Poner límites a los chicos no es autoritarismo: es cuidarlos en serio
Especialistas en crianza explican por qué la ausencia de normas claras puede confundir a los niños y qué diferencias hay entre ejercer autoridad y avasallarlos. La clave, dicen, está en combinar el "no" con presencia y afecto.

Me acomodé en una sala de espera luminosa, con esos sillones deconsultorio que todavía conservan el olor a café de la mañana, y empecé a charlar con Marta, una vecina de 53 años que esperaba el turno de su nena de siete. Me contó, casi sin darme tiempo a sentarme, que en el colegio le habían llamado la atención otra vez porque la chica no acepta un límite sin montar un escándalo, y que ella ya no sabe qué hacer: si cede para evitar el berrinche, el problema se agranda; si insiste, la discusión se vuelve un ring. "Quiero ser buena madre, no una dictadora, pero tampoco quiero que mi hija termine siendo la nena que nadie quiere en un grupo", me dijo, mientras acomodaba sobre sus rodillas un cuaderno con las tareas a medio terminar. Esa escena, que se repite en muchas casas argentinas, es el punto de partida de una conversación que cada vez dan más familias: cómo poner límites sin que eso se confunda con autoritarismo, y cómo sostener esos límites sin que la crianza se vuelva una pelea diaria.
El problema aparece cuando el diálogo se vuelve negociación permanente
Cada vez más familias apuestan por reemplazar las órdenes y los castigos con conversación, apertura y escucha, y eso, en líneas generales, es una buena noticia. El problema, coinciden las especialistas, surge cuando ese diálogo se transforma en una negociación sin fin, cuando el adulto, con la mejor intención del mundo, empieza a ceder en todo para evitar el conflicto, y termina dejando de sostener su propio criterio. Para la psicóloga infantojuvenil Ivana Raschkovan, autora del libro "Infancias respetadas", hay cosas que se negocian en una familia y cosas que directamente no se negocian, y confundirlas termina siendo tan dañino como imponer todo a los gritos.
“Conversar no quita autoridad; al contrario. La pérdida de autoridad ocurre cuando el adulto le teme al conflicto y lo evita. Si para esquivar un berrinche terminamos moviendo el límite, el mensaje se vuelve sumamente confuso.”Ivana Raschkovan, psicóloga infantojuvenil
La especialista distingue con bastante claridad dos palabras que muchas veces se usan como si fueran sinónimos y no lo son: autoridad y autoritarismo. El autoritarismo, explica, es lisa y llanamente un abuso de poder, una manera de imponer las cosas desde arriba, sin escuchar al otro y sin dar lugar a la palabra. Respetar a los niños y a los adolescentes, subraya, no equivale en absoluto a dejarlos hacer lo que quieran ni a borrar la palabra "no" del vocabulario cotidiano; el respeto está en el buen trato y en la manera de decir las cosas, no en la ausencia de normas.
Los tres estilos de crianza que describe la psicología
- Autoritario: reglas rígidas, poca escucha y obediencia casi ciega; suele generar hijos que cumplen, pero con mucho miedo y dificultades para tomar decisiones por sí mismos.
- Permisivo: mucho calor afectivo, pero pocos o inconsistentes límites; favorece la autoestima, aunque puede dejar al chico con baja tolerancia a la frustración y resistencia a las figuras de autoridad.
- Democrático o autoritativo: combina normas claras con diálogo y contención afectiva; es el que más especialistas recomiendan como punto de equilibrio entre firmeza y cariño.
Estos tres modos de criar fueron descriptos en los años 60 por la psicóloga Diana Baumrind, y siguen vigentes como una manera sencilla de pensar qué estamos haciendo como padres y madres. La psicóloga Deborah Bellota, especialista en clínica de niños y adolescentes, aporta una mirada complementaria: muchas veces los padres permisivos son personas profundamente afectuosas, pero justamente por ese cariño tan grande no se animan a poner límites, les cuesta horrores sostener un no porque les da pavor que el hijo se enoje con ellos o deje de quererlos. Esa dinámica, advierte, puede convivir con buena autoestima, pero suele generar al mismo tiempo serias dificultades para autorregularse, una tolerancia a la frustración bastante baja y una resistencia marcada hacia cualquier figura de autoridad, desde una maestra hasta un jefe en la adultez.
“Un límite sin afecto se vive como abandono; un afecto sin límite se vive como caos.”Deborah Bellota, psicóloga especializada en niños y adolescentes
Para Raschkovan, los límites no son un castigo ni una manera de sacarle el gusto a la infancia, sino una forma concreta de cuidado, una manera de acompañar a los chicos mientras aprenden a vivir en sociedad. La vida misma, dice, ya les presenta a los niños dosis diarias de frustración que no tienen escapatoria: hay que ir a dormir aunque quieran seguir jugando, no se puede almorzar caramelos, hay que dar la mano para cruzar la calle, hay días en que no llueve el juguete que se quería. Esas pequeñas frustraciones cotidianas, vividas en un entorno seguro y contenedor, van construyendo de a poco la tolerancia a la frustración, una capacidad que no aparece de manera espontánea ni por generación espontánea, sino que se aprende, justamente, cuando alguien de confianza nos enseña a tolerar el "no". Si un niño no experimenta ese "no" en un ambiente amoroso, es probable que no desarrolle los recursos emocionales suficientes para procesar situaciones difíciles cuando esté solo, lejos de casa, en el patio de la escuela o en el mundo laboral.
Bellota insiste, además, en que el trabajo del adulto no termina cuando dice "no", sino que empieza ahí, porque un límite sin explicación y sin afecto se vive como abandono, y un afecto sin límite se vive como caos, como un mundo en el que nada termina de tener forma. Por eso, a la hora de sostener una norma, alcanza con explicar con palabras accesibles por qué esa regla existe, qué se busca cuidar con ella y qué se puede hacer en su lugar; también sirve anticipar lo que va a pasar, escuchar lo que el chico siente aunque no nos guste, y por sobre todas las cosas mantener la calma, ya que la calma del adulto es la que termina enseñando al niño a calmarse. La otra herramienta clave es ser congruentes, es decir, que la palabra del adulto coincida con lo que después efectivamente se hace, porque las contradicciones constantes erosionan la confianza y dejan a los chicos a la deriva, sin saber qué esperar.
Cuando terminé la charla en la sala de espera, Marta me miró con una mezcla de alivio y de resignación, y me dijo que se iba a llevar consigo una idea que a ella le resonó mucho y que, según me confesó, le cambió un poco la cabeza: poner un límite no es ganarle a su hija, sino acompañarla mientras crece, y eso, aseguró, es exactamente lo que ella quiere poder hacer cuando la nena salga del consultorio y le vuelva a pedir, otra vez, lo que sabe que no puede. La vecina, que va a cumplir cincuenta y cuatro en diciembre, me dijo que lo que ella espera es terminar el día sintiéndose cerca de su hija, y no sintiéndose, como muchas veces le pasa, la peor madre del mundo.
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