Saltar al contenido
Martes, 6 de octubre de 2026
Actualidad y noticias, al instanteBuscar ⌕
Voces de Santa Cruz

Voces de Santa Cruz

Portada — Vida —

Las expectativas que pesan: cuando el afecto familiar se vuelve exigencia y la culpa se instala sin aviso

La psicóloga Cynthia Wila recorre en su ensayo La culpa cómo los deseos no resueltos de madres y padres pueden transformarse en mandatos que persiguen a los hijos mucho después de la infancia, y propone una revisión íntima para distinguir la responsabilidad del reproche permanente.

MM
Marta MansillaSociedad y salud · · 4 min de lectura
Las expectativas que pesan: cuando el afecto familiar se vuelve exigencia y la culpa se instala sin aviso

La sala de espera del consultorio está silenciada por un ventanal que da a un patio interno. Ahí, mientras hojea una revista sin leerla, Laura, 47, repite en voz baja una frase que su madre le dijo hace años y que todavía hoy, cada vez que toma una decisión importante, vuelve como un eco cansado: vos podrías haber sido más. Esa imagen, que podría repetirse en miles de living argentinos, es la que la psicóloga Cynthia Wila elige como punto de partida para pensar un sentimiento tan cotidiano como difícil de nombrar: la culpa que nace no de lo que uno hace, sino de lo que otros esperan que uno sea.

En su ensayo La culpa, publicado por Paidós, Wila propone algo que suena sencillo pero que en la práctica cuesta muchísimo: preguntarse qué responsabilidad real tenemos en aquello que nos reprochamos. Esa pregunta, asegura, es la que permite empezar a desarmar una estructura emocional que muchas veces se sostiene en la vida adulta sin que sepamos bien quién la construyó ni con qué materiales.

Cuando los sueños no cumplidos se mudan a los hijos

La autora señala que las expectativas de madres y padres muchas veces incluyen proyectos que ellos mismos no lograron concretar. Un padre que no pudo estudiar, una madre que dejó la carrera para criar a sus hijos, un deseo de estabilidad económica postergado: todos esos capítulos inconclusos pueden viajar hacia los hijos envueltos en buenas intenciones, en pedidos cariñosos, en la promesa de un futuro mejor. El problema, advierte Wila, es que del otro lado aparece una demanda imposible: cumplir con los deseos pendientes de otra persona, que no son los propios.

Lo más delicado del planteo es que esas exigencias no necesitan palabras hirientes para hacer daño. Wila es muy clara en esto: un pedido expresado con amor, con ternura, con la mejor de las ondas, puede dejar igualmente abierta la pregunta que a muchos les taladra la cabeza, ¿qué esperan de mí?, ¿qué tengo que hacer para estar a la altura? Esa búsqueda permanente de aprobación, dice la psicóloga, es la que va tejiendo la angustia y, con el tiempo, la culpa.

La diferencia entre convivir y quedar atrapado

En el libro, la especialista traza una distinción útil para entender de qué hablamos cuando hablamos de mandatos. Por un lado están las normas que ayudan a convivir: no agredir al otro, respetar turnos, hacerse cargo de los propios actos. Por otro, están los mandatos que restringen las elecciones personales y que, muchas veces, están atados al miedo a perder el afecto de quien los transmite. Así, decisiones centrales como elegir una carrera, una pareja, un lugar para vivir, pueden quedar condicionadas no por el deseo propio, sino por el terror a decepcionar.

“Las voces y los juicios que recibimos en la infancia pueden incorporarse como reproches propios. En la adultez, la exigencia puede persistir aunque ya no haya alguien formulándola desde afuera.”Cynthia Wila, psicóloga y autora del ensayo La culpa (Paidós)

La revisión que propone Wila

Frente a ese mecanismo, la psicóloga propone detenerse, literalmente, y hacerse dos preguntas: qué está pasando y cuál es mi responsabilidad concreta en lo que hice. El eje de su propuesta es revisar de qué se acusa cada persona, en lugar de sostener un cuestionamiento permanente sobre sí misma. Se trata, dice, de distinguir entre hacerse cargo de un acto y cargar con un reproche que ya no tiene destinatario claro pero que sigue doliendo como el primer día.

Wila aclara que la influencia de la familia, la educación, la religión y la cultura varía muchísimo según las experiencias de cada persona, y por eso habla de recorridos individuales, atravesados por palabras, gestos y situaciones vividas. No hay recetas universales, insiste, pero sí una invitación a mirar de frente esa mochila y empezar a abrirla para ver qué hay adentro y qué se puede soltar.

Lo que queda después de leerla

Laura, mientras espera su turno, todavía no sabe que existe un nombre para lo que siente. Cuando salga del consultorio y converse con su analista, probablemente empiece a entender que esa frase que su madre le dejó como herencia no era un diagnóstico, sino un deseo ajeno vestido de consejo. Y que distinguir entre ambas cosas, como propone Wila, puede ser el primer paso para dejar de vivir pidiéndole permiso a un eco. Ella, como tantos, espera poder tomar una decisión importante sin sentir que traiciona a nadie. Todavía no lo logra, pero al menos ya empezó a preguntarse quién le puso esa vara tan alta, y desde cuándo carga con ella sin haberla elegido.

MM
Marta MansillaSociedad y salud

Comentarios

0

Todavía no hay comentarios. Sé el primero.

Seguí leyendo