa, a su mesa y a sus cámaras, pero que los médicos le pedían un poco más de paciencia.
Juana Viale, la nieta que sostiene la sobremesa mientras la abuela mira desde la clínica
Mientras la mesaza sigue esperando a su conductora titular, Juana Viale tomó las riendas de los dos ciclos históricos de la familia, La Noche de Mirtha y el almuerzo dominical, y lo hace con una naturalidad que a mí, cada vez que la veo, me emociona, porque se nota que no está reemplazando a su abuela sino cuidándola desde el estudio, y en una de las aperturas lo dijo tal cual, con esa voz que le sale del corazón cuando habla de la vieja: "La abuela está mejorando muy bien", soltó Viale al mandarle un saludo al aire, y contó, además, que Mirtha sigue las emisiones desde la clínica y que le hace devoluciones sobre lo que ve, como si la diva no pudiera dejar de ser la directora de su programa ni siquiera tendida en una cama del octavo piso.
Lo que más me gusta de esa imagen es pensarla a Mirtha, con 99 años y después de tantos ciclos en la televisión argentina, mirando la tele desde una habitación del Mater Dei y comentándole a Juana qué le gustó y qué no, porque eso es, ni más ni menos, lo que viene haciendo desde hace décadas: opinar, mirar, preguntar, incomodar a algún invitado y construir, semana a semana, un archivo oral de la Argentina que ya es patrimonio de todos nosotros.
Porque la última aparición de Mirtha al frente de la mesaza fue el viernes 29 de agosto y, desde ese momento, cada parte médico se fue intercalando con cada apertura de su nieta en el canal, una coreografía mediática que, a esta altura, ya es parte del relato, y que muestra cómo una dinastía familiar puede sostener un clásico de la pantalla sin perder el sello de la dueña de casa, esa misma que en 1968 se sentó por primera vez en aquella mesa que después sería bautizada como La Noche de Mirtha y que medio siglo después sigue siendo, aunque esté unos días en pausa, el programa de televisión más comentado de los domingos.
Yo, que llevo años siguiendo cada una de sus entrevistas, cada visita a su casa de la calle Rincón, cada foto junto al piano del living y cada vez que contó un recuerdo del viejo su padre, no puedo evitar sentir, mientras escribo esta nota, que esta historia clínica es también un pedazo de nuestra propia biografía, porque muchos de nosotros crecimos mirando a Mirtha preguntar, reírse con una copa en la mano, despedir a un invitado con un beso y abrir el programa con esa frase que ya es un himno: "Buenas noches, esto es La Noche de Mirtha", y aunque hoy esa frase todavía no vuelve al aire, lo que vuelve, y bien, es la certeza de que mientras ella esté, esa mesa va a seguir esperándola, y todos nosotros con ella.
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