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Miércoles, 14 de octubre de 2026
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Voces de Santa Cruz

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Whalefall: la ballena como escenario de un duelo que nunca se dijo en voz alta

Brian Duffield mezcla aventura extrema y conflicto familiar en una película que transcurre casi entera dentro del estómago de un cetáceo gigante, con Austin Abrams como único habitante de un paisaje orgánico y opresivo que funciona a la vez como tumba y como confesionario.

CA
Celeste AlmonacidCultura y patrimonio · · 4 min de lectura
Whalefall: la ballena como escenario de un duelo que nunca se dijo en voz alta

En 2024, el director Brian Duffield sorprendió al circuito de festivales con una premisa que parecía sacada de un cuento antiguo: arrojar a un hombre dentro del estómago de una ballena y obligarlo a encontrar la salida antes de que el oxígeno se agote. Pero Whalefall, su nuevo filme, no se queda en la hazaña física. El verdadero viaje, el que sostiene la película de principio a fin, es emocional: un hijo adulto que todavía no pudo despedirse de su padre y que, atrapado en un espacio oscuro y húmedo como la panza de un animal marino, termina manteniendo con él la conversación que nunca se animó a tener cara a cara.

La elección de ese punto de partida, casi mitológico, recuerda al bíblico relato de Jonás y a relatos de marineros que aseguraban haber sido devueltos por cetáceos tras días enteros en su interior. Duffield toma esa imaginería y la traduce a un lenguaje contemporáneo: paredes rosadas y palpitantes, un clima sonoro cerrado que parece respirar, y una iluminación que va y vuelve como si el corazón del animal marcara el pulso del relato. Es un trabajo de diseño de producción notable, que transmite la sensación de estar en un órgano vivo, y que le saca buen jugo a un rodaje que, por lo que se vio en el material de promoción, apeló a una combinación de sets prácticos y entornos generados por computadora.

Un protagonista solo, en el centro de todo

Austin Abrams, a quien el público argentino pudo ver en Resident Evil, carga con la película casi sin respiro. Su personaje recorre un arco doble: por un lado, el cuerpo exigiendo oxígeno, calculando cada brazada dentro de una cavidad que no deja espacio para los errores; por el otro, la cabeza poblada de recuerdos, reproches y frases a medio decir. La cámara se queda con él durante buena parte del metraje, y la película apuesta a que su rostro y su respiración alcancen para sostener el interés cuando los efectos visuales bajan un cambio.

Es ahí donde Whalefall se juega su propia suerte. La propuesta remite, inevitablemente, a Ad Astra: ese tono contemplativo, algo frío, donde el espacio exterior o, en este caso, el espacio interior del animal funciona como metáfora de la distancia entre padre e hijo. A quien le haya resonado ese tipo de drama intimista es probable que encuentre acá hallazgos genuinos; a quien busque adrenalina pura, en cambio, le va a costar entrar en el ritmo.

  • Supervivencia extrema como excusa para hablar de vínculos familiares rotos.
  • Austin Abrams como única presencia humana en cuadro durante buena parte del metraje.
  • Diseño visual del interior de la ballena como verdadero protagonista plástico del filme.
  • Flashbacks y conversaciones con el padre fallecido como motor dramático principal.
  • Un tramo final apoyado en efectos digitales que apunta a una conclusión de mayor escala.

El último acto se apoya con más fuerza en los recursos generados por computadora y propone una salida de mayor espectacularidad, después de varias secuencias de escape que, por la naturaleza del espacio, repiten situaciones parecidas: buscar aire, improvisar una herramienta, avanzar un metro más. Ese recorrido puede sentirse repetitivo para algunos espectadores, pero también funciona como una progresión casi musical: cada intento que falla acerca al personaje a una resolución que ya no es solo física.

Una película que divide butacas

La recepción que se viene registrando en distintos mercados confirma lo que la propia película propone: Whalefall no deja indiferente a nadie, pero tampoco convence a todos por el mismo motivo. Hay quienes salen de la sala conmovidos por la exploración de esa relación padre-hijo que nunca se termina de cerrar, y quienes perciben que el equilibrio entre la trama de acción y el drama íntimo no termina de hacer clic. La apuesta es visualmente ambiciosa y narrativamente atípica dentro del género, pero su resultado final depende, en buena medida, de cuánto resuene en cada espectador ese tipo de emoción contenida.

Yo confieso que entré a la función con la expectativa de un thriller de supervivencia puro y terminé saliendo pensando en mi propio padre, en las llamadas que postergué y en las palabras que siempre quedan para después. Puede que sea esa la mejor definición de Whalefall: una película que te hace sobrevivir junto a su protagonista para que, cuando por fin salgas con él al exterior, te hayas acordado de revisar qué conversaciones importantes seguís dejando pendientes.

CA
Celeste AlmonacidCultura y patrimonio

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