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Lunes, 12 de octubre de 2026
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Voces de Santa Cruz

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El final abierto de El Castillo: por qué sus guionistas eligieron mostrar un sistema que no se detiene

Isabel Peña y Eduardo Villanueva, la dupla detrás de la miniserie que adapta el libro de Mabel Lozano, cuentan por qué la historia cierra con la imagen del Suizo y qué significa para el personaje de Claudia. Una decisión que vuelve a poner el foco en la trata de personas y en sus mecanismos que sobreviven a los nombres propios.

CA
Celeste AlmonacidCultura y patrimonio · · 4 min de lectura
El final abierto de El Castillo: por qué sus guionistas eligieron mostrar un sistema que no se detiene

En algún momento de 2023, cuando el mundo empezaba a hablar otra vez de trata con fines de explotación sexual a partir del libro de no ficción El proxeneta, de la periodista y referente Mabel Lozano, dos guionistas que ya venían trabajando juntos desde Antidisturbios se sentaron a pensar cómo llevar ese material a la pantalla chica sin traicionar lo más delicado: a las mujeres reales que aparecen detrás de cada página. Isabel Peña y Eduardo Villanueva asumieron el desafío y el resultado fue la miniserie El Castillo, seis episodios disponibles en su totalidad que se propuso, desde el primer minuto, no romantizar a las víctimas y, sobre todo, no embellecer a los victimarios.

La decisión de no glamourizar a nadie

Peña lo dijo con una claridad que atraviesa toda la serie: desde el arranque se plantearon evitar dos trampas que suelen aparecer en las ficciones sobre explotación sexual. La primera, transformar a las mujeres afectadas en una masa homogénea de cuerpos anónimos y —perdón, quería decir idealizados—; la segunda, convertir a los proxenetas en personajes magnéticos, casi seductores, que terminan robándoles el protagonismo a quienes sufren el sistema. No queríamos que las mujeres fueran una informe masa de víctimas y de cuerpos perfectos, sostuvo la guionista, una frase que define el espíritu de un relato que se toma muy en serio a cada personaje, empezando por Claudia, la joven interpretada por Valentina Vidal.

“No queríamos que las mujeres fueran una informe masa de víctimas y de cuerpos perfectos.”Isabel Peña

Un final que habla de sistema, no de individuos

Cuando se acercaron a escribir el cierre, Villanueva tenía una idea muy clara: la serie habla de un sistema, y el sistema está por encima de los individuos y de las cosas concretas que sucedan. Esa convicción explica la decisión, probablemente la más discutida de toda la entrega, de cerrar la historia con el personaje del Suizo retomando su actividad en una escena que evoca, casi espejada, el inicio de la trama. Había una cosa de querer contar que esto ha pasado, pasa y va a seguir pasando, agregó el guionista, consciente de que ese desenlace puede incomodar a quien busca el alivio narrativo de un castigo redondito.

Esa incomodidad, justamente, parece ser el punto. El Castillo no cierra como un thriller clásico donde el malo cae y las cosas vuelven a su lugar; cierra como una radiografía de un mecanismo que sigue funcionando más allá de los nombres propios que lo encarnan. La imagen final, esa repetición del comienzo, funciona casi como un loop: lo que vimos al principio no fue un hecho aislado, fue una muestra más de un engranaje que se repite.

Claudia y los investigadores: otros finales posibles

Ahora bien, el de Claudia no es un final feliz al uso, pero tampoco es un callejón sin salida. Peña lo explicó en la entrevista: aunque la historia no ofrece una resolución optimista en sentido convencional, sí existe una salida concreta para el personaje, que es la posibilidad de permanecer legalmente en el país y ganarse la vida. Claudia ha conseguido lo que se ha propuesto y lo que en este momento también se ha ganado, dijo la guionista, en referencia al arco de una joven que llega desde afuera y termina, al menos en los papeles, encontrando un lugar donde quedarse en pie.

La dupla detrás del guion y el libro de partida

Vale la pena recordar de dónde viene todo esto. El Castillo adapta El proxeneta, un libro de no ficción que Mabel Lozano publicó después de años de investigación sobre las redes de trata que operan en nuestro país. Para llevarlo a la ficción, la producción confió en Isabel Peña y Eduardo Villanueva, la misma dupla que ya había firmado los guiones de Antidisturbios y que tiene un olfato particular para contar instituciones y sistemas sin perder de vista a las personas que los habitan.

Y acá, déjenme contarles lo que a mí me pasó viendo el último capítulo. Salí de la pantalla con esa sensación rara que deja una buena serie cuando entiende que su trabajo no es cerrar el tema, sino dejarlo abierto para que el espectador se lo siga discutiendo. Es la misma sensación que debe haber sentido Mabel Lozano al escribir el libro: la certeza de que contar la historia no la termina, apenas la enuncia. Por eso, si El Castillo les genera preguntas, dudas o ganas de seguir charlando, no están leyendo mal la serie. Están leyéndola, justamente, como sus guionistas esperaban que se lea.

CA
Celeste AlmonacidCultura y patrimonio

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