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Domingo, 11 de octubre de 2026
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Voces de Santa Cruz

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Dos guardianes, un misterio y un pueblo perdido en el medio del mapa

La nueva serie de Linternas Verdes deja atrás la acción frontal para abrazar el thriller policial, y en ese cruce aparece una de las ficciones más celebradas del año.

CA
Celeste AlmonacidCultura y patrimonio · · 3 min de lectura
Dos guardianes, un misterio y un pueblo perdido en el medio del mapa

Les voy a ser sincera: cuando supe que DC iba a volver a apostar por los Linternas Verdes, lo primero que imaginé fue otra vez explosiones, esferas de energía y batallas a todo trapo contra fuerzas intergalácticas. Pero la serie que finalmente llegó se anima a algo bastante más interesante y, a mi entender, más maduro: tomar a Hal Jordan y John Stewart y plantarlos en medio de un thriller policial clásico, con el misterio como columna vertebral y los puñetazos apenas como condimento. La diferencia, lejos de restarle, le termina dando una densidad que a estas alturas ya se extraña en el género.

Para situarnos, conviene repasar de dónde venimos. El concepto de Linterna Verde nació en 1940, de la mano de Martin Nodell para la editorial All-American Publications, luego absorbida por DC, y desde entonces el anillo de poder alimentado por la voluntad se transformó en uno de los símbolos más reconocibles del universo superheroico. Hal Jordan, el piloto arrogante creado por John Broome y Gil Kane en 1959, y John Stewart, el exmarine arquitecto pensado por Denny O'Neil y Neal Adams en 1971 como respuesta a las demandas de representación del propio O'Neil, son las dos caras históricas del cuerpo. Tenerlos a los dos en pantalla, en pleno 2016, ya de por sí es un punto de partida atractivo.

Una investigación que arranca en Nebraska y se va de escala

La trama pone a Hal Jordan y John Stewart, el veterano y su discípulo dentro del cuerpo de Linternas Verdes, frente a una señal que no pueden ignorar: una proyección holográfica generada desde el propio anillo de Hal activa una alerta que los arrastra hasta Rushville, ese pueblo chato y polvoriento del oeste de Nebraska que parece sacado de una postal detenida en el tiempo. A partir de ahí, lo que empieza como una pesquisa local se va estirando hasta mostrar una conspiración que pone en jaque la seguridad del planeta entero. Esa Mudanza de escala, del pueblo perdido a la amenaza global, es uno de los resortes más efectivos de la serie, porque permite ir sembrando pistas de a poco sin perder nunca el pie en lo terrenal.

Más cerca de un policial oscuro que de un blockbuster

El ADN del relato se nota a la legua: hay un crimen o, mejor dicho, un evento que funciona como detonante, hay dos investigadores con métodos opuestos, hay un pueblo con más sombras de las que aparenta y, por encima, hay una estructura episódica que va dosificando la información como cualquier miniserie policial norteamericana de las buenas. La acción aparece, sí, pero siempre al servicio del enigma y nunca como un fin en sí mismo. Esa decisión le da a la propuesta un aire inquietante que la separa del resto de la oferta superheroica.

Las firmas detrás del proyecto

  • Tom King, guionista con una trayectoria enorme en los cómics de DC, donde se lució con títulos como "Mister Miracle" o "Omega Men".
  • Damon Lindelof, creador de "Watchmen" junto a Jeff Jensen y de "Lost", con experiencia en adaptar material de la editorial sin traicionar su ADN.
  • Una decisión clave: la serie se desliga de las continuidades cinematográficas previas, lo que le da margen para moverse sin ataduras.
  • Un elenco encabezado por Kyle Chandler como Hal Jordan y Aaron Pierre como John Stewart, cuya dinámica sostiene el corazón dramático de la historia.

Lo que más me atrapó, más allá del género, es la relación entre los dos protagonistas. Hal y John no se quieren ni se odian: se entienden a los tirones, chocan por viejas diferencias de criterio y por una brecha generacional que Chandler y Pierre traducen en silencios incómodos y en diálogos cortísimos. Esa química, algo áspera y muy humana, es la que le pone cuerpo a una historia que, sin ese motor emocional, se quedaría en un mero ejercicio de estilo. A mí, que suelo desconfiar de las mezclas forzadas, me terminó de convencer: hay capas, hay oficio y, sobre todo, hay algo para pensar cuando se apagan las linternas.

CA
Celeste AlmonacidCultura y patrimonio

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