Viernes, 28 de agosto de 2026
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Voces de Santa Cruz

Rubén Rada se fue y dejó una lección que vale para todos: lo único que no se puede repetir es uno mismo

El músico uruguayo murió a los 82 años y sus últimas reflexiones sobre los artistas que están reescribiendo la música popular —de Tini a Trueno, de Wos a Conociendo Rusia— recobraron fuerza como una especie de testamento generacional. Su defensa del presente, su autocrítica y su advertencia a los que empiezan trazan una hoja de ruta que sobrevive a su ausencia.

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Celeste AlmonacidCultura y patrimonio · 27 DE AGO DE 2026 · 4 min de lectura

En 1966, cuando un joven percussionista y cantante de Montevideo decidió ponerle voz propia al candombe y al jazz para inventar algo que todavía no tenía nombre en español, nadie podía sospechar que aquel chico estaba sembrando una de las carreras más largas y queridas de la música rioplatense. Rubén Rada murió este lunes en Uruguay y, como suele pasar con los que se van después de haberlo dicho todo, sus palabras de los últimos años quedaron flotando en el aire con una precisión que hoy suena a despedida y a manual de instrucciones al mismo tiempo. Las entrevistas recientes, las apariciones en escenarios ajenos y las conversaciones informales que mantuvo con colegas más jóvenes se transformaron, de un día para el otro, en una clase abierta sobre cómo mirar el presente sin nostalgias y sin miedo a cambiar.

Un mapa de afinidades trazado a mano

En esos últimos tramos de su vida pública, Rada habló con nombre y apellido de quienes le parecían dignos de atención. Mencionó a Tini, a Trueno, a Wos, a Conociendo Rusia, a Nafta, a Catriel, y también a referentes que lo cruzaban cada vez que bajaba del avión en Montevideo, como Ricardo Mollo o El Plan de la Mariposa. Lo hizo sin gestos ampulosos, casi como quien pasa lista en una reunión de amigos. No era una estrategia de marketing ni una operación de prensa: era la manera que tenía este músico nacido en 1943 de decirles, en voz alta, que la música que sonaba en auriculares y en plazas no le era ajena. Lo dejó dicho con una frase que ahora se lee como bandera: "Hay un montón de pibes nuevos que son maravillosos, a los cuales quiero mucho".

“Todo tiempo pasado no fue mejor. El mejor tiempo es el que viven los jóvenes ahora porque es el tiempo de ellos.”Rubén Rada, en declaraciones recientes

A esa declaración la acompañó una observación que desarma el lugar común del veterano que mira el pasado con melancolía. Rada entendía que los recursos con los que se produce hoy —las plataformas, los beats, las colaboraciones a distancia, los featurings por videollamada— configuran un universo distinto al que le tocó aprender a golpes, cuando grababa en estudios analógicos y viajaba en micros de gira por toda la región. Esa diferencia, para él, no era motivo de queja ni de reproche, sino una razón para escuchar con otros oídos. La prueba la dio él mismo: se sentó a grabar con un rapero y el tema acumulado en plataformas superó los quince millones de reproducciones. Cuando se lo contó a sus nietos, la respuesta lo terminó de convencer: recién ahí le dijeron que "se había ido para arriba".

La advertencia que sobrevive

  • Divertirse es legítimo, pero quedarse en el mismo lugar no: después de cada logro tiene que venir algo nuevo.
  • Escuchar a los más jóvenes no es ceder el escenario, es entender que la música se muda de generación como se muda de ciudad.
  • Reconocer los propios límites también forma parte del oficio: Rada admitió sin rencor que el público masivo lo conoce menos que sus colegas músicos.
  • Defender el presente por encima de la nostalgia es una forma de respeto hacia quienes están empezando.

La autocrítica fue otra de las constantes de su último tramo. Rada no se pintó como una estrella de multitudes: se describió, con una sinceridad que duele y a la vez emociona, como alguien más reconocido por los músicos que por el público general. "Me conocen todos los músicos del mundo, pero no el público", dijo, y en esa frase había tanta verdad como resignación, pero también una reivindicación: ser referente entre pares, para alguien que lleva seis décadas tocando, no es un premio menor. Es, en todo caso, el reconocimiento más difícil de conseguir.

Mientras escribo esta nota, no puedo evitar pensar en una escena chica que me contaron: a Rada se lo vio en los últimos años yendo a ver shows de artistas que triplicaban la edad de sus seguidores, parado al costado del escenario, con las manos en los bolsillos, escuchando con la misma cara de asombro con la que debe haber escuchado a Joe Henderson en los años sesenta. Esa imagen, más que cualquier declaración, resume lo que quiso decir. La evolución, en su diccionario, no era una concesión ni un mérito: era la única manera posible de seguir respirando dentro de la música. Hoy, con su partida, esas palabras quedan sonando en los parlantes como un legado que no pide adhesiones, sino continuidad.

CA
Celeste AlmonacidCultura y patrimonio

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