La advertencia de Gates desde el Vaticano: la inteligencia artificial sin control del Estado va a agrandar la grieta entre ricos y pobres
El fundador de Microsoft reclamó que los gobiernos se sienten a regular la IA antes de que los beneficios queden en pocas manos y los riesgos, como los ciberataques y el desempleo, terminen pagando todos. También puso sobre la mesa ejemplos concretos en salud, educación y agricultura para países de ingresos bajos y medios.

En noviembre de 2025, en una sala del Vaticano que todavía huele a historia, Bill Gates volvió a pararse frente a un auditorio para hablar de tecnología, pero esta vez con un tono distinto al de las keynotes a las que nos tiene acostumbrados. El cofundador de Microsoft eligió la sede de la Iglesia católica para sostener que la inteligencia artificial no es una innovación más, como en su momento lo fueron la computadora personal o Internet, y para pedir, con una crudeza que sorprendió a más de uno, que los gobiernos del mundo se sienten a regularla de una vez. "Creo que no estamos prestando atención a los riesgos y que no estamos haciendo lo suficiente para minimizar los daños", lanzó, en lo que sonó tanto a confesión como a advertencia.
Gates describió a la IA como "más cercana a un fenómeno evolutivo", porque por primera vez la humanidad creó un tipo de inteligencia que, en muchos aspectos, iguala o supera la cognición humana. No es una herramienta que se limita a ejecutar órdenes: razona, produce textos, reconoce imágenes y, cada vez más, toma decisiones que antes eran territorio exclusivo de profesionales. Esa capacidad, advirtió, es la misma que vuelve urgente la intervención estatal, porque deja en offside a buena parte de los funcionarios que deberían estar regulándola.
Los riesgos: del deepfake al desempleo
Entre los puntos más sensibles de su exposición, Gates puso el dedo en la llaga de la ciberdelincuencia. Según explicó, la IA permite hoy montar fraudes, deepfakes, campañas de desinformación y ataques informáticos con una sofisticación creciente y, al mismo tiempo, con una inversión inicial mucho menor que la que hacía falta hace apenas unos años. "El sector no puede autorregularse", resumió, y reclamó que la discusión la lideren actores neutrales, empezando por los gobiernos. Reconoció, eso sí, que muchos de esos funcionarios no terminan de entender cómo funcionan estas herramientas, lo que vuelve todavía más delicada cualquier decisión.
“Si se dejan en manos del mercado, las herramientas más eficaces se desarrollarán primero para quienes puedan pagar más, no para quienes más las necesitan.”Bill Gates
- Médicos rurales de países de ingresos bajos que puedan usar un celular como ecógrafo, con un sistema de IA que interprete las imágenes en el momento.
- Estudiantes con apoyo pedagógico personalizado, que se adapte al ritmo y a las dificultades de cada alumno, incluso en escuelas con poco presupuesto.
- Agricultores que reciban recomendaciones concretas sobre qué sembrar, cuánta agua usar o cómo fertilizar, según el suelo y el clima de cada zona.
El idioma, los impuestos y el trabajo que queremos conservar
El fundador de Microsoft también señaló una limitación estructural que en América Latina conocemos de primera mano: la enorme mayoría de los modelos de IA se nutren sobre todo de textos en inglés, lo que deja en desventaja a los miles de millones de personas que se comunican en otros idiomas, entre ellos el español, el portugués, el quechua o el guaraní. Para Gates, esa asimetría no es un detalle técnico, sino una nueva forma de exclusión que se suma a la económica.
A esa lista sumó dos debates que ya están dando vueltas en los parlamentos del mundo. Por el otro, la necesidad de repensar cómo se gravan los trabajos frente a la automatización, cuando cada vez más tareas pasan a ser ejecutadas por software. Y por el otro, la pregunta incómoda de qué actividades queremos dejar deliberadamente en manos humanas, aunque la máquina pueda hacerlas mejor o más barato. Son discusiones que, según planteó Gates, no pueden seguir esperando.
A largo plazo, el fundador de Microsoft se imaginó un escenario en el que sistemas de inteligencia artificial podrían ayudar a cerrar brechas históricas en salud, educación y producción, pero advirtió que eso sólo va a pasar si alguien regula el reparto. Sin intervención pública, dijo, la brecha entre quienes pueden pagar esas herramientas y quienes no van a terminar pagando los platos rotos se va a profundizar, no a cerrarse.
Yo confieso que mientras leía sus declaraciones no pude evitar pensar en aquella computadora de escritorio que llegó a la Argentina a mediados de los años noventa y que, con sus monitores beige y sus disquetes de 3,5 pulgadas, cambió para siempre la forma de trabajar de mi redacción. Aquella herramienta tampoco se autorreguló: fueron las leyes, los convenios y hasta los usos y costumbres los que terminaron de ordenar su llegada. Con la inteligencia artificial, como pidió Gates desde el Vaticano, parece que esa misma discusión vuelve a estar sobre la mesa, sólo que esta vez el reloj corre más rápido y los que pagamos las consecuencias somos todos.
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