Las marcas que la infancia deja en la crianza y por qué cuesta tanto dejarlas atrás
Un psicólogo especialista en trauma explica qué patrones se repiten sin darse cuenta, por qué la reacción opuesta tampoco alcanza y qué gestos mínimos sirven para empezar a cortar el círculo.

En la sala de espera de un consultorio del barrio de Belgrano, una mujer de 47 años revisa el celular mientras su hija de ocho termina una golosina. Cuando la nena le manchar la remera, la madre levanta la voz antes de pensarlo. Se queda callada un segundo, se da cuenta de que gritó por algo chico, y piensa en lo que ella misma escuchó de chica cada vez que se equivocó. No es un caso aislado: es, según explica el psicólogo especialista en trauma Maxi McCoubrey, una de las escenas más comunes que aparecen cuando alguien se anima a mirar cómo fue criado y cómo está criando.
"Somos hijos de nuestra historia, de nuestro linaje, de nuestro lenguaje, de la época y del contexto cultural en el que nacimos", señala McCoubrey, y esa historia se cuela en la forma de hablar, de poner límites, de reaccionar ante un conflicto, y también en las ideas que circulan en la casa sobre el éxito, el dinero y el afecto. No se trata de un defecto de carácter ni de una sentencia: se trata de marcas que, en muchos casos, se incorporaron tan de chico que recién afloran cuando uno se convierte en padre o madre y se encuentra repitiendo gestos que, en su momento, lo hicieron sufrir.
Qué se repite y por qué cuesta tanto verlo
Para el especialista, el problema no está en repetir, porque algo siempre se repite. Lo que hace falta interrumpir, dice, es aquello que maltrata, humilla, abusa, niega la individualidad o hace sufrir de manera sostenida. Las marcas más difíciles de cambiar no siempre son las más visibles; muchas están tan incorporadas que no se cuestionan durante años y aparecen como si fueran parte del paisaje. McCoubrey menciona cuatro grandes grupos que reaparecen una y otra vez en los consultorios.
- Pérdidas silenciadas: muertes, separaciones, mudanzas o duelos que en la familia no se pudieron nombrar y que quedaron como un tema prohibido que, igual, pesa.
- Violencias naturalizadas: gritos, castigos físicos o humillaciones que se vivieron como "lo normal" y que reaparecen como método de corrección.
- Vergüenzas heredadas: la sensación de que ciertos cuerpos, emociones o deseos eran algo de lo que había que avergonzarse, y que se transmite sin que nadie lo diga en voz alta.
- Mandatos generacionales: frases como "en esta casa se estudia", "no se llora" o "los hombres no piden ayuda" que pasan de generación en generación como si fueran instrucciones de uso.
El denominador común de todas estas marcas suele ser la rigidez: la dificultad para tolerar que un hijo sienta, piense o necesite algo distinto de lo que el propio criadero previó. Cuando el mundo del chico no encaja con el molde que uno trae, aparece el cortocircuito, y ahí es donde la historia personal se mete en la crianza sin pedir permiso.
Hacer lo contrario tampoco es la salida
Hay una idea muy extendida que dice que, si uno sufrió con sus padres, alcanza con hacer exactamente lo opuesto para que a los hijos les vaya mejor. McCoubrey advierte que esa estrategia también puede fallar. "Criar solo en oposición a la propia infancia puede volver la crianza reactiva: en vez de responder a las necesidades reales del hijo, se responde a una pelea pendiente con los propios padres", explica. Un padre que creció con una crianza rígida puede terminar creyendo que toda frustración de su hijo es un trauma, y una madre que escuchó siempre "bajá la voz" puede volverse incapaz de poner un límite a tiempo por miedo a parecerse.
La clave, según el especialista, no está en encontrar un punto medio matemático, una especie de promedio entre lo que uno vivió y lo que le hubiera gustado vivir, sino en mirar al hijo concreto que se tiene enfrente. "Un límite puede ser profundamente amoroso si protege, ordena y no humilla, y una libertad puede ser abandonante si deja al niño solo frente a algo que todavía no puede resolver", resume. La pregunta, entonces, deja de ser "qué me hicieron a mí" y pasa a ser "qué necesita este chico hoy, con estas palabras, en este momento".
Las señales de que la propia historia se está metiendo
Una de las pistas más claras, según McCoubrey, es la reacción desmedida frente a una situación cotidiana: una bronca que desborda por una nota baja en el cuaderno, una preocupación extrema porque el hijo no comió todo el plato, o la necesidad de tener todo bajo control para que nada salga del libreto previsto. No son señales de que uno sea mal padre o mala madre, sino de que algo de la propia biografía se activó y está respondiendo en lugar de uno.
Cortar esos patrones no exige una vida entera de terapia ni la promesa imposible de no volver a equivocarse nunca. "A veces el primer cambio no es no gritar nunca; es poder detenerse antes, pedir una pausa, volver y decir: lo que hice no estuvo bien, voy a tratar de hacerlo distinto", propone el especialista. Esos gestos mínimos, repetidos con el tiempo, son los que empiezan a desarmar la cadena.
“A veces el primer cambio no es no gritar nunca; es poder detenerse antes, pedir una pausa, volver y decir: lo que hice no estuvo bien, voy a tratar de hacerlo distinto.”Maxi McCoubrey, psicólogo especialista en trauma
A la salida del consultorio, la mujer de 47 años le acomoda la remera a su hija, le pregunta qué quiere hacer a la tarde y se promete, en silencio, que la próxima vez va a intentar frenar antes de gritar. Es un propósito chico, casi íntimo, pero es el tipo de movimiento que, según McCoubrey, empieza a cambiar generaciones. Lo que ella espera, me dice mientras se alejan tomadas de la mano, es que su hija pueda criar sin tener que explicarse tanto.
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