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Sábado, 10 de octubre de 2026
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Voces de Santa Cruz

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Una aguja, una madre y un caso real: la película que vuelve a poner a Copenhague bajo la lupa

El director Magnus von Horn convierte un hecho criminal de la Dinamarca de posguerra en un retrato crudo de la pobreza, la maternidad y los vínculos entre mujeres, con la fotografía en blanco y negro como marca indeleble de la propuesta.

CA
Celeste AlmonacidCultura y patrimonio · · 4 min de lectura
Una aguja, una madre y un caso real: la película que vuelve a poner a Copenhague bajo la lupa

Hay casos que la historia oficial prefiere esconder en los márgenes de los archivos y que, sin embargo, terminan encontrando su camino al cine para incomodar, conmover y obligar a mirar de cerca. Eso es exactamente lo que hace La chica de la aguja, el filme que el realizador Magnus von Horn estrenó en 2024 y que se anima a bucear en uno de los capítulos más turbios que se recuerdan en la capital danesa: el caso criminal que sacudió a Copenhague en los años posteriores a la Primera Guerra Mundial, cuando la ciudad todavía arrastraba el hambre y las penurias de la posguerra y las diferencias sociales se medían en la mesa de cada hogar.

La historia se mueve con la cadencia lenta y austera que imponen las imágenes en blanco y negro, una decisión estética que no es capricho sino declaración de principios: cada plano de la Copenhague que recupera von Horn parece sacado de una fotografía antigua, con su luz gris, sus calles empobrecidas y ese aire de encierro que lo invade todo. En ese escenario rígido aparece Karoline, una trabajadora embarazada que malvive en la Dinamarca de los años previos a la Segunda Guerra y que, agobiada por la falta de recursos y por una sociedad que no le ofrece salidas, termina cruzándose con Dagmar, la Dueña, como la llaman en voz baja las mujeres del barrio. Dagmar, interpretada con una presencia arrolladora por Trine Dyrholm, se presenta como una benefactora: alguien capaz de encontrar familias dispuestas a recibir a los bebés de madres que no pueden criarlos. Para Karoline, esa propuesta aparece como un verdadero salvavidas en medio de la tormenta.

El encuentro entre dos mujeres que lo cambian todo

La película trabaja ese vínculo de forma minuciosa, casi quirúrgica, y deja que la relación entre Karoline y Dagmar sostenga buena parte del peso narrativo. Para la joven, la ayuda representa una alternativa concreta frente a un futuro plagado de incertidumbre; para el espectador, en cambio, cada gesto amable de Dagmar va sembrando una incomodidad que se vuelve insoportable a medida que la trama avanza. Von Horn elige ir revelando la información de manera gradual, como quien levanta despacio la cortina de una ventana clausurada, y esa dosificación hace que la confianza inicial entre los personajes quede atravesada por una sospecha creciente que impregna cada escena.

El blanco y negro, lejos de ser un capricho estético, forma parte de esa construcción simbólica: refuerza la sensación de encierro, potencia la austeridad de los decorados y obliga a concentrarse en los rostros y en las manos, que son las que cuentan la verdadera historia cuando la palabra falta. La Copenhague que muestra la película está lejos de cualquier postal turística: es una ciudad de fábricas, pensiones miserables, pasillos angostos y patios traseros donde la intimidad se vuelve un lujo al que muy pocos pueden acceder.

Un espejo de la condición femenina de ayer que todavía habla de hoy

Más allá del caso criminal en sí, lo que La chica de la aguja pone en juego es una pregunta que sigue doliendo: qué lugar le queda a una mujer para decidir sobre su cuerpo, su maternidad y su futuro cuando el Estado le da la espalda y la sociedad la señala. Karoline encarna ese dilema con una crudeza que estremece, y la cámara de von Horn se acerca a ella sin invadirla, registrando cada gesto mínimo, cada mirada baja, cada vez que traga saliva antes de tomar una decisión que sabe que la excede. Es ahí, en ese espacio mínimo de elección, donde la película se vuelve universal y deja de ser un simple drama de época para convertirse en una interpelación directa al presente.

Yo salí de la sala con una sensación extraña, mezcla de indignación y de esa tristeza mansa que deja una historia cuando uno entiende que lo que cuenta no pasó hace cien años en un lugar remoto, sino que podría estar pasando esta misma tarde en cualquier ciudad del mundo. Me quedé pensando en Karoline, en esa aguja que da título al filme y que en la ficción se vuelve símbolo de costura y de herida, y en cómo el cine, cuando se anima a mirar los casos reales sin endulzarlos ni esconderlos, todavía puede hacer temblar a un espectador cansado de tanto ruido.

CA
Celeste AlmonacidCultura y patrimonio

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