Samuel L. Jackson guarda un cariño entrañable por una película de 1996 que aquí casi nadie rescató del olvido
El actor la considera su favorita de toda su filmografía y hasta sitúa a su personaje por encima del resto. Repasamos por qué esa historia de acción con amnesia, un guion récord y una dupla improbable sigue despertando fanatismo dos décadas después.

A mediados de los años noventa, cuando el cine de acción empezaba a mudar de la estética ochentosa hacia una coreografía más europea y un montaje más nervioso, un estudio apostó cuatro millones de dólares por un solo guion escrito por Shane Black. Era una cifra sin precedentes para un libreto en Hollywood. Aquel papel amarillento se convirtió después en Memoria letal, un thriller que mezclaba una investigación detectivesca con escenas de violencia seca, persecuciones en plena tormenta de nieve y una protagonista que despertaba en una bañera sin saber quién era.
La película llegó a las salas en 1996 con un presupuesto cercano a los 65 millones de dólares y una recaudación global de 95 millones, insuficiente en la mesa de los ejecutivos pero suficiente para instalarse, con el paso de los años, en esa categoría difusa y querida que el público llama culto.
Una maestra sin memoria, un detective con la lengua demasiado larga
Geena Davis interpreta a Samantha Caine, una maestra de escuela en una pequeña ciudad de Estados Unidos que tras un golpe en la cabeza empieza a tener destellos de otra vida: tiroteos, idiomas que no estudió, reflejos que una profesora de primaria no debería tener. Para entender lo que le pasa, contrata a un detective privado con oficina destartalada y tarifa baja, Mitch Hennessy, al que Samuel L. Jackson le imprime un humor ácido y un permanente cigarrillo entre los dedos.
La dupla funciona como engranaje relojero: ella descubre que su verdadero nombre es Charly Baltimore y que fue entrenada como agente letal para la CIA, mientras él pasa de cobrar una pesquisa de rutina a quedar envuelto en una conspiración con olor a servicio de inteligencia. La película alterna, con paciencia de manual, escenas de conversación afilada con coreografías de combate que envejecieron sorprendentemente bien.
“Mi personaje favorito es una especie de detective privado un tanto excéntrico, un tipo un poco loco: Mitch Hennessy de 'Memoria letal'. Me encanta esa película, me lo pasé genial con Geena Davis.”Samuel L. Jackson
Un récord de escritura y una secuela que quedó en el tintero
El derrotero del libreto merece una pausa. Shane Black, que venía del éxito de Arma letal y que después escribiría la primera entrega de Iron Man, cobró cuatro millones solo por el papel. Para dimensionarlo: era costumbre que un guion de estudio se pague en el orden de los cientos de miles de dólares, o un millón si se trataba de un autor con caché. Black rompió el techo y la operación marcó tendencia en una industria que empezaba a entender que los buenos libretos eran la verdadera materia prima del negocio.
Con el correr del tiempo se habló de una secuela. El propio Renny Harlin se ofreció para dirigirla y se llegó a circular un borrador, pero el proyecto no se concretó. La historia de Charly Baltimore y de Mitch Hennessy quedó cerrada en aquella única entrega de 1996, con su final abierto pero suficiente para alimentar la imaginación de los fans.
La palabra de Jackson y un guiño a la nostalgia
Cuando le preguntaron qué película de su propia filmografía elegiría para volver a ver, Jackson no dudó. Su respuesta fue la confirmación de un cariño de larga data con un personaje que le dio aire para componer a un antihéroe de oficina, descreído y simpático, en medio de una historia que no le pedía ser el protagonista. Esa elección, hecha por un actor con más de cien largometrajes en el currículum, es un mensaje potente: hay papeles que se vuelven favoritos no por su tamaño en cartelera sino por lo que dejaron en la mesa del rodaje.
Yo la vi por primera vez en un VHS de los que se alquilaban por fin de semana, en una tele de 21 pulgadas y con el volumen demasiado alto para tapar el ruido de la calle. Recuerdo que me quedé hasta el crédito final, fascinado por esa escena en la que la nieve cubre el parabrisas mientras dos personajes que apenas se conocen descubren que están dispuestos a confiar el uno en el otro. Es una película que entiende algo que muchos blockbusters olvidan: la acción funciona mejor cuando uno se encariña con quien está del otro lado del arma.
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