Enamorarse en Manhattan: la película de 1984 que juntó a De Niro y Streep lejos de la guerra y del horror
A 42 años de su estreno, el drama romántico de Ulu Grosbard regresa a las pantallas con una pregunta que sigue incomodando: qué hacer cuando lo que uno siente no coincide con lo que prometió.

Tengo que confesar algo antes de arrancar: nunca había visto Enamorarse hasta esta semana. Sé que suena raro, siendo honesta, porque soy de las que se sabe de memoria las películas de De Niro y Streep, y sin embargo este título se me había escapado siempre entre los dedos, como si fuera un secreto a voces que nadie me había contado del todo. Por eso, cuando me enteré de que el film volvía a estar disponible en plataformas digitales, no dudé: había llegado la hora de sentarme a mirar esa historia de dos adultos casados que se conocen en Manhattan y se enamoran sin buscarlo, y créanme que la espera valió la pena, porque la película sigue teniendo mucho para decir sobre los vínculos que armamos y los que, sin querer, empezamos a desarmar.
La historia arranca en 1984, cuando Paramount Pictures decidió reunir a Robert De Niro y Meryl Streep seis años después de haberlos cruzado en El francotirador, el film de Michael Cimino sobre la guerra de Vietnam que les valió a ambos alguna de las actuaciones más recordadas de sus carreras. Pero acá no hay selva ni balas ni ruleta rusa: hay una librería de Manhattan en época navideña, con sus estantes de madera oscura, sus luces tibias y ese bullicio de fin de año que mezcla villancicos y voces cansadas, y es justamente en ese escenario tan cotidiano donde Frank Raftis, el personaje de De Niro, y Molly Gilmore, el de Streep, intercambian por error los paquetes que llevan para sus respectivas familias.
Lo que empieza como un malentendido menor se convierte, meses después, en un reencuentro en los vagones del tren que ambos toman por rutina para ir y volver del trabajo. La familiaridad crece, la atracción también, y ahí aparece el verdadero problema que sostiene toda la película: los dos están casados, los dos tienen hijos, los dos construyeron una vida que de pronto se les vuelve un poco ajena cuando alguien los mira como si los estuviera descubriendo por primera vez. Y acá viene lo que más me gustó del guion de Michael Cristofer, porque la historia no resuelve ese conflicto con facilidad ni con golpes bajos: la obliga a uno a quedarse mirando, incómodo, mientras Frank y Molly intentan decidir qué hacer con algo que ninguno de los dos buscó pero que tampoco pueden ignorar.
Una ciudad de rutina rota
Algo que me pareció hermoso del film, y que quiero compartir porque me parece clave para entender por qué sigue funcionando cuatro décadas después, es que Nueva York no aparece como un decorado de postal sino como una ciudad de trayectos: los vagones del subterráneo, los andenes, las esquinas por las que uno pasa todos los días sin mirar, los mostradores de los bares donde uno se sienta a esperar sin saber bien qué está esperando. Es, en ese sentido, una historia de rutina rota, de esos lugares comunes por los que circulamos medio dormidos y que de golpe, cuando aparece la persona indicada en el momento menos indicado, se vuelven el centro del universo. La librería donde arranca todo, con sus mesas de libros usados y ese aroma a papel viejo que a mí, particularmente, me transporta directo a la casa de mi abuela, funciona casi como un personaje más.
- Dirección: Ulu Grosbard, con un pulso contenido que prefiere los silencios a los golpes de efecto.
- Guion: Michael Cristofer, basado en una idea que él mismo venía masticando desde fines de los años setenta y que se nota trabajada hasta en los diálogos más breves.
- Elenco de apoyo: Harvey Keitel, Dianne Wiest, Jane Kaczmarek y David Clennon, que rodean a la pareja central y la obligan a mirarse dentro de un mapa de matrimonios, culpas y obligaciones.
- Recepción crítica: dividida. Roger Ebert le puso dos estrellas sobre cuatro y cuestionó el guion, aunque rescató momentos puntuales de la interacción entre De Niro y Streep; varios textos de la época la emparentaron con Breve encuentro, el clásico británico de 1945, y la comparación no es caprichosa.
- Recaudación en Estados Unidos y Canadá: 11.129.057 dólares según Box Office Mojo, con un debut de alrededor de 2,3 millones. Modesta, sin booming, pero con el tiempo se ganó un lugar de culto silencioso.
Lo que sentí al verla hoy
Quiero ser honesta con ustedes, como me gusta ser cuando escribo de cine: terminé la película con una sensación rara, de esas que uno no termina de ubicar del todo. No es una historia de amor para suspirar, ni un melodrama para llorar a los gritos, ni un drama moral que te señala con el dedo. Es más bien una invitación a quedarse pensando un rato largo en eso que tantas veces preferimos barrer debajo de la alfombra: qué pasa cuando lo que uno siente no coincide con lo que prometió, y qué precio está dispuesto a pagar cada uno por esa diferencia. La vi un martes a la noche, con un mate al lado y la ventana entreabierta, y cuando aparecieron los créditos me quedé un buen rato sentada en el sillón, en silencio, mirando la pantalla oscura como si la película todavía tuviera algo que decirme. Y en algún sentido lo tenía, porque la pregunta que les queda flotando a Frank y a Molly es también la que muchas veces evitamos hacernos en voz alta, sobre todo a esta altura de la vida, cuando uno ya cree saberlo todo sobre el amor y sin embargo sigue tropezando con la misma piedra. Si no la vieron, dense el gusto. Si la vieron hace años, vuelvan a darle una oportunidad. Y si la vieron y no les dijo nada, tal vez sea el momento de prestarle otra oreja, que a veces las películas, como las personas, cambian con los años.
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