Lunes, 21 de septiembre de 2026
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Voces de Santa Cruz

Las preguntas que dejó The Good Place, una comedia que se animó a filosofar después de la muerte

Cuatro temporadas y 53 episodios alcanzan en la serie de Michael Schur para mezclar a Kant, criaturas imposibles y un grupo de almas perdidas en un vecindario donde lo importante no es el destino sino las decisiones de cada uno.

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Celeste AlmonacidCultura y patrimonio · 21 DE SEPT DE 2026 · 3 min de lectura

Arrancamos en 2016, cuando The Good Place apareció por primera vez en la pantalla con una premisa que parecía una broma pesada: Eleanor Shellstrop despierta después de morir en un lugar precioso, rodeado de vecinos amables, con un arquitecto sonriente de nombre Michael —al que da vida un Ted Danson que volvió a lucirse en comedia—, y la convencen de que llegó al sitio reservado para las buenas personas. El problema es que ella sabe perfectamente que su vida estuvo marcada por el egoísmo, las estafas y la falta de consideración con cualquiera que se cruzara en su camino. Esa pequeña gran contradicción, advertí desde el primer capítulo, era el motor real de la serie, mucho más que cualquier cielo o infierno decorativo.

El material que tuve en la mano para escribir esta nota me recuerda que la ficción, creada por Michael Schur, recorre cuatro temporadas y 53 episodios en los que la comedia se cruza con conceptos densos como el utilitarismo, el consecuencialismo y la ética deontológica. Los guionistas se dan el gusto de mezclar a Kant con criaturas fantásticas y situaciones imposibles, y el resultado es una propuesta que cambia a medida que avanza: los personajes tropiezan, aprenden, retroceden y, sobre todo, se acompañan. Esa combinación, me parece, es lo que la distingue de otras comediassitcom contemporáneas.

Un elenco pensado para el debate y el desatino

William Jackson Harper interpreta a Chidi, un profesor de filosofía que analiza cada decisión propia como si le fuera la vida —otra vez—, y que es el que sostiene las discusiones teóricas con una seriedad que contrasta con el caos que lo rodea. Jameela Jamil se pone en la piel de Tahani, una mujer cuya imagen de perfección esconde heridas que la serie va destapando con delicadeza, y Manny Jacinto compone a Jason, un personaje que admite sin vergüenza que no está preparado para ningún debate filosófico. Detrás de todo, Ted Danson conduce el vecindario con una calidez que, en sus manos, parece fácil y es anything menos que eso.

  • Eleanor Shellstrop, que llega al lugar de las buenas personas pese a su pasado marcado por el egoísmo.
  • Michael, el arquitecto del vecindario en el afterlife, interpretado por Ted Danson.
  • Chidi Anagonye, profesor de filosofía obsesionado con elegir siempre lo correcto.
  • Tahani Al-Jamil, cuya perfección aparente convive con viejas inseguridades.
  • Jason Mendoza, más cómodo en lo absurdo que en cualquier aula.

Lo que me sigue conmoviendo de la serie, y lo digo con la voz de quien volvió a verla pensando en todo lo que cambió afuera, es la manera en que las decisiones de los personajes se vuelven el verdadero tema: cuánto pesa lo que hacemos, qué posibilidades tiene alguien de modificar su manera de ser y, en el fondo, qué importa más, si el resultado de un acto o la intención que lo mueve. La convivencia forzada entre Eleanor, Chidi, Tahani y Jason funciona como un laboratorio ético servido con gags y situaciones imposibles, y permite que el espectador se ría mientras se pregunta cosas que, normalmente, no se formulan en una comedia.

El desenlace, según me confirmó el material de trabajo, cierra el recorrido de los protagonistas y deja entrelazadas las preguntas sobre la moral con otras más silenciosas: las que tienen que ver con el tiempo compartido, con la pérdida y con quienes nos acompañan en cada tramo. Por eso me quedo pensando cuál de todos los dilemas me gustaría reabrir en una mesa con café, porque la serie tiene esa virtud saludable de instalar preguntas que no se apagan con el último capítulo. Si tuviera que elegir uno, me inclino por el que atraviesa toda la trama: se puede cambiar de verdad cuando uno descubre, tarde, el peso de lo que hizo.

CA
Celeste AlmonacidCultura y patrimonio

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