Viernes, 4 de septiembre de 2026
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El acoso escolar que ya no se apaga al salir de la escuela: cómo el celular borró la frontera entre el aula y la cama

Un documento de la Sociedad Argentina de Pediatría advierte que las burlas y agresiones que arrancan en el recreo siguen durante horas por WhatsApp, redes sociales y videojuegos, y describe las consecuencias físicas y emocionales que pueden arrastrarse hasta el cuarto del chico.

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Marta MansillaSociedad y salud · 4 DE SEPT DE 2026 · 5 min de lectura

Me lo cuenta Marta, de 47 años, mientras espera a su hija en la puerta del consultorio de pediatría en un barrio del conurbano bonaerense, con un mate de por medio y la preocupación dibujada en la cara: "Mi nena viene del colegio, se encierra en la pieza y se queda pegada al celular hasta tarde; yo al principio pensaba que era una cosa de la edad, pero el otro día la encontré llorando con la pantalla bloqueada, y cuando le pregunté qué le pasaba no me quiso decir nada; ahí entendí que algo no estaba bien, y por eso estoy acá, porque una madre sola no puede con esto". Esa escena, que se repite en muchas casas argentinas, es el punto de partida del nuevo documento que acaba de publicar la Sociedad Argentina de Pediatría, donde ocho de sus comités y subcomisiones especializadas describen un fenómeno que ya no distingue entre el recreo y la madrugada: el acoso escolar y el ciberbullying se volvieron inseparables, y una agresión que empieza en el aula puede continuar durante horas por WhatsApp, redes sociales o videojuegos hasta instalarse en el cuarto del chico sin que haya forma de desconectarse.

El material, al que tuve acceso en las últimas horas, pone el foco en un cambio cultural profundo que los pediatras consideran clave: hasta no hace mucho tiempo, volver a casa solía ofrecer una pausa y un espacio de resguardo frente a las situaciones de acoso, pero con el acceso casi permanente al celular ese límite se vuelve cada vez más difuso, y los mensajes, las burlas o la exposición pueden llegar a cualquier hora y extender la situación más allá de la escuela, lo que amplifica su impacto y, en consecuencia, el daño sobre los chicos y las chicas que lo sufren.

Una continuidad que no se corta

"Antes, volver a casa podía ofrecer una pausa y un espacio de resguardo frente a estas situaciones de acoso. Con el acceso casi permanente al celular, ese límite se vuelve cada vez más difuso: los mensajes, las burlas o la exposición pueden llegar a cualquier hora y extender la situación más allá de la escuela, lo que amplifica su impacto y en consecuencia el daño", me dijo por teléfono la doctora Silvina Pedrouzo, pediatra especialista en Desarrollo Infant e president de la Subcomisión de Tecnologías de la Información y la Comunicación de la SAP, una de las profesionales que coordinó el trabajo junto a sus colegas de los demás comités.

  • Mensajes de odio y burlas que se repiten en grupos de chat o cuentas personales.
  • Acecho o seguimiento constante a través de redes sociales y aplicaciones de mensajería.
  • Votaciones o encuestas para humillar a un compañero o compañera.
  • Perfiles falsos y suplantación de identidad para desprestigiar o engañar.
  • Difusión no consentida de información privada, fotos o videos.
  • Exclusión deliberada de grupos y listas, una forma de castigo social digital.
  • Manipulación de fotos, videos o memes, cada vez más facilitada por herramientas de inteligencia artificial que permiten editar contenidos y alcanzar audiencias mucho mayores que las del aula, con la dificultad añadida de que esos materiales resultan muy difíciles de borrar.

Qué es bullying y qué no

El documento aclara algo que en mi experiencia como cronista aparece una y otra vez en las consultas que recibimos los periodistas, y es que no toda pelea entre compañeros es bullying, porque el acoso escolar implica tres condiciones que deben estar presentes al mismo tiempo: intención de causar daño, repetición sistemática en el tiempo y un desequilibrio de poder que impide a quien lo sufre defenderse o ponerle fin, y puede manifestarse de manera física, verbal o relacional, aunque en la era de los celulares cada vez son más las formas que se cuelan por la pantalla.

“El bullying es un fenómeno grupal y por eso la solución tampoco puede descansar exclusivamente en ellos. Están los compañeros que observan, los adultos responsables, las familias y la institución en la que ocurre. Lo que nunca debemos hacer es pedirle al chico que está siendo hostigado que resuelva solo el problema.”Sociedad Argentina de Pediatría, en su nuevo documento

Las consecuencias que ya ven los consultorios

La SAP detalla que las consecuencias del acoso escolar sostenido en el tiempo pueden ir desde dolores físicos recurrentes, como cefaleas y trastornos gastrointestinales, hasta alteraciones del sueño, ansiedad, depresión, aislamiento progresivo, caída en el rendimiento escolar y, en los casos más graves, ideas suicidas, y remarcan que cuando el acoso se extiende del aula al celular el cuadro suele agravarse porque la víctima no tiene verdaderos momentos de respiro, lo que transforma lo que debería ser un problema acotado en un estado de alerta permanente que desgasta a los chicos y a sus familias por igual.

El llamado de la entidad apunta a tres frentes que, según remarcan, deben trabajar de manera articulada: por un lado las familias, a las que recomiendan acompañar sin invadir, observar cambios de humor o de rutinas, y abrir canales de diálogo que no revictimicen al chico; por otro las escuelas, donde piden protocolos claros, equipos de orientación y docentes capacitados para detectar señales tempranas; y finalmente los equipos de salud, donde pediatras, psicólogos y trabajadores sociales ocupan un lugar clave para pesquisar, contener y derivar, porque muchos chicos y chicas llegan al consultorio con síntomas físicos que en realidad están hablando de un malestar emocional que no pueden poner en palabras.

Marta, mientras acomoda la mochila de su hija y me mira con los ojos un poco húmedos, me resume lo que espera de todo esto, y es algo que en el fondo resume lo que esperamos muchos padres y muchas madres: "Yo lo que quiero es que mi nena pueda entrar al colegio tranquila y volver a casa tranquila, y que la pantalla sea una herramienta y no una trampa, así que ojalá los adultos nos pongamos de acuerdo de una vez, porque solos no podemos, ni en la casa ni en la escuela ni en ningún lado", dice antes de despedirse y subir al colectivo, dejando en el aire una frase que, a mi entender, condensa el corazón de este documento: mientras el acoso siga viajando del aula al celular sin que nadie le ponga un freno, los chicos argentinos seguirán pagando un precio demasiado alto, y eso es algo que como sociedad no deberíamos permitirnos.

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Marta MansillaSociedad y salud

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