Cuando la grasa se va demasiado lejos: el cuerpo empieza a pagar la cuenta
Expertos en metabolismo y composición corporal sostienen que reducir las reservas adiposas por debajo de ciertos umbrales puede afectar músculos, huesos y hormonas, incluso en personas que entrenan con regularidad.

La escena es la sala de espera de un consultorio en el centro porteño, una mañana de martes. Hay un hombre de unos cincuenta y tantos, jeans gastados y campera de abrigo, que hojea una revista mientras le suenan los turnos. Se llama Rubén, tiene 52 años, y hace dos meses arrancó con un plan de entrenamiento y una dieta estricta que le bajaron siete kilos en la balanza. Está conforme, pero una duda lo carcome: en el grupo del gimnasio no paran de repetirle que la grasa corporal es enemiga y que hay que acercarse a ese 1% o 2% que muestran las fotos de los fisicoculturistas. Lo que él no sabe todavía es que ese número, como se lo cuenta la ciencia más reciente, no es ni un objetivo razonable ni una garantía de buena salud.
Un número, varios cuerpos
El porcentaje de grasa corporal, tomado como un valor aislado, no alcanza para contar la historia completa de lo que pasa dentro de un organismo. La edad, el sexo, la genética y, sobre todo, la distribución del tejido adiposo cambian la lectura. A la hora de medirla, además, las herramientas disponibles no se parecen entre sí: una balanza de bioimpedancia puede arrojar valores diferentes según cuán hidratado esté el cuerpo ese día, y el método de pliegues cutáneos deja afuera la grasa que rodea los órganos, justamente la que más preocupa a los especialistas. La densitometría DEXA, en cambio, distingue entre tejido graso, masa magra y masa ósea, aunque necesita un equipo costoso y no siempre está al alcance de cualquiera.
Esa técnica se usó en un estudio con más de setecientos deportistas en el que participó Tamara Hew-Butler, investigadora de la Universidad Estatal de Wayne. Los mínimos registrados fueron del 10% en hombres y del 16% en mujeres, muy lejos de las cifras casi fantasmales que suelen circular en redes sociales cuando se habla de definición muscular.
Lo que se pierde cuando se pierde demasiada grasa
Porque, claro, tener menos reservas no equivale automáticamente a estar en mejor forma. Jessica Maung, investigadora de enfermedades metabólicas de la Universidad de Míchigan, lo explica con una frase que a Rubén lo dejaría pensando: una cantidad insuficiente de grasa puede alterar distintos órganos y sistemas, sobre todo cuando la restricción calórica es intensa y sostenida en el tiempo. Frente a esa falta de combustible, el cuerpo empieza a tirar del músculo para obtener energía, y a la vez se resiente la generación y la reparación del tejido óseo.
- En hombres con alimentación insuficiente puede caer la testosterona, y con ella la energía y el rendimiento.
- En algunas deportistas, los niveles demasiado bajos se asocian a irregularidades menstruales o directamente a la ausencia de menstruación.
- Según Fredrik Karpe, profesor de medicina metabólica de la Universidad de Oxford, disponer de pocas reservas complica la respuesta del cuerpo ante infecciones graves.
Detrás de estos cambios está el trabajo silencioso que cumple el tejido adiposo. No se trata solo de un depósito de energía: también produce leptina, una hormona que le avisa al cerebro cuánta reserva hay disponible. Si esa señal cae porque las reservas están en el piso, el organismo empieza a ahorrar en funciones que no son imprescindibles para la supervivencia inmediata, y eso se nota en el ánimo, en los huesos, en la fertilidad, en la respuesta inmune.
“El porcentaje mágico de grasa no existe como un número universal: depende de la edad, del sexo, del nivel de actividad y, sobre todo, de dónde se ubica esa grasa y de cuánto músculo y hueso se conservan.”Lectura transversal de los investigadores consultados
Porque el otro extremo también importa, y mucho. Cuando la grasa se acumula en exceso, sobre todo la que se deposita alrededor de los órganos, la llamada grasa visceral, la situación se vuelve un problema serio: favorece la liberación de sustancias inflamatorias que terminan dañando hígado, páncreas y corazón. La diferencia, entonces, no está en perseguir un porcentaje único, sino en entender dónde está la grasa y cómo se reparte el resto del cuerpo.
Rubén, mientras tanto, sale del consultorio con la indicación del médico: pedir una evaluación de composición corporal, ajustar el plan para no perder músculo y aceitar el seguimiento hormonal. A sus 52, lo que espera es simple, casi elemental: seguir entrenando, no pasar frío metabólico y entender que bajar en la balanza no siempre significa mejorar.
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