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Treinta segundos colgado de una barra: el gesto que la adultez olvidó y que el cuerpo, sentado, está pidiendo a gritos

Fisioterapeutas de Australia y Estados Unidos explican por qué suspenderse de una barra fija unos pocos segundos puede ayudar a abrir hombros, estirar pectorales y recordarles a los músculos que existen. Una guía para principiantes, con advertencias incluidas.

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Marta MansillaSociedad y salud · 27 DE AGO DE 2026 · 3 min de lectura

Hay una imagen que aparece en cualquier plaza de barrio un domingo a la tarde: un nene que se cuelga de la barra fija como si fuera una fruta del árbol, queda ahí suspendido unos segundos con una sonrisa enorme y se suelta para volver a correr. Después, cuando ese chico cumple treinta, cuarenta o cincuenta años y se pasa ocho horas frente a la pantalla de la computadora con los hombros cerrados hacia adelante, ese gesto natural, instintivo, desaparece del repertorio diario. Y lo curioso es que el cuerpo lo sigue necesitando, aunque la cabeza ya se haya olvidado de cómo se hace.

El fisioterapeuta australiano Daniel Vadnal, creador del canal y la plataforma FitnessFAQs, sostiene justamente eso: que colgarse de una barra es una costumbre intuitiva que se puede recuperar sin máquinas, sin pesas y sin pagar un abono caro. Lo segundo que aclara es a quién le sirve especialmente: a quienes trabajan con la espalda encorvada sobre un teclado. Por su parte, la fisioterapeuta Hazel Anderson, de la University of St. Augustine for Health Sciences en Austin, Texas, aporta la mirada clínica sobre cómo ejecutar el movimiento de manera segura y qué músculos se ponen en juego cuando uno se queda suspendido del hierro unos cuantos segundos.

Cómo se hace, en la versión más básica

  • Sujetarse de una barra fija con ambas manos, a la altura de los hombros, con los brazos extendidos hacia arriba y el cuerpo colgando hacia abajo.
  • Los pies pueden quedar en el aire, o apoyarse parcialmente en el piso para quienes necesiten empezar con menos carga sobre hombros y muñecas.
  • No se trata de una inversión corporal ni de un ejercicio avanzado, pero sí exige control del tronco y tolerancia a sentir el peso del propio cuerpo sostenido solo por las manos.

Sobre esa posición base existen, según Vadnal, dos variantes que en realidad son puntos dentro de un mismo rango de intensidad y no categorías cerradas. En la suspensión pasiva se deja que el peso del cuerpo genere el estiramiento y los hombros ascienden solos, casi sin esfuerzo consciente, hacia las orejas. En la suspensión activa, en cambio, se bajan los omóplatos de manera deliberada y se sostiene mayor tensión en la espalda y en la cintura escapular. Cada persona regula el grado de intensidad según lo que tolere y lo que le sirva.

Qué músculos se estiran y por qué

Los principales beneficiados son los pectorales, los tríceps y los dorsales, tres grupos musculares que suelen pasarse el día comprimido entre el escritorio y la silla. Cuando uno se cuelga de la barra, esos músculos ingresan a un rango de movimiento al que no están habituados y generan, en muchos casos, una sensación inmediata de mayor extensión y menos compresión en el pecho y la parte superior de la espalda. La advertencia importante es que esa sensación de alivio es transitoria y no equivale a un tratamiento terapéutico: la evidencia clínica sobre efectos permanentes en la postura o en el dolor crónico todavía es limitada, según aclaran los especialistas.

Además de la espalda y los hombros, el ejercicio trabaja manos, dedos y antebrazos. Anderson subraya que la resistencia del agarre que se al colgarse interviene en tareas cotidianas mucho más frecuentes de lo que uno imagina: cargar las bolsas del supermercado, abrir un frasco, sostener una valija, mudar un cajón. Para alguien que pasa la jornada tecleando y casi no fuerza las manos, esa demanda extra en dedos y antebrazos puede ser una novedad bienvenida, aunque al principio incomode.

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Marta MansillaSociedad y salud

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