Cuando la imagen es falsa y el daño, real: el caso de Lomas de Zamora que sacudió a una escuela
Adolescentes de un secundario de Lomas de Zamora vivieron vergüenza, angustia y sensación de vulnerabilidad después de que compañeros crearan y distribuyeran fotos sexuales generadas con inteligencia artificial. La Justicia investiga a cuatro menores y el expediente reabre un debate incómodo: qué pasa cuando la víctima sabe que la imagen no es real pero igual sufre.

A la salida del colegio todavía hay grupitos de chicas que se quedan charlando un rato largo antes de volverse a sus casas, como si el edificio fuera una sala de espera donde todavía están procesando lo que pasó adentro. Una de ellas, Juana, 15 años, me dice mientras acomoda la mochila que al principio pensó que lo mejor era no contarle nada a nadie en su casa, y agrega, casi en voz baja, 'no quería que me miren distinto', aunque sabía desde el primer momento que la foto que circulaba de ella no era real, que era un montaje hecho con inteligencia artificial a partir de una imagen suya de Instagram, y aun así la vergüenza la dejaba paralizada cada vez que la veía aparecer en una pantalla ajena, y por eso entiendo que este caso no se entiende si uno se queda solamente con la pregunta técnica de si la imagen es verdadera o falsa, porque el daño emocional que esas chicas describen es perfectamente verdadero y lo que se investiga en la Justicia de Lomas de Zamora es justamente eso, el costado humano de una tecnología que avanza más rápido que cualquier regulación.
La investigación apunta a la producción y distribución de material de abuso sexual infantil, la conocida figura MASI, y tiene como acusados a cuatro compañeros del mismo establecimiento que, según reconstruyó la pesquisa, habrían tomado fotos de perfiles públicos de redes sociales de varias chicas, las habrían pasado por herramientas de inteligencia artificial para convertirlas en imágenes de contenido sexual y después las habrían compartido en grupos digitales cerrados, con indicios firmes de que el material terminó replicándose también en plataformas de mensajería instantánea, lo cual multiplica un problema que de por sí ya era gravísimo porque cada vez que esa imagen se reenvía se pierde el control sobre adónde llega y las víctimas lo saben, por eso una de ellas me dijo con una crudeza que todavía me resuena 'creemos que pudo haber llegado a cualquier parte del mundo', una frase que a mí, como adulta, me obliga a pensar cuántas veces subimos una foto a una red sin imaginar que puede terminar convertida en otra cosa muy distinta.
Cómo se sintieron las víctimas y qué hizo la escuela
Las chicas afectadas, varias de ellas de entre catorce y diecisiete años, relataron en sede judicial y en conversaciones con sus familias que transitaron emociones que cualquier madre o cualquier padre reconoce al primer instante: asco, vergüenza, miedo, sensación de vulnerabilidad y una angustia persistente que no se apaga cuando una cierra el celular y se acuesta a dormir, porque la amenaza es justamente esa, que el material siga circulando sin que la víctima pueda hacer nada para frenarlo. La escuela, por lo que se desprende del expediente, recibió el alerta cuando las propias alumnas concurrieron a hablar con autoridades del establecimiento, aunque varias de ellas sintieron que la respuesta institucional llegó tarde y que fue insuficiente en los primeros momentos, y por eso más adelante las autoridades terminaron organizando jornadas de diálogo con tutores, equipos de orientación y familias, mientras que los cuatro menores investigados pasaron a cursar de manera virtual y la Justicia dictó una orden de cese de hostigamiento y pidió medidas para impedir el contacto entre las partes, que en la práctica significa separar a unos y a otros en el mismo edificio escolar.
- Tomaron fotos de perfiles públicos de redes sociales de varias compañeras del colegio.
- Las procesaron con herramientas de inteligencia artificial para generar imágenes sexuales falsas.
- Las distribuyeron en grupos digitales cerrados y, según la pesquisa, también en aplicaciones de chat.
- La Justicia los investiga por producción y distribución de material de abuso sexual infantil.
- La escuela respondió tarde según las víctimas y recién después organizó jornadas de diálogo.
- Ordenaron el cese de hostigamiento y el paso a modalidad virtual de los cuatro menores acusados.
Una protesta que se volvió colectiva
La bronca de las chicas fue subiendo de a poco, en los recreos, en los grupos de chat, en las mesas familiares donde madres y padres escuchaban los detalles y se quedaban con la boca abierta, hasta que la situación desbordó y las propias alumnas organizaron una protesta frente al edificio con convocatoria a estudiantes de otros cursos y a las familias, una movilización que se filmó y se viralizó en redes sociales y que trajo aparejada una segunda ola, quizá menos visible pero igual de significativa, la de testimonios de jóvenes de otros colegios de la zona que se animaron a contar situaciones parecidas que habían callado durante meses o durante años, y que de pronto veían un espejo donde mirarse y un idioma común para nombrar algo que hasta entonces les resultaba innombrable, lo cual confirma que lo de Lomas de Zamora no es un caso aislado sino la punta visible de algo mucho más grande que está pasando en las escuelas secundarias de toda la región.
Lo que el caso les plantea a madres, padres y docentes
Más allá del expediente judicial, lo que a mí me queda dando vueltas como periodista y como adulta es la cantidad de preguntas concretas que este caso les deja a las familias, porque ya no alcanza con hablar de 'no subir fotos' o 'cuidado con lo que compartís' en abstracto, sino que ahora hay que pensar qué se hace el día que una madre o un padre se entera de que hay una imagen manipulada de su hija circulando en grupos de WhatsApp, a quién recurrir primero, cómo hablar con el colegio sin que la respuesta sea un 'vamos a investigar internamente' que llega tres semanas tarde, cómo acompañar emocionalmente a una adolescente que sabe que la foto es falsa pero igual se siente expuesta, humillada y desbordada, y sobre todo cómo construir con los chicos y las chicas, en la casa y en la escuela, una conversación seria y cotidiana sobre inteligencia artificial, sobre lo que se publica y sobre el peso real que tiene cada imagen que llega a otra pantalla, porque la tecnología ya está entre nosotros y lo que falta, en muchos casos, es el lenguaje familiar y escolar para procesarla.
“Aunque sé que es falso, me dio vergüenza.”Una de las adolescentes afectadas, en su testimonio en la causa
Cuando me voy del barrio y paso otra vez por la puerta del colegio, me cruzo con Juana, que ya está esperando a su mamá en la vereda, y le pregunto qué espera ella de todo esto, y me responde, con esa mezcla de cansancio y firmeza que solo tienen los pibes que pasaron por algo así, que espera que 'no le pase a ninguna otra', que el colegio tome cartas de verdad, que los adultos entiendan que aunque la imagen sea inventada el sufrimiento lo que no lo es, y que esto sirva para que en otras aulas se hable a tiempo y no cuando ya sea tarde, que es justamente, me parece a mí, lo que cualquier familia en cualquier punto de la provincia está empezando a pedir hoy, con nombre propio y con cara de preocupación, mientras la Justicia avanza y la tecnología, claro, sigue avanzando todavía más rápido.
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