Por qué algunos despiertan con el sueño fresco en la memoria y otros lo pierden antes de abrir los ojos
Un estudio siguió durante quince días a 217 adultos sanos y encontró que la edad, la tendencia a divagar mentalmente y la calidad del sueño de cada noche explican buena parte de la diferencia entre quienes relatan sus sueños con detalle y quienes apenas conservan una sensación difusa al despertar.

A las siete de la mañana, en una cocina todavía tibia por el café de la pava, una mujer de 54 años, a la que vamos a llamar Inés porque pidió reserva de su nombre real, se sienta frente a la mesa y le cuenta a su marido que soñó con un mercado en una ciudad que no sabe ubicar. Su hija, que acaba de entrar al living con el pelo todavía húmedo, escucha la escena desde la puerta y se encoge de hombros: ella, a la misma edad y con el mismo despertador a tres metros de la cama, no recuerda absolutamente nada de lo que pasó durante la noche. La diferencia entre esas dos situaciones, tan común en cualquier casa de familia argentina, fue justamente lo que se propuso medir un equipo internacional de investigadores en un trabajo que acaba de publicar la revista Communications Psychology, y los resultados empiezan a ordenar un mapa de razones que hasta ahora se atribuían casi siempre al puro azar, como si soñar fuera un bingo del que a algunos les toca premio y a otros no.
La investigación siguió durante quince días seguidos a 217 adultos sanos de entre 18 y 70 años, una franja etaria pensada para incluir desde jóvenes estudiantes hasta adultos mayores, y a lo largo de ese tiempo cada participante completó un registro matutino en el que contaba si recordaba haber soñado y con qué nivel de detalle. En paralelo, el equipo fue recopilando información demográfica, psicológica y del propio descanso nocturno a través de pruebas estandarizadas y dispositivos de monitoreo del sueño, de modo que cada mañana se pudiera comparar lo que la persona decía con lo que había ocurrido mientras dormía. La muestra no fue enorme, pero sí lo bastante prolongada como para que cada sujeto oficiara de control de sí mismo a lo largo de dos semanas, una decisión metodológica que, en este tipo de estudios, suele pesar más que duplicar la cantidad de participantes.
Qué se sabe hasta ahora sobre los olvidos del sueño
- Las personas que registran una actitud más atenta hacia sus propios sueños y una mayor tendencia a la divagación mental, es decir, a dejar que los pensamientos se encadenen sin un foco fijo, son las que más contenido onírico logran recuperar al despertar.
- La edad juega un papel relevante: a medida que pasan los años cambia la facilidad con la que el cerebro retiene lo soñado durante la noche, aunque el estudio no precisa una dirección lineal para todos los grupos.
- La vulnerabilidad a la interferencia, o sea la facilidad con que un estímulo al despertar (la luz que entra por la ventana, un ruido en la calle, el primer pensamiento consciente) desplaza al recuerdo onírico, aparece como uno de los factores más decisivos.
- La estructura del sueño también importa: quienes pasaron más tiempo en fases livianas y menos proporción de sueño profundo (la etapa N3, asociada a la recuperación física y cerebral) tienden a despertar con más material onírico disponible.
- Soñar y recordar lo soñado no son lo mismo: muchos participantes reportaron haber tenido lo que los autores llaman un sueño blanco, la sensación firme de que algo ocurrió durante la noche sin poder recuperar ningún detalle.
Esa última distinción me parece, en lo personal, una de las más valiosas del trabajo, porque suele ser la experiencia que más se repite en cualquier conversación de sobremesa. Está esa persona, casi siempre un familiar mayor, que abre los ojos convencido de que soñó algo muy largo, tal vez una película entera o una discusión que le llevó horas, y sin embargo no puede reconstruir ni una sola escena. Los autores del estudio insisten en que esa vivencia debe distinguirse del recuerdo concreto de imágenes, acciones o emociones, y que es más frecuente en ciertos perfiles de participantes, lo que ayuda a entender por qué el acto de soñar y el de traerlo de vuelta al despertar son dos procesos que conviene no mezclar.
Lo que la investigación deja en claro es que la frontera entre acordarse y olvidarse no es una lotería, sino un punto de encuentro entre quién es cada persona y cómo durmió esa noche puntual. Si el descanso fue más liviano, con menos tiempo de sueño profundo, y si el despertar no vino acompañado de estímulos que pugnaran por borrar el recuerdo antes de que se consolidara, las chances de que Inés pueda contar mañana el mercado soñado crecen de manera sensible. La edad, la costumbre de divagar mentalmente y la vulnerabilidad a esa interferencia temprana completan el cuadro y ofrecen, en conjunto, una explicación menos misteriosa y más concreta para una de las experiencias más cotidianas y, a la vez, más enigmáticas de la vida humana. Después de leer el trabajo, lo que uno se lleva a la mesa del desayuno es una idea sencilla pero reconfortante, y es que cada vez que alguien del hogar recuerde con lujo de detalles lo que soñó, y otro familiar se quede en blanco, no hay misterio ni maldición de por medio: hay un cóctel de factores individuales y de circunstancias de esa noche que la ciencia empieza a desentrañar con bastante seriedad.
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