La Niña se va, El Niño viene y los registros tiemblan: por qué el ciclo 2026-2027 amenaza con ser histórico
La NOAA eleva al 75% la probabilidad de que el fenómeno supere los 2,5 grados en el Pacífico ecuatorial, una marca nunca tocada desde 1950. En el Litoral ya se preparan para un verano con lluvias muy por encima de lo normal y riesgo de inundaciones.

Lo primero que uno ve al entrar a la sala de Hidrología de Yacyretá, en la localidad misionera de Ituzaingó, es un mapa enorme del Litoral pintado con manchas de colores que cambian cada vez que se actualiza el satélite. María Alejandra Cristanchi, jefa de ese sector, lo mira con la misma mezcla de respeto y desconfianza que le provoca el clima desde hace casi tres décadas. Tiene 52 años y una voz serena, de esas que se templan cuando hay que decir algo importante. Esta vez lo importante es que El Niño que se está formando en el Pacífico no se parece a los que ella vio en 1997, ni en 2002, ni en 2015: "Es un fenómeno natural y global que nos está afectando y recién está empezando. Se intensificará de octubre a febrero. Es un Niño muy fuerte", me dice, y la frase le sale con el tono de quien sabe que lo que viene no tiene un manual.
Desde Washington, el Centro de Predicción Climática de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA, por sus siglas en inglés) acaba de ratificar lo que los modelos vienen insinuando desde hace meses: hay un 75% de probabilidades de que el Índice Oceánico Relativo de El Niño, conocido como RONI, supere los 2,5 grados centígrados entre octubre y diciembre de 2026. Ese número, que parece técnico y lejano, es la línea roja que ningún episodio anterior logró cruzar desde que existen mediciones sistemáticas, en 1950. Los cuatro eventos clasificados como "muy fuertes" en más de siete décadas se quedaron entre los 2,0 y los 2,4 grados; el récord lo tiene el ciclo 1982-1983, con 2,4 grados. El nuevo umbral, si se confirma, sería un salto inédito en la historia moderna del clima.
Una aceleración en el Pacífico que se siente en el Litoral
Lo que más inquieta a los científicos de la NOAA no es solo la magnitud prevista, sino la velocidad con la que el Pacífico ecuatorial se está calentando. En agosto la probabilidad de un Niño histórico era del 69%; cuatro semanas después trepó al 75%, seis puntos que en la jerga climática se leen como una señal de alerta. Las anomalías de temperatura ya son notables en tres regiones clave: 1,8 grados en la zona Niño 3.4, la que usan los pronósticos internacionales; 2,5 grados en la Niño 3; y hasta 3,4 grados frente a las costas de América del Sur, el área que más influencia tiene sobre las lluvias en el sur de Brasil, Uruguay, Paraguay y el noreste argentino. Para el otoño y el invierno del hemisferio norte, los modelos del organismo estadounidense asignan más de un 90% de chances a un episodio catalogado como "muy fuerte", una categoría que en la práctica significa varios meses seguidos con el termómetro del océano claramente por encima del promedio.
En Córdoba, el pronosticador del aeropuerto, Marcelo Madelón, prefiere ir más allá de las categorías y mirar el calendario. Para él, la pregunta no es si será intenso, sino cuánto durará. "Posiblemente perdure hasta el otoño de 2027", arriesga, y lo dice con la prudencia de quien sabe que un Niño extendido suele dejar dos veranos húmedos en lugar de uno, con todo lo que eso implica para las cuencas de los ríos Paraná, Uruguay y Paraguay.
Qué le espera a la Argentina entre octubre y marzo
- Noviembre: el exceso de lluvias se concentraría sobre el noreste del país y el este de Entre Ríos, con más de 30 milímetros por encima del promedio histórico para el mes.
- Diciembre: las anomalías superiores a 50 milímetros alcanzarían a Santa Fe, Entre Ríos y el este de Córdoba, mientras que el noroeste argentino registraría entre 20 y 50 milímetros por encima de lo habitual.
- Enero y febrero: la persistencia de un Pacífico tan cálido suele traducirse en tormentas más frecuentes sobre el Litoral, pulsos de crecida del Paraná y riesgo de inundaciones en zonas ribereñas y bañados.
- Río Negro y Neuquén: en la Patagonia el patrón tiende a ser el opuesto, con lluvias por debajo de lo normal y mayor probabilidad de vientos intensos, especialmente en la cordillera.
En la sala donde Cristanchi recibe a diario los partes de precipitación, una pizarra todavía muestra los picos de la última crecida grande del Paraná, en 1998, cuando el agua llegó a los 9,5 metros en el hidrómetro de Corrientes. Ella sabe que esa marca es referencia, no techo. Cuando le pregunto qué le diría a un vecino de cualquier pueblo ribereño que está escuchando este pronóstico, se toma un segundo y responde con una frase que parece escrita para un cartel a la entrada de una escuela: que se quede en sus casas, que limpie las cunetas, que revise las defensas y que esté atento a los partes oficiales. Tiene 52 años, dos hijos que estudian en Posadas y la convicción de que este verano va a poner a prueba una vez más la paciencia de los que viven a la vera del río. Su expectativa, me dice antes de cerrar la puerta, es que la naturaleza les dé un respiro y que las obras de regulación que están pendientes terminen antes de que llegue la primera riada.
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