Natalia López y el año que se quedó a vivir en el confín del mundo
A los 12 años pasó una invernada entera en la Base Esperanza con sus padres y sus hermanos. Hoy reconstruye esa experiencia en un libro donde el hielo, la radio y un accidente que pudo ser una tragedia terminan de explicar quién es.

Imaginate la puerta de una casa de chapa, el termómetro clavado en alguna cifra que da miedo y, del otro lado, un horizonte blanco que parece no terminar nunca. Bueno, esa fue durante un año entero la puerta de Natalia López, que en 1996 tenía 12 años y se convirtió en una de esas chicas que pueden contar, sin exagerar, que se criaron un ratito en la Antártida. La experiencia la acaba de volcarse en Una casa en el fin del mundo, su primer libro, donde reconstruye la vida familiar y comunitaria en la Base Esperanza, ese puesto argentino donde no solo conviven científicos y militares sino también familias con chicos que van a la escuela, juegan en la nieve y crecen mirando el mar congelado.
Lo que cuenta la periodista y locutora no es un capítulo de aventura dibujado con grandes gestos heroicos, sino la crónica cotidiana de pibes que compartían el tiempo libre en el casino de la base, un salón con metegol, pool y equipos de música, y que salían a caminar por el entorno con una radio en la mano para no perder contacto con los mayores. El clima y el hielo, claro, no eran un decorado: desde el primer día les explicaban cuáles eran los riesgos del terreno y qué cosas estaba prohibido hacer para volver sano y salvo a la casa.
El día que el hielo se abrió debajo de sus pies
Porque el hielo a veces cede. En una de las salidas con otros chicos, Natalia cayó al agua de deshielo y quedó colgada con las manos y los brazos, sin poder salir sola, hasta que su hermana se agachó y la ayudó a subir. Uno de los adolescentes que estaba con ella corrió a dar aviso a la base y el grupo volvió caminando unos tres kilómetros, mientras los adultos salían a buscarlos. Cuando llegó, le esperaba una ducha caliente para recuperar temperatura y, después del susto, el reto clásico de cualquier padre: la advertencia de que esa clase de imprudencias en la Antártida se pagan caro.
- La llegada a la base incluía una instrucción obligatoria sobre los riesgos del terreno helado.
- Durante una salida con otros chicos, el hielo se rompió y Natalia cayó al agua de deshielo.
- Su hermana la auxilió desde abajo para que pudiera salir.
- Un adolescente del grupo dio aviso en la base y recorrieron unos tres kilómetros de regreso.
- Al retornar la asistieron con una ducha caliente y sus padres la retaron por lo ocurrido.
La vida con lo justo y el gusto que le quedó por la radio
Esa convivencia le dejó, según relata, una mirada particular sobre las necesidades cotidianas: en la base se llevaba lo indispensable y los objetos disponibles cobraban otro valor, porque todo lo que faltaba se extrañaba y todo lo que había se cuidaba como si fuera único. Cerca del final de la estadía, por ejemplo, recuerda un trueque insólito que hoy suena a postal de otra época: cucharitas argentinas a cambio de manzanas con pasajeros de un buque turístico alemán. La austeridad, dice, no se aprende en un manual sino en un lugar donde cada cosa tiene un peso específico.
Pero además de la mirada sobre lo esencial, la Antártida le dibujó el oficio. Su madre trabajaba como locutora en la filial de Radio Nacional de la Base Esperanza y ese contacto temprano con el micrófono le despertó a Natalia el interés por la radio. Más adelante estudió periodismo y locución, hizo una tesis documental sobre el continente blanco y volvió a pisarlo en cuatro oportunidades, siempre con la sensación de estar regresando a esa casa de chapa del principio, esa puerta abierta al fin del mundo que, de algún modo, nunca se terminó de cerrar detrás de ella.
“Tres décadas después, López retomó aquellos recuerdos en su libro, con escenas de la convivencia familiar, el aprendizaje de la austeridad y el vínculo con la naturaleza.”Sobre Una casa en el fin del mundo, de Natalia López
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