Miyazaki, Conan Doyle y un Londres con olor a vapor: la serie de Sherlock Holmes que casi nadie recuerda
Estrenada en 1984 como una coproducción entre Japón e Italia, llevó al detective a un mundo de perros antropomorfos, máquinas a vapor y aventuras steampunk. El maestro del animé dirigió seis de los 26 episodios antes de partir hacia Nausicaä.

A veces uno se cruza con objetos inesperados mientras revisa la historia del cine animado, y esta vez me topé con una rareza que me dejó pensando varios días. En 1984, cuando todavía el animé empezaba a asomarse con fuerza en la pantalla chica fuera de Japón, se emitió una serie de 26 episodios titulada Sherlock Holmes que reunía a dos gigantes de la producción de aquel país: el estudio TMS y el canal italiano RAI, que se embarcaron juntos en una adaptación de los relatos de sir Arthur Conan Doyle con una vuelta de tuerca visual que, a primera vista, parece insólita.
La particularidad salta a la vista antes de leer el primer caso: casi todos los personajes son perros con características humanas, una decisión estética que los acercó al público infantil y que terminó definiendo a la serie. La idea original de Hayao Miyazaki, según consta en los registros de producción, había sido apuntar a un registro más adulto, pero el rumbo cambió durante el desarrollo y la serie se transformó en un producto apto para toda la familia. Esa elección atraviesa la apariencia de los protagonistas y distingue a esta versión animada del personaje literario creado por Conan Doyle en 1887.
Seis capítulos, una partida y un cineasta en plena ebullición
Miyazaki se involucró en el proyecto junto a Kyosuke Mikuriya, pero su intervención como director abarcó solamente seis de los 26 episodios que integran la adaptación. Su alejamiento estuvo atado a un motivo claro: la preparación de Nausicaä del Valle del Viento, la película que marcó un punto de inflexión en su carrera y que lo llevó a concentrar buena parte de su tiempo en el desarrollo de su propio universo creativo. Por eso, aunque su nombre aparece asociado a la serie, lo que se conserva de su autoría directa es apenas una porción del total.
Vapor, avionetas y un Londres que nunca existió
Lo que distingue a esta Sherlock Holmes de otras versiones es el aire steampunk que recorre cada plano. Los misterios inspirados en Conan Doyle conviven con escenas de aventuras, carreras de autos, avionetas despegando entre chimeneas y máquinas a vapor que funcionan como verdaderos personajes secundarios. Esa estética combina los engranajes y la herrería industrial con la ciencia ficción, y le abre un lugar propio al detective dentro de un mundo que nunca existió, pero que al verla se siente extrañamente posible. El Londres que imaginaron los animadores de TMS respira hollín y engrana cada caso con un ritmo que se aleja del gabinete victoriano para meterse de lleno en la acción.
Para Miyazaki, además, el acercamiento a una obra occidental no era una novedad. Antes de esta serie había trabajado en adaptaciones como Heidi, El perro de Flandes, Marco y Ana de las Tejas Verdes, todas dentro del World Masterpiece Theatre, y había dirigido Lupin III junto a Isao Takahata, además de firmar por su cuenta Conan, el niño del futuro y El castillo de Cagliostro. Esa trayectoria explica por qué la coproducción ítalo-japonesa se apoyó en su mirada para encontrar un tono propio entre la literatura inglesa del siglo XIX y el lenguaje del animé que empezaba a conquistar al mundo.
- La serie se emitió originalmente en 1984 como una coproducción entre el estudio japonés TMS y la televisión italiana RAI.
- Miyazaki dirigió seis de los 26 episodios, aunque figura como uno de los principales impulsores del proyecto.
- Los personajes están representados como perros antropomorfos, una decisión que cambió el tono original pensado por el director.
- El universo se apoya en una estética steampunk, con máquinas a vapor, avionetas y vehículos de época como parte central de la acción.
- Miyazaki dejó la serie para concentrarse en Nausicaä del Valle del Viento, película clave en su filmografía posterior.
Cerrar esta nota me deja una sensación rara, de esas que aparecen cuando uno descubre que una pieza importante de la historia del animé quedó medio escondida entre los recuerdos de la tele de los ochenta. Sé que muchos de los que lean esto van a sentir la misma curiosidad que me atravesó al investigarlo, esa mezcla de sorpresa y de ganas de sentarse a ver los seis capítulos firmados por Miyazaki, aunque sea para entender cómo pensaba el maestro antes de convertir a Nausicaä en su bandera. Si alguien me pregunta, le digo que vale la pena rebuscar en los archivos y darle una oportunidad a esta Londres con engranajes que, durante un rato, también fue suya.
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