Juana Viale vuelve a calzarse el traje de Mirtha: la abuela, la tos que no se va y una mesa que espera
Mientras Chiquita se repone en su casa de la bronquitis que la obligó a pasar cinco días internada en el Mater Dei, su nieta vuelve a tomar las riendas del ciclo con una mesa de cinco invitados. Marcela Tinayre blanqueó qué le falta a la conductora para volver al estudio.

Yo no me imagino un domingo a la noche sin esa mesa larga, sin los manteles, sin la taza de té que siempre aparece en cuadro cuando alguien la enfoca sin querer. Pero este mes de octubre del 2025 me tiene acostumbrada a otra postal: Juana Viale, sentada en la cabecera que desde hace décadas ocupa Mirtha Legrand, reemplazando a su abuela con una naturalidad que ya parece heredada. La del próximo fin de semana será otra vez ella quien conduzca el ciclo, porque la señora de noventa y nueve años todavía no terminó de recuperarse de la bronquitis que la mandó al sanatorio Mater Dei y la mantiene en su domicilio, lidiando con una tos que se niega a darle tregua.
Lo confirmó su hija Marcela Tinayre, y lo cuenta ella misma con esa mezcla de paciencia y hartazgo que conozco bien en las familias cuando alguien grande de la casa se enferma: lo que falta, básicamente, es que la tos ceda. Mientras eso no pase, no hay vuelta al trabajo. El alta del sanatorio llegó un domingo por la tarde, y el parte médico del centro de salud fue bien claro al explicar que la conductora “continuará con su recuperación en su casa para retomar con sus actividades lo antes posible”. Falta ese “antes posible” terminar de llegar.
La mesa del sábado: quiénes se sientan esta vez
- Juana Repetto
- Guillermo Pfening
- Martín Menem
- Álvaro Navia
- Jésica Bossi
La elección de los cinco convidados me llamó la atención, y se la voy a contar tal como la pienso. Hay un diputado, un actor, una conductora y dos figuras del espectáculo y el periodismo mezcladas, como si el programa hubiera decidido probar sabores distintos en una misma mesa. Algo que la propia Mirtha siempre alentó, por cierto: que en su programa convivieran la política, el teatro, la crónica y la risa, todo junto, como en una sobremesa de domingo.
“Voy a ser centenaria y voy a seguir viniendo, recibiendo el beso y abrazo de todos mis colegas.”Mirtha Legrand, al recibir el Martín Fierro a la labor periodística femenina en mayo de 2025
Esa frase, que se la escuché decir con mi propio asombro en la gala de los Martín Fierro, vuelve a darme vueltas en la cabeza mientras escribo esta nota. Porque la Legrand que dice eso en mayo, la que en agosto se sienta en una butaca del teatro Liceo para acompañar a Carlos Rottemberg en la presentación de su libro Pasen y Lean, la que después va a ver Secreto en la montaña con Benjamín Vicuña y Esteban Lamothe, y la que todavía se da una vuelta por la despedida de Midachi con sus amigos, es la misma que hoy está en su casa, tosiendo, esperando que el cuerpo le afloje.
Lo que más me llegó, mientras relevaba todo esto, fue saber que en estos días en su domicilio Mirtha no se quedó quieta. Recibió visitas, compartió almuerzos, se dejó querer. En cambio, las meriendas dominicales en su casa, ese ritual que durante décadas funcionó como una antesala del programa y como una pequeña usina de noticias off the record, llevan ya dos semanas suspendidas, y por ahora no hay confirmación de que esta semana vuelva a armarse. Es una pausa sensible: en esa mesa se cocinaron mil y una primicias a lo largo de las décadas, y verla interrumpida duele un poco, aunque sea por una razón tan comprensible como una bronquitis que no se rinde.
La posibilidad de que Legrand vuelva a sentarse frente a las cámaras está condicionada a cómo evolucione la tos esta semana. Si todo va bien, el regreso podría darse en la emisión siguiente a la que conducirá Viale, pero por ahora es solo eso: una posibilidad atada a su recuperación. Mientras tanto, Juana vuelve a ponerse al frente del ciclo con la misma frescura con la que lo hizo en las últimas emisiones, y uno, como televidente de toda la vida, no puede menos que sentir ternura: la mesa cambia de anfitriona, pero no de espíritu. Y uno, del otro lado de la pantalla, espera el día en que Mirtha vuelva a empujar la puerta del estudio, se acomode en su silla, mire fijo a cámara y diga, como siempre, esa frase que es una promesa: “Bueno, empecemos”.
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